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Sobre adornos y sobornos, y de la tentación de la plata dulce

La práctica de compartir la función pública con negocios extracontables forma parte de muchas carreras políticas desde hace varios siglos; por eso, es interesante analizar las diversas palabras que en los distintos tiempos definieron a la corrupción.
Viernes, 19 de junio de 2026 01:44

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Hay personas que llevan en la sangre el oficio o el talento que ejercen. Sus nombres y apellidos guardan una íntima relación con sus ocupaciones y, a veces, con su destino. De ellos puede hacerse una lista tan larga como variada, y en distintos idiomas.

En 1952, el psicólogo Carl Jung escribió en su libro Sincronicidad como principio de conexiones acausales que "entre el nombre de una persona y sus peculiaridades hay una coincidencia a veces bastante grotesca".

Cuando un nombre tiene un significado relacionado con la persona que lo lleva, se lo conoce técnicamente como "aptónimo". El periodista argentino Walter Duer exploró este fenómeno en su libro Marcados por el destino. Allí pueden leerse casos como el de las licenciadas Adriana Caldo y María Pappa, que trabajan juntas en el área de trastornos alimentarios, o el de un experto en violencia familiar que responde al nombre de Norberto Garrote. Duer encontró también a Gloria Perrupato, médica veterinaria egresada de la Universidad de La Plata; a los doctores Bustos y Teti, ambos especialistas en patologías mamarias. Tenemos también a José Barritta, alias "el Abuelo", jefe de la violenta barra brava de Boca Juniors; y al Dr. César C. Carman, quien presidió el Automóvil Club durante años. A nivel internacional, aparecen Estrella Torres, designada directora de American Airlines, y Emilio Botín, presidente del Banco Santander, acusado de fraude.

Todo esto de los aptónimos viene a cuento porque no se ha prestado suficiente atención a la etimología de la palabra "soborno". El término proviene del verbo sobornar, que deriva del latín tardío subornare, compuesto por el prefijo sub- ("por debajo" o "en secreto") y el verbo ornare ("equipar", "adornar", "proveer"). Su significado original era "preparar o instruir a alguien de forma oculta". Ya en la época clásica —empleado por Cicerón— y luego durante la Edad Media, el concepto fue adaptando su sentido hasta llegar al actual: preparar o incitar a alguien a actuar contra su deber mediante dádivas o promesas.

El presidente Julio Argentino Roca- ese que tanto admira Milei - tuvo un hermano, Ataliva, quien, al igual que Adorni, fue funcionario público, y al igual que Manuel Adorni, fue empresario inmobiliario; roles que, al igual que Adorni, no siempre supo distinguir con demasiada claridad. Los manejos poco transparentes de Ataliva llevaron al ingenioso Domingo F. Sarmiento a acuñar el verbo "atalivar", que se conjugaba en privado cada vez que se sospechaba que alguien obtenía un beneficio espurio en alguna gestión gubernamental o particular. Hoy no hace falta recurrir a ningún neologismo: la palabra "adornar" ya forma parte de nuestro lenguaje histórico, como lo atestigua el Diccionario del lunfardo de José Gobello, donde figura junto a "afanancio".

Obediencia

Se nos ocurre una eficaz línea de defensa si el jefe de Gabinete llegara a ser llevado a juicio —Dios y las fuerzas del cielo no lo permitan—: podría alegar obediencia debida. ¿Recuerdan que a fin de año Milei obsequió a sus ministros, a modo de filosofía de gestión, el librito Defendiendo lo indefendible de Walter Block? Adivinen qué defiende este anarcocapitalista, entre otras aberraciones: el soborno. Para Block, el soborno no es una agresión ilegítima sino un mecanismo de mercado que surge como respuesta a la regulación y la prohibición estatal. Sostiene que, si el Estado no tuviera el monopolio para prohibir ciertas actividades o mercados, no existirían los incentivos para que los privados sobornen a los funcionarios. Tanto el chantaje —amenazar con revelar información verdadera a cambio de dinero— como el soborno son vistos por Block como intercambios entre adultos responsables. Bajo su marco filosófico libertario, dado que no existe violencia física inicial, la transacción es considerada parte de la libertad de mercado y un contrato entre las partes involucradas. Este pensamiento es compartido por los principales referentes del ultraliberalismo: Rothbard, Von Mises, Friedman y Hayek, todos ellos ídolos de Milei. No deja de tener su lógica: ¿qué funcionario público argentino estaría dispuesto a promover la construcción de puentes, rutas o aeropuertos —en síntesis, obra pública de cualquier tipo— si no supiera que hay un retorno?

Otra estrategia de defensa posible sería lo que el filósofo alemán Theodor W. Adorno - vaya con el apellido - llamaba la táctica del salami: negar aspectos menores para destruir la credibilidad del conjunto. Como fetas de salame que diluyen el todo, siempre queda el recurso del "Ah, pero los kukas", o, en este caso, la tabla salvadora del Mundial de fútbol.

En el contexto de las denuncias judiciales por el patrimonio de Adorni, un sondeo de la consultora Trespuntozero reveló que el 97 % de los encuestados estaba al tanto del caso. Sospecho que el 3 % restante se lo quedó Karina. Milei clonó a su perro tres veces y se siente parte de la Santísima Trinidad —si no las tres personas a la vez—. Karina, en cambio, prefirió una teología más práctica: el tres por ciento. Juntos armaron el triángulo de hierro. En esta familia, el tres es claramente el número sagrado. Ataliva Roca los entiende perfectamente desde el más allá. Y si Milei realmente cree en el mercado, debería saber que, con tanta oferta del tres, el precio va a bajar.

Coima y literatura

La palabra coima es de etimología incierta, aunque muchos la emparentan con el portugués cooymha, que a su vez procedería del latín calumniare. En algunos países latinoamericanos, coima designa a una prostituta, una amante o una empleada doméstica. En México se la llama "mordida"; en Perú, "cutra"; en Colombia, "corbata"; en Venezuela, "matraca"; y en Cuba, "botella". La acción de sobornar en Argentina recibe también los nombres de: coimear, aceitar, morder, adornar, untar y cometear. (Todos estos datos los extraje del Manual de Ética Empresarial usado por los CEOs de Odebrecht).

"Es que estamos en el Imperio de la Coima, en el reinado del pichuleo, en el país de la granjería. La coima es la polilla que roe el mecanismo de nuestra administración, la rémora que detiene la marcha de la nave del Estado; la coima es el aceite lustral con que cuanto bicho inspector y subinspector que vagabundea por ahí lubrifica sus articulaciones y engorda su estómago; la coima es la madre de muchos bienestares, el alma de numerosas prosperidades, el ángel tutelar de los que venden aserrín por harina, achicoria por café, pan quemado por chocolate, mármol molido por azúcar; la coima es la diosa protectora de todos los tahúres que pululan en nuestra tierra, de todos los comisarios que entran flacos y salen gordos, de todos los magistrados que se taponan los oídos para no escuchar los alaridos de la justicia. ¿Qué no es la coima, la enorme, la nutritiva coima? Donde se clave la vista, allí está: invisible, segura, efectiva, certera. La coima moviliza los escritos en un juzgado; arranca un certificado de buena conducta para el más acreditado facineroso; le da ciudadanía de honestidad a un granuja; ablanda y humaniza al inspector personudo, al abogado recio, al escribano melifluo, al oficial de justicia inexorable, al médico talentudo. Invisible, penetrante, ardua e infalible, penetra por todas partes y compra al grande, al cogotudo y al severo, como al pequeño, al modesto y al humilde que se conforma con que le den para un café con leche. Panaderos, lecheros, hueveros, mercaderes de aceite, de vino, de drogas, dueños de fábricas, de industrias, de millones, ministros, covachuelistas, embajadores, jueces, presidentes de cualquier cosa, escritores, periodistas, comisarios: no hay uno que resista la coima, no hay uno que no se doble a su amable presencia, que no se conturbe frente a su poder, que no se le rinda después de una lucha más o menos larga. Y el que no coimea… deja coimear".

Texto

Quizá algún lector encontró ciertos anacronismos en los párrafos de este subtitulo. Ocurre que fueron escritos por el gran Roberto Arlt, en el diario El Mundo, el 16 de enero 1929; luego fue recopilado en su "Tratado de la delincuencia". El tema no era nuevo: ya en marzo de 1907 el diario La Razón publicaba un editorial bajo el elocuente título "El Imperio de la Coima". En realidad, nuestra historia de cometeros se remonta a la Colonia, con el desfachatado contrabando de entonces. También durante la Guerra del Paraguay, en 1867, el marqués de Caxias escribía que "nuestros aliados no quieren acabar la guerra porque con ella están lucrando".

En 1910, el diario La Stampa de Turín afirmaba que en Argentina "la propina es una institución: tiene un nombre solemne de resonancia griega. Se llama coima. Todos coimean: desde quien desempeña cargos superiores hasta el último inspector". Como el uróboro - que simboliza la repetición eterna de los ciclos -, para Argentina todo tiempo pasado fue igual: condenada a repetirse en sus peores vicios. Pero, al fin y al cabo, estamos marcados por el destino: nuestro país se llama Argentina, de argentum: plata. Quizá todo estaba escrito desde el nombre.

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