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Continuidad de élites depredadoras

Martes, 16 de junio de 2026 01:53
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La Universidad suiza de St. Gallen publicó un índice sobre la calidad de las élites globales (EQx 2026). Argentina cayó dieciocho puestos en un año –al puesto 104° de las 151 economías evaluadas–, dejándola entre los países peor posicionados de la región; una región en la que la riqueza de los milmillonarios se multiplicó por seis entre 2000 y 2026, mientras la riqueza de la mitad más pobre de la población permaneció estancada. El diagnóstico del informe es brutal: las élites argentinas conservan influencia política y económica pero son incapaces de traducir ese poder en bienestar, crecimiento sostenido o creación de valor para la sociedad.

El punto central del estudio no gira alrededor de la riqueza sino en cómo esta se obtiene y utiliza. El problema no es que existan élites, todas las sociedades las tienen. La cuestión es cuál es la dinámica entre esas élites y el poder. Mientras que en algunos países las élites organizan sistemas productivos, desarrollan infraestructura, generan innovación y expanden capacidades sociales; en otros, su principal habilidad consiste en apropiarse de la renta, manipular regulaciones, capturar instituciones y redistribuir recursos en beneficio propio. Según el informe Argentina acentúa su parecido con el segundo modelo; lo cual no debería sorprender a nadie.

Durante décadas, buena parte de la discusión política argentina giró alrededor de antagonismos ideológicos que funcionaron como cortinas de humo para ocultar algo persistente: la continuidad de élites depredadoras capaces de sobrevivir a cualquier cambio de gobierno, discurso o de régimen económico. Las narrativas cambian; las estructuras de captura de riqueza permanecen incólumes.

Durante el kirchnerismo, la lógica depredadora se organizó alrededor de un Estado que declamaba justicia social mientras una cleptocracia política y empresarial capturaba la renta nacional. La corrupción dejó de ser una anomalía para convertirse en un mecanismo estructural. Las obras públicas, la energía, los subsidios, las licitaciones y buena parte de la economía quedaron atravesadas por mecanismos extractivos donde una pequeña élite convertía cercanía política en riqueza privada.

"La economía es incapaz de crear y sostener un crecimiento homogéneo. La inversión productiva pierde terreno frente a la especulación"

Hoy el discurso cambió. El lenguaje fue reemplazado por el de la libertad, el mercado y la destrucción del Estado. Pero, debajo de la superficie, reluce una continuidad incómoda. Nuevas redes de influencia desplazan a las anteriores; nuevos beneficiarios y grupos económicos ocupan posiciones estratégicas. Las estructuras asociadas al kirchnerismo pierden posiciones y aparecen nuevas redes empresariales vinculadas a salud, tecnología, servicios financieros y seguridad. Cambian los nombres, los intermediarios y los sectores pero la lógica extractiva permanece intacta.

El problema desnuda una dinámica institucional y cultural: la incapacidad de construir mecanismos capaces de impedir que pequeños grupos conviertan el Estado, el mercado o las regulaciones en instrumentos privados de apropiación de la riqueza. De hecho, los problemas económicos, sociales y políticos históricos sólo parecen ser el resultado de la cruenta lucha de poder por apropiarse de esta lógica extractiva que, con el tiempo, sólo parece agravarse.

La consecuencia es visible. La economía es incapaz de crear y sostener un crecimiento homogéneo. La inversión productiva pierde terreno frente a la especulación financiera. La educación y la salud públicas se deterioran. La infraestructura envejece. La pobreza deviene estructural a pesar de todo relato oficial y datos econométricos. Y la sociedad termina atrapada en un clima de agotamiento permanente donde cada crisis sólo parece el preludio de otra crisis peor.

El deterioro afecta a la cohesión social y la confianza colectiva. Cuando la sociedad percibe que las reglas funcionan sólo para quienes poseen contactos, dinero o influencia, desaparece toda idea de esfuerzo compartido o de proyecto común. La política deja de organizar expectativas de futuro y comienza a administrar frustraciones y resentimientos acumulados. La indignación social se vuelve crónica, las discusiones públicas se degradan y cualquier promesa de transformación termina siendo absorbida por el mismo sistema de captura que, en teoría, buscaba erradicar.

Pero, quizás, el peor problema sea su naturalización. Una sociedad que se acostumbra a convivir con élites que sólo utilizan el poder político y económico para perpetuarse y reproducirse a sí mismas. La indignación se torna resignación. Y la degradación institucional se hace paisaje.

La discusión de fondo no es cuánto Estado o cuánta libertad económica debe existir. Tampoco cuál relato ideológico es el más atractivo en cada coyuntura electoral, luego de haber instalado –ambos lados– la "falacia del falso dilema". La verdadera discusión debería girar alrededor de una pregunta casi excluyente: ¿cuándo Argentina será capaz de construir un sistema donde el crecimiento económico se traduzca en crear valor y en distribuirlo, de verdad?

Porque mientras la lógica extractiva continúe organizando la relación entre poder, política, economía, organizaciones sociales y deportivas, el país seguirá girando alrededor de las mismas frustraciones históricas aunque cambien los gobiernos, las ideologías y las figuras de poder. El problema argentino podría no ser la alternancia entre modelos antagónicos sino la persistencia de mecanismos predatorios que sobreviven incólumes a todo cambio, declamatorio o real.

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