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La imagen de Milei y la tensión entre estabilidad financiera y bienestar social

Un análisis sobre cómo el orden financiero, la percepción económica cotidiana y las expectativas sociales explican por qué Javier Milei mantiene competitividad política aun en un contexto de creciente desgaste de imagen.
Viernes, 12 de junio de 2026 01:55
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La imagen de un presidente suele estar profundamente ligada a la economía. Pero aquí aparece una pregunta que rara vez se discute con claridad: ¿es lo mismo administrar financieramente un país que conducirlo económicamente? Aunque en la vida cotidiana ambas cosas suelen confundirse, no significan lo mismo. Comprender esa diferencia puede ayudar a entender mejor el presente argentino y también la relación entre Javier Milei, Luis Caputo y las expectativas que hoy atraviesan a gran parte de la sociedad. La administración financiera tiene un enfoque técnico centrado en variables monetarias: equilibrio de cuentas, control del gasto, deuda, reservas, tasas, flujo de capitales y rendimiento financiero. La economía, en cambio, posee una dimensión más amplia y necesariamente humana. Ordena números, pero también debe preguntarse cómo viven las personas, qué nivel de bienestar alcanzan, qué oportunidades tienen y cómo evolucionan el empleo, la producción, la educación, la salud y la calidad de vida general.

Traducido a un lenguaje más cotidiano, podría decirse así: administrar financieramente un país es parecido a ordenar cuidadosamente las cuentas de una casa para que no entre más dinero del que sale. Administrar económicamente un país implica algo más complejo: equilibrar las cuentas y lograr que quienes viven dentro de esa casa puedan desarrollarse, alimentarse bien, estudiar, proyectar un futuro y vivir con cierta tranquilidad. Un país no es una empresa cuyo objetivo principal sea generar ganancias; es una comunidad humana donde la economía debería estar al servicio del bienestar general. Y es precisamente allí donde aparece uno de los debates más interesantes del momento argentino.

Milei construyó gran parte de su imagen sobre la idea de ordenar el caos económico y terminar con años de descontrol fiscal e inflación. En ese camino eligió a Luis Caputo, un hombre con fuerte experiencia en el mundo financiero.

La experiencia histórica y política muestra que los éxitos financieros, por sí solos, difícilmente alcancen para sostener de manera duradera la imagen de un gobierno. En una primera etapa suelen generar alivio, expectativa y respaldo social, especialmente en sociedades agotadas por la inflación y el desorden económico. Pero con el tiempo, la estabilidad monetaria deja de ser suficiente y comienzan a emerger otras demandas tales como el crecimiento, bienestar, empleo, movilidad social y horizonte de vida. La historia reciente ofrece varios ejemplos de este fenómeno. Fernando Henrique Cardoso en Brasil, Menem con la convertibilidad en Argentina o incluso Mauricio Macri lograron inicialmente respaldo social a partir del ordenamiento financiero y la estabilización de variables económicas. Sin embargo, con el tiempo comenzaron a pesar otras demandas vinculadas al empleo, el poder adquisitivo y el bienestar cotidiano. Algo similar ocurrió en distintos países europeos tras etapas de ajuste fiscal donde el orden financiero generó alivio inicial, pero luego aparecieron tensiones sociales cuando la población no percibía mejoras concretas en su calidad de vida. Ese punto ayuda también a comprender mejor la situación actual de la imagen presidencial. Los estudios de opinión pública muestran hoy un crecimiento significativo de la imagen negativa de Javier Milei, que en algunas mediciones ronda el 55%, mientras conserva una imagen positiva cercana al 30%, quedando el resto distribuido entre valoraciones regulares o indefinidas. Sin embargo, aquí aparece una distinción: imagen e intención de voto no son exactamente lo mismo.

Más allá del desgaste conceptual o emocional que pueda reflejar la imagen negativa, Milei mantiene relativamente estable un núcleo duro de apoyo cercano al 30%, porcentaje bastante parecido al que históricamente sostuvo desde el inicio de su construcción política. Y allí entra en juego otro elemento importante de la política argentina: la estructura real del electorado. Si se observan los procesos electorales de las últimas décadas, suele existir aproximadamente un 35% de ciudadanos que no concurren a votar y cerca de un 5% que vota en blanco. Eso deja un universo cercano al 60% de votos válidos positivos sobre los cuales finalmente se define una elección. En ese contexto, un piso consolidado de alrededor de 30 puntos adquiere un peso político mucho más relevante de lo que aparenta en una lectura superficial de imagen pública. Ese fenómeno ayuda a explicar por qué Milei, aun atravesando un escenario de alta imagen negativa, podría seguir siendo hoy electoralmente competitivo e incluso volver a ganar una elección. Los estudios de opinión pública en toda Latinoamérica muestran una constante bastante clara: la economía suele ser el principal factor gravitante en la decisión electoral. Inflación, empleo, pobreza, precios y, sobre todo, la economía doméstica termina moldeando el humor social mucho más que los grandes discursos ideológicos. Justamente allí aparece hoy uno de los ejes centrales para entender la situación política de Milei. Las encuestas muestran que una parte importante de la sociedad reconoce que tanto la economía personal como la del país todavía no funcionan bien. Existe conciencia de pérdida de poder adquisitivo y dificultades cotidianas. Sin embargo, al mismo tiempo se  mantiene una expectativa relativamente fuerte respecto al rumbo económico, combinada con un factor emocional muy importante: el rechazo a volver al pasado reciente. Esa combinación ayuda a sostener políticamente al gobierno aun en un contexto social complejo.

No obstante, también puede formularse una hipótesis bastante sólida: si el gobierno no logra traducir el ordenamiento financiero en mejoras concretas sobre la vida cotidiana dentro de un plazo socialmente tolerable, el capital político comenzará a deteriorarse y podría perder parte importante de su base electoral.

Lo interesante es comprender por qué ese desgaste todavía no se produce con mayor intensidad. Aquí aparece un fenómeno económico y psicológico muy particular que puede entenderse desde una mirada casi de ingeniería de sistemas. La Argentina viene de años de inflación extremadamente alta y de haber estado al borde de una hiperinflación. El argentino conoce ese escenario y le teme profundamente. También desarrolló una cultura económica muy vinculada al dólar, aprendió a interpretar su movimiento como una especie de termómetro emocional de la economía. Si el dólar se dispara, la sensación inmediata es que todo está fuera de control. Si el dólar permanece estable, aparece la percepción de cierto orden, aun cuando existan otros problemas de fondo.

Durante los períodos inflacionarios tradicionales ocurre algo curioso: suben los precios, pero también suben los salarios, aunque generalmente en menor proporción. Allí se genera una carrera permanente entre ingresos y precios. El resultado final suele ser igualmente una pérdida de poder adquisitivo, pero psicológicamente existe la sensación de que el salario "pelea" por mantenerse a flote.

En el esquema actual sucede algo distinto, diría que al revés. El dólar se mantiene relativamente estable, los salarios se actualizan poco o permanecen prácticamente congelados y, aunque la inflación bajó respecto de niveles anteriores, los precios continúan subiendo, menos abruptamente, pero de manera constante. El resultado económico final termina siendo parecido: el poder adquisitivo sigue deteriorándose. Pero la percepción psicológica cambia porque el dólar dejó de ser una señal de alarma permanente y la inflación ya no tiene la violencia visual de meses anteriores.

Desde una mirada de ingeniería, el fenómeno puede entenderse mediante una analogía bastante conocida: la de la rana y el agua caliente. El ejemplo sostiene que, si una rana es arrojada directamente al agua caliente, reacciona de inmediato y salta para salvarse. Pero si se la coloca en agua fría y la temperatura aumenta lentamente, el cambio gradual le impide percibir el peligro hasta quedar atrapada en una situación irreversible. Algo parecido ocurre hoy con parte de la percepción económica argentina. El deterioro del poder adquisitivo continúa existiendo, pero al darse en un contexto de dólar estable y desaceleración inflacionaria, la sensación de urgencia disminuye. La economía parece más ordenada, aunque lentamente el salario vaya perdiendo capacidad de compra. Y mientras la expectativa de que "lo peor ya pasó" siga relativamente viva, el gobierno conserva una parte de su respaldo político.

La gran incógnita hacia adelante es cuánto tiempo puede sostenerse ese equilibrio entre expectativa y deterioro cotidiano. La experiencia histórica muestra que las sociedades toleran períodos de ajuste y sacrificio cuando perciben un horizonte claro de mejora y sienten que el esfuerzo tiene sentido. Pero también enseña que llega un punto en el que la vida cotidiana pesa más que las variables financieras y el humor social comienza a modificarse.

Ninguna sociedad vive únicamente de indicadores financieros; vive de bienestar cotidiano y de expectativas de futuro. Y tal vez sea donde se juegue gran parte del destino político de la Argentina en los próximos años. En la capacidad de bajar la inflación o estabilizar el dólar, y en lograr que la sociedad vuelva a sentir que el esfuerzo cotidiano permite vivir mejor, progresar y proyectar un horizonte más digno para las próximas generaciones.

Ninguna sociedad vive únicamente de indicadores financieros; vive de bienestar cotidiano y de expectativas de futuro. Y tal vez sea donde se juegue gran parte del destino político de la Argentina en los próximos años. En la capacidad de bajar la inflación o estabilizar el dólar, y en lograr que la sociedad vuelva a sentir que el esfuerzo cotidiano permite vivir mejor, progresar y proyectar un horizonte más digno para las próximas generaciones.

* Héctor Iván Rodríguez. Profesor en las facultades de Ingeniería UNSa y UCASAL. Máster en comunicaciones sociales Consultor Político.

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