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Milei y contradicciones del liberalismo

Un Estado inteligente no reemplaza a la sociedad ni destruye la iniciativa privada. Sin industria, sin infraestructura, sin educación y sin defensa de los intereses nacionales, la libertad económica termina favoreciendo solamente a los actores más poderosos del sistema internacional.
Miércoles, 03 de junio de 2026 02:00
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La irrupción política de Javier Milei ha reabierto en Argentina debates filosóficos, económicos y culturales que parecían archivados. Bajo consignas de "libertad", "antiestatismo" y "anarcocapitalismo", el actual presidente intenta presentar un modelo político que, lejos de constituir una novedad absoluta, revive antiguas discusiones entre liberalismo, marxismo y doctrina social cristiana. Sin embargo, detrás de su retórica disruptiva aparecen profundas contradicciones históricas, culturales y hasta geopolíticas.

El anarcocapitalismo, como el marxismo, parte de una visión utópica del hombre y de la sociedad. Ambos imaginan sistemas perfectos: uno sin propiedad privada y otro prácticamente sin Estado. Pero las sociedades reales jamás funcionaron sobre abstracciones ideológicas absolutas, sino sobre equilibrios entre autoridad, comunidad, producción, tradición y justicia social.

No es casual que la Iglesia Católica haya cuestionado tanto al socialismo revolucionario como al liberalismo extremo. La gran encíclica Rerum Novarum, promulgada por León XIII en 1891, conserva una vigencia sorprendente. Allí se condena el socialismo por atacar la propiedad privada y destruir el orden natural de la sociedad, pero también se critica duramente al liberalismo económico que abandona al trabajador a las fuerzas del mercado y reduce la vida humana a una lógica individualista y materialista.

León XIII advertía que "no es justo ni humano exigir del hombre tanto trabajo que el exceso embote el espíritu y agote el cuerpo", y sostenía además que el Estado no podía desentenderse de la cuestión social, porque tiene la obligación moral de proteger el bien común y evitar que los sectores más débiles queden sometidos exclusivamente al poder económico.

La Doctrina Social de la Iglesia propuso un camino distinto: ni marxismo colectivista ni liberalismo salvaje. Defendió la propiedad privada, pero subordinada al bien común; reconoció el papel del mercado, pero también la necesidad de un Estado que proteja a los débiles, garantice justicia y preserve la armonía social. La persona humana no es solamente un consumidor ni un individuo aislado: pertenece a una familia, a una comunidad, a una nación y a una tradición espiritual.

Aquí aparece una de las principales contradicciones del actual discurso libertario argentino. Muchos liberales contemporáneos desconocen que gran parte de las ideas que defienden fueron históricamente cuestionadas por la Iglesia por su carácter anticristiano y disolvente del orden social tradicional. El liberalismo radical europeo del siglo XIX promovió procesos de secularización agresiva, enfrentamientos con la Iglesia y una concepción individualista incompatible con la tradición hispano-católica.

La contradicción se profundiza cuando ciertos sectores pretenden importar mecánicamente modelos anglosajones a una nación de raíz hispano-católica como Argentina. El mundo anglosajón se desarrolló históricamente sobre una matriz cultural protestante, individualista y comercial, donde el éxito económico personal ocupó un lugar central en la organización social. En cambio, la tradición hispánica construyó sus comunidades sobre otros pilares: la centralidad de la familia, el sentido comunitario, la autoridad política, la vida religiosa y la idea del bien común como principio ordenador.

Mientras el liberalismo anglosajón tendió a concebir al individuo como unidad primaria de la sociedad, la tradición hispano-católica entendió siempre que el hombre pertenece naturalmente a comunidades concretas: familia, municipio, patria y civilización. Por eso, en Hispanoamérica el Estado históricamente tuvo un rol articulador mucho más fuerte que en las sociedades protestantes del norte europeo o de Norteamérica.

Incluso la concepción económica fue distinta. Las grandes naciones hispánicas promovieron históricamente formas de organización social donde la economía debía subordinarse a principios morales y políticos superiores, mientras que el liberalismo moderno muchas veces terminó subordinando toda la vida social a la lógica del mercado.

Paradójicamente, muchos libertarios argentinos admiran a Estados Unidos sin comprender que la principal potencia mundial jamás aplicó el liberalismo puro que predican. Estados Unidos desarrolló históricamente un fuerte proteccionismo industrial, subsidios estratégicos, intervención estatal en defensa, energía y tecnología, además de políticas permanentes de protección a su producción nacional.

Incluso hoy, Washington interviene activamente en la economía mediante aranceles, restricciones comerciales, emisión monetaria y apoyo estatal a empresas estratégicas. El "Estado ausente" que proclama el anarcocapitalismo no existe en ninguna gran potencia del mundo. Las naciones desarrolladas crecieron combinando mercado, industria nacional, crédito, infraestructura y protección de intereses estratégicos.

La contradicción se vuelve aún más evidente cuando sectores libertarios argentinos denuncian toda intervención estatal local, pero celebran modelos extranjeros sostenidos precisamente por enormes estructuras estatales. No existe desarrollo nacional sin Estado, así como tampoco existe progreso genuino sin iniciativa privada y cultura del trabajo.

Otro punto problemático del liberalismo extremo es su concepción antropológica. Uno de sus antecedentes filosóficos más influyentes, Jean-Jacques Rousseau, sostenía que el hombre nace bueno y que es la sociedad quien lo corrompe. Esa idea desconoce la complejidad de la naturaleza humana y la dimensión moral y espiritual señalada por la tradición cristiana.

El ser humano posee virtudes, pero también límites, egoísmos y pasiones. Por ello las sociedades necesitan instituciones, normas, autoridad, educación y valores compartidos. Cuando el mercado se transforma en único ordenador social, el resultado suele ser la concentración económica, la fragmentación cultural y el debilitamiento de los vínculos comunitarios. Por supuesto, el marxismo ha demostrado consecuencias mucho más destructivas. Los experimentos comunistas del siglo XX provocaron persecuciones religiosas, totalitarismos y enormes tragedias humanas. Pero que el marxismo haya fracasado no convierte automáticamente al liberalismo extremo en una solución correcta.

Ambas ideologías comparten, en el fondo, un error común: reducir al hombre a una dimensión exclusivamente económica. Para unos, el individuo; para otros, la clase social. En ambos casos se deja de lado la trascendencia espiritual, la tradición cultural y la organicidad natural de las naciones.

Más allá del legítimo debate de ideas, sería importante que el presidente comprenda que el Estado no es necesariamente un enemigo de la libertad. Puede ser, por el contrario, una herramienta indispensable para proteger la producción, el comercio y los intereses estratégicos de la Nación.

Un Estado inteligente no reemplaza a la sociedad ni destruye la iniciativa privada; la orienta, la protege y la fortalece. Sin industria, sin infraestructura, sin educación y sin defensa de los intereses nacionales, la libertad económica termina favoreciendo solamente a los actores más poderosos del sistema internacional.

Las naciones no sobreviven únicamente por sus balances económicos, sino por la fortaleza de su cultura, sus valores y su identidad histórica. Cuando una sociedad pierde su tradición y reemplaza la política por dogmas económicos, termina debilitando las bases mismas de su civilización.

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