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Hay infaustos sucesos que jalonan la más severa de las oposiciones que debió soportar Martín Güemes en sus postreros días.
La derrota de las tropas de Heredia en Tucumán por las fuerzas de Bernabé Araóz, tenaz opositor al caudillo, socavaba el poder militar en que Güemes apoyaba una de las fuerzas más sólidas de su gobierno: el ejército.
Un sector de la gente distinguida y pudiente de la ciudad, todos ellos enemigos irreconciliables de Güemes, recibió con entusiasmo su derrota, en la presunción que Aráoz apoyaría las aspiraciones revolucionarias en Salta de un contingente de sujetos que calificaban a la autoridad del prócer de arbitraria, abusiva, criminal y despótica. Es por ello que se entregaron con un afán incontenible a preparar un movimiento general para derrocar al primer gobernador legítimamente elegido por el pueblo.
Poniendo en juego todos los resortes de su poder y prestigio, los opositores enarbolaron su compromiso con la causa liberal como llamaban a la suya. Así se levantaba la bandera de la Patria Nueva, porque se estimaba que, con el quebrantamiento del poder de Güemes en Tucumán, sus fuerzas parecían débiles y a punto de no poder resistir el empuje de Aráoz, robustecido en el alzamiento popular de la provincia de Salta, lo que precipitó a decidirse por la conjura.
Los directores del movimiento, puestos en incesante actividad, trabajaron la opinión pública y alentaron la revuelta en la campaña.
Vino a colaborar con este grupo dispuesto a la revuelta, el propio Cabildo, que en palabras del notable Dr. Bernardo Frías: "estaba convertido en asilo de la Patria Nueva". Esto revela el irrestricto respeto que tenía Martín Güemes por las libertades electorales y la libre expresión, pues sus más ardorosos adversarios resultaban elegidos para magistrados y ocupaban los escaños en la Sala Capitular.
Era el cabildo la autoridad más adversa a la política reinante y decida enemiga del futuro prócer. Su presidente, alcalde de primer voto, el coronel Saturnino Saravia, encabezó los trabajos revolucionarios, desplegó con celo y empeño extraordinarios, levantando el espíritu público, y acaudillando la algarada.
Los conjurados debían encontrar una personalidad de fuste para reemplazar al gobernador depuesto, una persona que pudiese concluir con la guerra, mantener la unión de las dos facciones, esto es de la Patria Vieja y de la Patria Nueva, sujetar los ímpetus de las masas devotas a Güemes y respetar los derechos y libertades.
Tales responsabilidades habrían de recaer en el doctor Gorriti, que ya ejercía como gobernador sustituto por encontrarse Güemes en acción de guerra. Con sabiduría Gorriti rechazó la oferta con un meduloso análisis de la situación imperante en la gobernación, en la necesidad de unión y no de división fraterna: "divididos y en guerra sangrienta unos contra otros, lo más seguro es que quedemos vencidos". Y luego inquirió: "¿es preferible acaso, el yugo español al de Güemes?". Las sabias reflexiones no cambiaron los ánimos ni mudaron de objetivo, se negaron a ver el porvenir, todas las predicciones de Gorriti se cumplieron antes de los seis meses.
Conjura y felonía
Los conjurados, en su necedad, señalaron el día 24 de mayo para que tuviera lugar la asamblea popular.
Los comerciantes cansados de las continuas contribuciones al erario público, para surtir los gastos de guerra, eran los protagonistas del movimiento que tomó el nombre de "Revolución del Comercio", participando de la misma unitarios y federales, patriotas y realistas, españoles doblemente interesados, emigrados del Perú y forasteros de otras provincias adoctrinados por los mercaderes revoltosos.
Los descontentos ocuparon los sitios de la sala capitular y las galerías del cabildo dispuestos a consumar la deposición de Güemes, a quien calificaban con los innobles epítetos de: "malvado", "bandido", facineroso", entre otras expresiones desafortunadas.
Se pretendió revestir a la revolución de formas legales. Los cabildantes ordinarios, a manera de discurso inaugural de la asamblea habían confeccionado lo que llamaron, "manifiesto" o "proclama", la que contenía la verdadera acusación contra el gobernador Güemes y que condensaba el encono de su animosidad. Se desconocía su aptitud y méritos en la guerra de la independencia, se le echaban en rostros como delitos, los mismos actos merced a los cuales había salvado la patria, y lo que era más cruel: se le atribuía a su despotismo personal todos los males, todas las ruinas que en Salta había causado la guerra tenaz sostenida contra los ejércitos realistas.
Cuatro proposiciones
Leído el memorial de agravios por el escribano del cabildo, se presentaron las cuatro proposiciones a la consideración de la asamblea: la primera era la terminación de la guerra con Tucumán, la segunda, versaba sobre la deposición de D. Martín Güemes de la silla de gobierno de la que quedaba depuesto para siempre, "para quedar sacudidos de su abominable yugo". Esta propuesta despertó en la concurrencia un júbilo inexplicable. En la tercera proposición, el cabildo presentaba la candidatura del coronel don Saturnino Saravia que presidía la asamblea para gobernador interino, mientras el voto general de la provincia elegía el gobernador definitivo, y en la cuarta se indicaba al coronel mayor don Antonino Cornejo; que a la sazón militaba con sus Partidarios a las órdenes del general Güemes; para comandante general de armas.
Consumada así la revolución, el presidente Saravia pasó a verificar las ceremonias de la recepción del mando, prestando el juramento de práctica y asumiendo el mando.
Y es que el gobierno de Güemes, según la pluma de Atilio Cornejo: "era en Salta blanco de la odiosidad y consideración de toda la clase culta, ilustrada y principal con muy pocas y no menos honrosas excepciones; porque de uno y otro lado, la felicidad y bien de la Patria movía a todos aquellos políticos".
Consumada la revolución Gorriti abandonó la ciudad y volvió a su casa de campo de Miraflores. La revolución consideró de razón comunicar solemnemente a Güemes de su deposición, y de intimarle, en consecuencia, al reconocimiento del nuevo gobierno y la entrega de armas, se le suspendió la ciudadanía y se lo declaró proscrito del suelo de la Provincia de Salta.
Con fecha 25 de mayo de 1821, y con la firma de Saturnino Saravia, Manuel Antonio López, Alejo Frías, Baltasar Usandivaras, Mariano A. de Echazú, Gaspar José de Solá y Dámaso Uriburu, el acta consumaba la felonía de los sediciosos.
Se supo que Güemes volvería de Tucumán el 31 de mayo. Los revolucionarios se aprestaron a resistir, empero no necesitó derramar una gota de sangre ni quemar un gramo de pólvora para vencer y apoderarse de un ejército dispuesto en contra suya en línea de batalla. Todo fue escuchar su voz para que aquellos hombres, avergonzados de su actitud, prorrumpieron enseguida en una aclamación general, y vivándolo con entusiasmo delirante, se pasase toda esa tropa a sus filas. El desbande fue general.
Los revolucionarios no habían creído posible lo que acababa de acontecer, siendo el pase de las tropas propias a las de Güemes, el suceso más inesperado. Mientras los sediciosos huían, Güemes se juntaba con sus fuerzas y penetraba en la ciudad, haciéndose cargo nuevamente del gobierno como a las cuatro de la tarde.
En fechas posteriores vino Güemes a poner nuevamente en acción su clemencia, había sobrevenido el arrepentimiento de quienes se dejaron seducir por las falsas proclamas de los cabecillas de la revolución. Tal los casos de don Gaspar Solá, el coronel Ángel Mariano Zerda, el coronel don Santiago Figueroa.
Estas jornadas reflejan y develan al Güemes magnánimo, quien en vez de ejercer la venganza y ejecutar a los revolucionarios, cuando la libertad o la vida de sus enemigos estaba en sus manos, decide consolidar la unión de todos los salteños contra el enemigo común, perdonando a quienes habían urdido la conjura y su destitución.
Esta actitud que no fue suficientemente valorada por sus opositores: la necesidad de unión ante el adversario común para enfrentar el fin de la emancipación americana colaborando con el plan continental sanmartiniano.
Dos tendencias políticas
Aquella remota revolución del comercio definió no solo las aspiraciones de los mercaderes, sino que visibilizó las dos tendencias políticas de Salta: los de la Patria Vieja con Güemes y Gorriti; y los de la Patria Nueva, con los Uriburu, Zuviría, Zorrilla., etcétera. Había en ellas cierto aspecto personal que perduró por muchos años en Salta, siendo la base sobre la que se cimentó el ostracismo de la figura de Güemes en algunos casos, y en otros la ignominia a su recuerdo.
Por sobre ese légamo, se yergue el imperecedero ejemplo de unidad y patriotismo. Una carta de Güemes a Belgrano, fechada en Huacalera el 6 de noviembre de 1816, resulta ser premonitoria de los tiempos aciagos que habría de sobrellevar el futuro prócer:
"Trabajemos con empeño y tesón, que, si las generaciones presentes nos son ingratas, las futuras venerarán nuestra memoria que es la única recompensa que deben esperar los patriotas desinteresados. Dejemos a esa gavilla de ambiciosos que revolotean en nuestra revolución, que, si ellos logran algunas ventajas en sus proyectos, la idea de sus crímenes y delitos los tendrán siempre agitados y llenos de descontento, hasta que el Ser vengador que existe en los Cielos acabe con esas existencias perversas".
La fallida revolución del comercio preludió los acontecimientos de junio, en los que se urdió el siniestro plan para asesinar a Güemes, único camino para terminar con el hombre que nunca claudicaría en sus principios patrióticos y en la causa de la emancipación sin rendirse ante la tropa realista.
Solo la bala artera disparada al abrigo de la noche tenebrosa pondría fin a los más altos ideales y patriotismo singular del salteño más comprometido con la causa de la libertad de los pueblos de América.