inicia sesión o regístrate.
La violencia en sus distintas modalidades -como la violencia social, la violencia de género, la violencia criminal, la violencia familiar, la violencia delictual, la violencia discursiva- es un fenómeno que abarca todos los ámbitos de la vida. En muchas ocasiones nos vemos cercados por este tipo de circunstancias que han perdido definitivamente en nuestros días su carácter de oculto. Su presencia se palpa en todo tipo de disturbios sociales, en los actos criminales privados, en la inseguridad cotidiana y en los conflictos internacionales. Los medios la multiplican al infinito y los discursos que intentan combatirla, cuestionarla, e, incluso, comprenderla terminan casi siempre en una especie de reflexión circular que no acaba nunca por concluir en explicaciones válidas y soluciones concretas.
La violencia produce desconcierto, perplejidad, horror y alto impacto traumático en el observador y en la víctima, a lo que se suman trastornos de la emotividad, confusión e incoherencia del pensamiento en los momentos iniciales o un shock emocional masivo de la sociedad ante el doloroso, aberrante crimen del joven Fernando Báez Sosa.
La violencia tiene un arco extendido que va desde las manifestaciones más brutales, como el asesinato individual o en masa, hasta las expresiones de violencia ideológicas, como el racismo, el odio o la discriminación sexual. Casi siempre se pone el acento en la violencia aguda y explícita, que suele ser escandalosa y urgente, que parece funcionar a favor de ocultar o desviar la atención sobre la violencia sistémica.
La violencia, habitualmente, está canalizada, desviada o reprimida. Puede canalizarse por medio del trabajo, la ambición y hasta el deseo de curar. Aparece desviada en los denominados comportamientos proyectivos como es la constitución de un enemigo. Está reprimida en numerosas conductas sociales como las expresiones de la «buena educación", la ritualización religiosa, las instituciones jurídicas, la represión justificada ejercida legítimamente por el Estado.
Todas las personas tenemos una reserva de agresividad y un trasfondo de hostilidad. La educación, la cultura, la religión modelan, permiten elaborar y domesticar las tendencias agresivas; debilitan la violencia y permiten la reutilización a través del aprendizaje a partir de las frustraciones inevitables. El prejuicio, la guerra, la neurosis (que es una guerra contra sí), la culpa son válvulas de seguridad contra el desborde de la violencia incontenible de los grupos sociales. Como vemos, ésta es sólo una hipótesis sociogenética y psicológica de la violencia.
El hombre
El hombre es lobo para el hombre decía Thomas Hobbes Esta frase calumnia por demás al lobo. El lobo y el hombre poseen el instinto de matar, pero el lobo mata para saciar el hambre y no para satisfacer sus ansias de dominio o sus impulsos agresivos. Además, el lobo no se degrada hasta el punto de formular una cínica teoría para justificar sus crímenes. Thomas Hobbes concibió su visión del ser humano como un adicto a la guerra. Hoy se sabe que los humanos somos naturalmente empáticos con nuestros congéneres y estamos deseosos de ayudar. El denominado «cerebro social" no puede desarrollarse normalmente en algunas personas y la sumatoria de malnutrición de madre e hijo, marginación, abuso y maltrato pueden «dislocar" los circuitos cerebrales infantiles de tal modo que, en lugar de empatía frente al dolor ajeno, ciertas personalidades experimenten placer ante el sufrimiento del otro.
Cualquier lenguaje, público o privado, no necesita habitualmente el ejercicio brutal y silencioso de la fuerza para persuadir, convencer o ejercer obediencia; puede usar hasta con mejores resultados, la seducción, la persuasión, la adulación y al contrario a través de palabras y frases inducir al odio, al sacrificio, a la muerte, al crimen, por supuesto indicando los argumentos y las verdades que se quieren imponer e induciendo una pauta actitudinal; dar voz y acción a la violencia.
No podemos dejar de mencionar el medio psicosocial inadecuado como generador o reforzador de pulsiones agresivas y violentas. La sociedad actual da una impresión de inseguridad y un desfase entre lo que ella exige de las personas y la intensidad de seguridad afectiva que está lejos de proporcionar. Hay falta de autoridad, violencia y anarquía escolar, frecuentes desacuerdos y desórdenes en la propia familia, información apocalíptica que ofrecen prensa, radio, cine y TV. La vida no sólo es amor y satisfacción sino también agresión, hostilidad e inseguridad. Muchas de las personas violentas están buscando permanentemente satisfacciones, viven frustrados en búsqueda de afecto, no pueden utilizar los mecanismos proyectivos de la agresividad para encontrar la paz, no tienen mecanismos de reparación, carecen de amor y confianza en los otros, el odio está vivo o fantasmatizado, no hay disposición para el placer frente a las fuerzas destructoras, la rebeldía es grande y se enjuicia a los otros constantemente al hablar. Los tratamientos posibles son los programas de educación, los programas de desarrollo social, los programas terapéuticos, las campañas de educación pública, las modificaciones del medio físico, las actividades extraescolares para jóvenes, la formación técnico-profesional de policías, programas de policía comunitaria, la adecuada difusión de la preceptiva de la Ley 24.417 (1994) de protección contra la violencia familiar.
Por eso, Amartya Kumar Sen, economista bengalí y premio Nobel de Economía en 1998, proponía medir el desarrollo de los pueblos no por los recursos materiales con los que cuentan sino por las capacidades de las personas para llevar adelante sus planes de vida.