PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

Honrar a Martín Güemes debe ser política de Estado

El cotillón gaucho es simpático. El locro es exquisito. Pero Güemes merece más que eso. Y Salta, que lleva su nombre en la memoria colectiva de la patria, tiene la obligación de estar a la altura de ese legado. 
Jueves, 18 de junio de 2026 01:02
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Cada año, con la puntualidad de un almanaque y la profundidad de un escaparate, llega junio a Salta. Y con junio, el milagro de la metamorfosis colectiva: de pronto, toda la ciudad amanece güemesiana. Los funcionarios se enfundan en sus ponchos con una solemnidad que no exhiben para ningún otro asunto de Estado. Los conductores de radio descubren, con fervor de conversos, que Güemes fue "un grande". Las redes sociales se pueblan de rostros engalanados con bombacha de campo y sombrero de ala ancha, posando ante empanadas y locros como si el mero atuendo bastara para honrar una epopeya. El disfraz dura exactamente lo que dura el festejo. El 18 de junio, todo vuelve al ropero.

Esta liturgia anual del gaucho ocasional -ese "dresscode" patriótico que convierte la gesta más significativa de nuestra historia regional en una suerte de carnaval de época- no sería tan preocupante si no enmascarara algo bastante más grave: el abandono sistemático, desde hace décadas, de cualquier responsabilidad política seria respecto del legado de Martín Miguel de Güemes.

El héroe

El problema de fondo es epistemológico antes que político. No queremos lo que no conocemos, y no conocemos verdaderamente a Güemes porque nunca hemos tenido la voluntad institucional de enseñarlo en toda su complejidad y magnitud. La figura que circula en el imaginario popular es la del guerrillero de frontera, el caudillo montaraz que hostigaba a los realistas desde las quebradas. Esa imagen no es falsa, pero es radicalmente incompleta. Es, en el mejor de los casos, el retrato de un hombre recortado a la mitad.

Los trabajos de Fray Benito Honorato Pistoia y de la profesora Teresa Cadena de Hessling (investigadores que han consagrado décadas a la documentación rigurosa de este período) nos revelan a un Güemes radicalmente distinto al del folclore: un "verdadero reformador de los conceptos tradicionales", en palabras precisas que la historiografía salteña ha tardado demasiado en incorporar al relato oficial. Fue, antes que nada, un político ciudadano de pensamiento avanzado para su época. Creó el fuero gaucho no como concesión táctica sino como convicción filosófica sobre la dignidad de los desposeídos. Estableció socorros para madres y huérfanos de guerra cuando el concepto de asistencia social era prácticamente inexistente en estas latitudes. Y hay un dato que debería hacernos reflexionar profundamente sobre la textura moral de este hombre: en toda su carrera, Güemes nunca ordenó fusilar a nadie. En una época en que la ejecución sumaria era moneda corriente entre los hombres de armas de todos los bandos, esa omisión no es un accidente histórico. Es una declaración de valores.

Su correspondencia con Belgrano y la confianza irrestricta que le dispensó San Martín quien, no lo olvidemos, era un hombre de criterio militar y político extraordinariamente exigente, demuestran que Güemes pensaba en clave continental. La Patria Grande no era para él una abstracción retórica sino el horizonte concreto de una lucha compartida. Era, en suma, un humanista con espada, no un guerrero con veleidades humanistas. Esa distinción importa, y mucho.

El costo del desorden

Pero mientras la historiografía seria construye este retrato de mayor densidad, la gestión pública salteña sigue administrando el legado güemesiano con la improvisación de quien organiza una kermés, no con la seriedad de quien custodia un patrimonio identitario de alcance nacional.

El resultado es predecible: multiplicidad de voces sin autoridad académica que disputan la interpretación del héroe según la conveniencia del momento; actos conmemorativos que compiten entre sí por visibilidad mediática antes que por rigor histórico; recursos presupuestarios dispersos en acciones de impacto efímero; y una educación formal que, cuando aborda a Güemes, lo hace en una o dos páginas de manual, con la misma superficialidad con que aborda cualquier fecha del calendario cívico.

El desconcierto, las contrariedades y la pérdida de seriedad que genera esta dispersión no son daños colaterales: son el síntoma de una decisión política que nunca fue tomada. La decisión de tratar a Güemes como lo que es: una política de Estado.

Salta es Güemes

Salta tiene al menos un antecedente concreto que demuestra que esto puede hacerse de otra manera. Durante la gestión del Lic. Leopoldo Van Cauwlaert al frente del Instituto Güemesiano de Salta se diseñó e implementó el proyecto institucional "Salta es Güemes todo el año": una propuesta integral, pensada en el marco de la preparación al Bicentenario del paso a la Inmortalidad del Héroe Gaucho en 2021, que buscó con vocación explícita de ruptura marcar un antes y un después.

El proyecto proponía abordar la temática güemesiana como política pública, con la seriedad y el compromiso que nunca se le había sabido dar. Nuclearla en el Instituto Güemesiano, fortaleciendo su institucionalidad y su funcionamiento estratégico. Trabajar desde un método participativo e interdisciplinario, con un enfoque holístico e integral, generando propuestas que les hablen también a las nuevas generaciones. Definir con claridad el espacio referencial al cual acudir ante cualquier consulta sobre la temática, terminando de una buena vez con la dispersión de voces que tanto daño le hace al legado.

Por primera vez en mucho tiempo, había una visión de gestión detrás del homenaje.

Lo que pasó después es la parte que más duele escribir: finalizada esa gestión, se volvió a la nada misma. El entramado construido se deshizo con la misma velocidad con que se guarda el poncho el 18 de junio. Y quedó demostrado, una vez más, que en este país las buenas ideas sin institucionalización son apenas destellos en la oscuridad.

Pero esa experiencia no hay que leerla como fracaso. Hay que leerla como prueba de concepto. Funcionó mientras hubo voluntad política y técnica que la sostuviera. La conclusión no es que el proyecto era inviable. La conclusión es que necesita dejar de depender de personas y convertirse en política de Estado. Con presupuesto, con indicadores, con rendición de cuentas. Como cualquier política pública que se tome en serio.

Una pregunta

Termino con una interpelación directa a quienes tienen en sus manos las palancas de la decisión política en esta provincia.

¿Cuántos años más vamos a permitir que el hombre que salvó la Revolución de Mayo, sin cuya resistencia el Ejército del Norte de San Martín hubiera sido diezmado antes de cruzar los Andes, sea honrado con la misma profundidad con que se honra a un equipo de fútbol campeón? ¿Cuántas generaciones más de salteños van a crecer sabiendo que Güemes usaba poncho, pero ignorando que Güemes tenía un proyecto político de una modernidad que nos desafía incluso hoy?

El cotillón gaucho es simpático. El locro es exquisito. Pero Güemes merece más que eso. Y Salta, que lleva su nombre en la memoria colectiva de la patria, tiene la obligación de estar a la altura de ese legado. No una vez al año. Todo el año.

Haciendo eco de una definición que Fray Honorato Pistoia solía rescatar para definir la esencia de la gesta gaucha: "El General Güemes, fue un hombre de honor y es esa cualidad moral que nos enseña a tomar actitudes y a definir pensamientos sobre la base de superar cualquier comodidad, de ir más allá de cualquier conveniencia, y es también ese honor el que nos dice de la absoluta necesidad de ser eficaces en la lucha que emprendemos".

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD