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Hubo un tiempo en que las noches salteñas tenían pequeñas estrellas que no estaban en el cielo. Brillaban entre los yuyos, sobre los alambrados, en los bordes de las acequias y en los patios de las casas. Eran los bichos de luz, las luciérnagas de nuestra infancia, esos diminutos faroles vivientes que transformaban una noche común en un espectáculo mágico.
Quienes crecimos en Salta los recordamos perfectamente. Bastaba una caminata al anochecer para encontrarlos. Los niños corrían detrás de sus destellos, los observaban con asombro y aprendían, sin saberlo, que la naturaleza también podía contar historias. Hoy, en cambio, pasan los años y muchos chicos nunca han visto una luciérnaga en libertad. Para ellos, los bichos de luz son casi un relato de los abuelos. La pregunta es inevitable: ¿qué pasó con las luciérnagas?
La respuesta no es sencilla porque no existe una única causa. Como ocurre con tantas especies, su desaparición es el resultado de una suma de cambios producidos en el ambiente. La expansión urbana, la pérdida de espacios naturales, el uso indiscriminado de pesticidas y herbicidas han ido reduciendo los lugares donde estos insectos pueden vivir y reproducirse. Las luciérnagas dependen de ambientes saludables. Sus larvas viven en suelos húmedos, entre hojas y materia orgánica. Necesitan ecosistemas equilibrados donde puedan encontrar alimento y refugio. Cuando desmontamos, limpiamos los terrenos o transformamos cada espacio verde en cemento, les quitamos su hogar.
Pero existe un enemigo menos evidente: la luz artificial. Las luciérnagas utilizan sus destellos para comunicarse y encontrar pareja. Cada especie tiene un patrón luminoso particular, una especie de lenguaje de luces. Cuando las noches se llenan de focos, reflectores, carteles luminosos y alumbrado excesivo, esos mensajes se vuelven difíciles de distinguir. Es como intentar mantener una conversación en medio de una multitud que grita.
Paradójicamente, cuanto más iluminamos nuestras ciudades, más oscurecemos ciertos aspectos de la naturaleza.
La desaparición de los bichos de luz puede parecer un problema menor frente a desafíos más urgentes como la pobreza, la crisis económica o la inseguridad. Sin embargo, sería un error subestimarla. Las luciérnagas son indicadores biológicos. Su presencia nos habla de la calidad ambiental de un lugar. Cuando desaparecen, no solo perdemos un insecto; perdemos una señal de alarma que nos advierte que algo está cambiando en nuestros ecosistemas. Y también perdemos algo más difícil de medir: una parte de nuestra memoria colectiva.
Cada generación construye sus recuerdos alrededor de paisajes, aromas y sonidos. Los salteños recordamos el perfume de los azahares, el canto de las chicharras en verano, el rumor de los arroyos de montaña. Entre esos recuerdos también brillan los bichos de luz. Eran parte de nuestra identidad rural y urbana, parte de esas pequeñas maravillas cotidianas que hacían que el mundo pareciera más grande y misterioso. Quizás el verdadero problema de la desaparición de las luciérnagas sea que hemos dejado de notar su ausencia. Nos acostumbramos a que ya no estén.
Sin embargo, todavía estamos a tiempo de actuar. Conservar espacios verdes, proteger humedales, reducir el uso de pesticidas, promover una iluminación más responsable y fomentar la educación ambiental son medidas que benefician no solo a las luciérnagas, sino a toda la biodiversidad. Recuperar a los bichos de luz no es una cuestión de nostalgia. Es una forma de recuperar el equilibrio entre el desarrollo humano y la naturaleza.
Tal vez algún día, en una cálida noche de verano salteño, volvamos a ver esos pequeños destellos danzando entre los pastos. Y entonces comprenderemos que no eran simples insectos. Eran mensajeros silenciosos de un ambiente sano, guardianes diminutos de la oscuridad y la belleza.