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Bolivia, Argentina y los límites de la paciencia social

Miércoles, 17 de junio de 2026 01:28
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Podemos sostener como hipótesis de análisis que Milei conserva competitividad porque la expectativa económica todavía pesa más que el malestar cotidiano. Pero Bolivia obliga a mirar un paso más: allí también hubo ajuste, ordenamiento y promesa de estabilización, aunque la reacción social adoptó una intensidad muy distinta. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿por qué en Bolivia el ajuste derivó en una crisis social abierta, mientras en la Argentina el malestar parece procesarse, por ahora, por otros canales?

El liderazgo de Evo

Evo Morales construyó durante años un liderazgo muy fuerte apoyado en la renta extraordinaria del gas y el petróleo, la inclusión de sectores históricamente postergados y una narrativa con fuerte identidad popular e indígena. Mientras existió abundancia de recursos, el modelo sostuvo crecimiento, obra pública, subsidios y mejoras sociales visibles. La bonanza energética permitió financiar un proyecto político que, durante un tiempo, pareció combinar inclusión, ascenso social y poder territorial. Pero ese modelo comenzó a mostrar sus límites cuando el objetivo político se fue alejando de los principios de alternancia e institucionalidad propios de una democracia plena. La conservación del poder fue ocupando un lugar cada vez más central, por encima de la construcción sustentable del país. Las restricciones a la inversión privada, la centralización estatal y la utilización de la renta energética para sostener poder político terminaron desincentivando nuevas inversiones y agotando lentamente el sistema que financiaba aquella bonanza. Cuando cayó la producción energética, el modelo empezó a revelar sus límites económicos y sociales.

Aun así, Morales conserva todavía algo decisivo: una estructura sindical, campesina y social altamente organizada, capaz de movilizar conflicto, canalizar el descontento y transformar el malestar económico en presión política concreta. Esa es una diferencia fundamental.

Las limitaciones del kirchnerismo

En Argentina hubo similitudes, pero también diferencias importantes. El kirchnerismo sostuvo durante años respaldo social a partir del crecimiento posterior a 2001, el consumo interno, los subsidios, las políticas de inclusión y una narrativa política eficaz. Pero la inflación, el deterioro económico, la pérdida de poder adquisitivo y la percepción de corrupción estructural fueron erosionando su legitimidad. Allí encontró terreno fértil el discurso de Milei contra "la casta", potenciando una percepción cada vez más extendida: que el Estado había pasado de ser una herramienta de desarrollo a convertirse en un espacio de privilegios y reproducción de poder.

Sin embargo, la diferencia central con Bolivia aparece en el presente. Mientras allí existe una oposición social y sindical organizada con capacidad de presión permanente sobre el sistema político, en la Argentina actual el escenario opositor aparece mucho más fragmentado, sin liderazgos ordenadores ni estructuras capaces de canalizar de manera homogénea el malestar económico. A ello se suman diferencias culturales e históricas.

La sociedad argentina, especialmente desde la recuperación democrática de 1983, desarrolló una valoración de la estabilidad institucional y un rechazo extendido hacia escenarios de violencia política o desorden extremo. La existencia histórica de una amplia clase media, el peso simbólico de la educación pública, el desarrollo científico, universitario y tecnológico, y ciertos mecanismos de movilidad social contribuyeron durante décadas a moldear una cultura política más inclinada a procesar los conflictos dentro de marcos institucionales, incluso en contextos de fuerte tensión económica y social. Esto no significa ausencia de conflicto. Significa que la protesta suele expresarse de manera distinta y que la sociedad argentina tiende a tolerar períodos de deterioro económico cuando todavía percibe un horizonte de mejora o cuando considera que las alternativas disponibles podrían ser peores.

Recurso y riesgo de Milei

Allí aparece otro factor que ayuda a sumar entendimiento de por qué Milei, aun atravesando dificultades económicas y aumento de imagen negativa, conserva estabilidad política.

Parte importante de la sociedad todavía mantiene expectativas respecto del rumbo económico y, al mismo tiempo, no visualiza una alternativa opositora suficientemente organizada y creíble como para disputar con claridad ese espacio de poder. Sería un error interpretar esa estabilidad como un cheque en blanco, máximo si se tiene en cuenta que existe otro elemento menos visible en los análisis económicos, pero decisivo para comprender la estabilidad o el desgaste de un gobierno: la confianza institucional. Las sociedades, además de evaluar resultados materiales, observan comportamientos, señales y coherencia entre lo que se promete y lo que finalmente se hace.

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