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Suecia: la revolución silenciosa

Discretamente, Suecia fue abandonando el estatismo proteccionista, a partir de que se le volvió insostenible. Su modelo es analizado por la socialdemocracia europea, ante el desafío de adecuarse a los nuevos tiempos o caer en el ostracismo.
Jueves, 11 de junio de 2026 02:10

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La socialdemocracia europea padece la crisis más grave de su historia. Suecia muestra las dos caras de una moneda en que su pasado representa el agotamiento de un modelo que fue superado en el tiempo mientras que en el presente protagoniza un giro copernicano en el que abandona su paradigma del Estado de Bienestar, presentado internacionalmente como un ejemplo digno de imitación, para abrazar una versión del capitalismo que no tiene nada que ver con el imaginario socialista en ninguna de sus variantes.

Por una extraña inercia, hay quienes insisten enmostrar a Suecia como un ejemplo de éxito de la socialdemocracia cuando en realidad el país escandinavo abandonó ese modelo hace tres décadas. En una nota publicada en Wall Street Journal, Tom Fairless sostiene que "Suecia ha protagonizado la transformación capitalista más sorprendente del mundo". El artículo cita a Nima Sanandaji, un investigador sueco de origen kurdo, quien asevera que "el éxito de los países escandinavos es el éxito del mercado libre durante el período anterior a los años 1970 y nuevamente en años más recientes".

El economista Carlos Rodríguez Braun, en una nota publicada en la revista "Expansión", resalta que "no se hicieron ricos gracias al socialismo: eran ricos antes, gracias al capitalismo". Puntualiza que "ninguna de las 100 mayores empresas por número de empleados fue fundada en Suecia después de 1970. Entre 1950 y 2000, aunque la población del país pasó de 7 a casi 9 millones de habitantes, la creación de empleo en el sector privado fue prácticamente cero".

Rodríguez Braun consigna que "a todo ello se añadió después la mala integración de los inmigrantes, cuyo desempleo es mayor al de los nativos, en todos los niveles educativos". Por último, afirma que "el grueso de las conquistas de mayor igualdad tuvo lugar antes de la introducción de los grandes sectores públicos y elevados impuestos".

Durante décadas Suecia había sido presentada la expresión emblemática del llamado "modelo escandinavo" y exaltada como un tipo ideal de Estado de Bienestar: elevados impuestos a la riqueza, una amplísima red de servicios públicos de calidad y un envidiable sistema de protección social que protegía a todos sus habitantes "desde la cuna hasta la tumba". Pero ese modelo atravesó una crisis que promovió un cambio profundo orientado hacia la construcción de una economía de mercado cada vez más abierta y competitiva.

Tras un prolongado periodo de expansión del sector público iniciado en la década el 60, en la década del 90 Suecia enfrentó una crisis financiera que impuso límites al modelo cuando la tasa de desempleo aumentó del 1-2% al 6-8%. En 1970 había un impuesto del 85% para los ingresos de los más ricos, un gasto público superior al 60% del producto bruto interno y empresas estatales en todos los sectores desde la banca hasta la telefonía.

Pero en la década del 80 el sistema empezó a agrietarse. El país empezó a crecer menos que el promedio europeo, comenzó una fuga de empresarios y profesionales para evitar los impuestos asfixiantes, el déficit fiscal alcanzó el 13% y la inflación trepó al 10% anual, lo que obligaba a la emisión monetaria para financiar el desequilibrio de las cuentas públicas. El punto de quiebre llegó en 1990 con una crisis financiera que obligó al estado a nacionalizar los bancos tras una burbuja inmobiliaria, una tasa de desempleo del 12% y una deuda pública insostenible que colocaba al país al borde del default.

Ante esa situación los sucesivos gobiernos empezaron a buscar nuevas respuestas. Pero en lugar proclamar el fracaso del socialismo prefirieron reformar silenciosamente el sistema, en un proceso ejecutado por coaliciones parlamentarias de distinta integración política, en las que muchas veces participó el propio Partido Socialdemócrata, que conservó siempre una importante base electoral que acompañó esta metamorfosis.

Esas reformas posibilitaron una drástica reducción del tamaño del Estado. Implicaron una política de privatizaciones en el terreno de la telefonía, los ferrocarriles y de los bancos que habían sido estatizados, así como la incorporación de capital privado en energía y el correo. El límite de la deuda pública fue fijado en el 35% del producto bruto interno, muy por debajo del resto de los países de la Unión Europea. Para garantizarlo, se fortaleció la independencia del Banco Central.

Otro elemento fundamental del viraje fue la reforma tributaria. El impuesto a la herencia, que llegaba al 65% fue abolido en 2004, el impuesto a la propiedad fue eliminado para fomentar la inversión, el impuesto a las ganancias bajó del 40% al 30% y luego al 22% para startups y el impuesto corporativo disminuyó progresivamente del 52% al 22% (uno de los más bajos de Europa).

A partir de 1992 los padres pueden elegir escuelas privadas y el Estado solventa el costo por alumno a través del sistema de "vouchers". En 1999 una reforma previsional sustituyó el régimen de reparto por un modelo de capitalización individual. También se impulsó una desregulación laboral, con la flexibilización del sistema de contratos, una menor indemnización por despido y subsidios a la contratación de jóvenes. El gasto social se redujo al 24% del producto bruto interno, una cifra también inferior a la mayoría de los países de la Unión Europea.

Pero si bien el giro no fue reciente, su ritmo experimentó una brusca aceleración en los últimos años. La competencia, antes marginal, se tornó estructural. Un caso emblemático ocurrió en materia de educación. La mitad de las escuelas primarias están en manos privadas y un porcentaje creciente de las escuelas estatales son gestionadas por entidades independientes. Algunos establecimientos educativos ya cotizan en bolsa.

Los resultados macroeconómicos fueron positivos. Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional la economía sueca crecerá alrededor de un 2% anual hasta 2030, un porcentaje similar previsto para Estados Unidos y aproximadamente el doble que Francia y Alemania, los dos baluartes de la Unión Europea. Stefan Folster, un economista que preside el Instituto Sueco de Reforma, ilustró sobre la dimensión del cambio: "Fue posible reducir la carga impositiva del 52% del producto bruto interno a mediados de la década del 90 al 42% en la actualidad", al mismo tiempo que "se equilibraron las cuentas públicas y se amortizó gran parte de la elevada deuda pública".

Para Folster, uno de los elementos primordiales del nuevo modelo fue la introducción de la libre competencia en áreas antes monopolizadas por el Estado: "Suecia se consolidó en un polo tecnológico europeo y se convirtió en la principal nación de start-ups de Europa". En el sector de la salud se introdujeron modelos híbridos: hospitales financiados con fondos públicos pero administrados por operadores privados incorporaron herramientas tecnológicas y sistemas de gestión orientados a resultados. Según Folster, "en los servicios de bienestar, prácticamente todas las innovaciones, como las consultas médicas virtuales, fueron iniciadas por nuevos competidores privados".

El economista sueco Daniel Waldenstrom advirtió empero que "tal como muestra el coeficiente Gini, la desigualdad económica aumentó en Suecia desde los años 90". Aun así sostiene que "Suecia sigue siendo uno de los países más igualitarios del mundo", aunque reconoce que "los perdedores son los suecos que antes dependían de los beneficios sociales".

Semejante ajuste económico, que no provocó un descenso en el nivel de vida de la población, vino acompañado de un cambio cultural signado por el tránsito de una sociedad fuertemente colectivista hacia otra más centrada en el individuo. La responsabilidad personal, la libertad de elección de los ciudadanos y la autonomía ganaron terreno frente al tradicional proteccionismo estatal.

Como respuesta al incremento de la inseguridad pública, atribuido al flujo de una inmigración proveniente de países africanos y la acción de grupos vinculados con el terrorismo islámico, ese cambo cultural se manifestó también en la política migratoria: la tradicional permisividad fue sustituida por un endurecimiento en las condiciones de admisión y en los requisitos para el otorgamiento de la ciudadanía a los residentes extranjeros.

Esa "revolución silenciosa" que protagoniza Suecia es ahora motivo de análisis por la dirigencia de toda la socialdemocracia europea, desde el laborismo británico hasta el socialismo francés y la socialdemocracia alemana, que afrontan el desafío de adecuarse a los nuevos tiempos o quedar sumidos en el ostracismo.

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