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Vivimos tiempos extraños. Nunca como ahora se habló tanto de diversidad, inclusión y tolerancia. Nunca como ahora se promovió el respeto por las diferencias. Y, sin embargo, nunca fue tan frecuente observar cómo una opinión distinta, una pregunta incómoda o una mirada alternativa pueden ser recibidas con indignación, censura o descalificación. Pareciera que hemos comenzado a confundir el respeto con la obligación de pensar todos de la misma manera. La tolerancia es una de las bases de toda sociedad democrática. Gracias a ella pueden convivir personas con distintas religiones, ideologías, costumbres y formas de entender la vida. La tolerancia no exige estar de acuerdo con el otro, sino reconocer su derecho a existir y a expresar sus ideas. Pero cuando la tolerancia se transforma en una exigencia de unanimidad, deja de ser una virtud y se convierte en una nueva forma de intolerancia. El filósofo Karl Popper advirtió sobre la llamada "paradoja de la tolerancia". Sostenía que una sociedad no puede ser infinitamente tolerante con aquellos que buscan destruir la propia libertad. Sin embargo, esa idea no significa que toda opinión incómoda deba ser silenciada. Existe una enorme diferencia entre impedir el odio y prohibir el pensamiento.
En nuestros días, muchas personas parecen vivir con miedo a expresar lo que piensan. No por temor a una persecución del Estado, como ocurría en otras épocas, sino por miedo a la condena social, al señalamiento o al escarnio público. Las redes sociales se han convertido en tribunales donde las sentencias se dictan en cuestión de minutos y donde la posibilidad de debatir ha sido reemplazada por la necesidad de cancelar.
La historia demuestra que las grandes transformaciones de la humanidad nacieron de ideas que en su tiempo resultaron ofensivas o escandalosas. La ciencia desafió creencias arraigadas. La filosofía cuestionó verdades absolutas. Los reformadores religiosos incomodaron a las autoridades de su época. Los defensores de los derechos humanos fueron perseguidos por sostener ideas que muchos consideraban peligrosas. Si el temor a ofender hubiera prevalecido siempre, probablemente seguiríamos viviendo en un mundo mucho más oscuro.
Por supuesto, la libertad de expresión no es una licencia para humillar, insultar o promover la violencia. Toda libertad implica responsabilidad. Pero también es cierto que no existe un supuesto derecho a no ser ofendido. En una sociedad plural, es inevitable que existan opiniones que no nos gusten, que nos irriten o que contradigan nuestras convicciones más profundas. Aprender a convivir con esa realidad es parte esencial de la madurez democrática. Tal vez hemos confundido respeto con aprobación. Respetar a una persona no significa aceptar todas sus ideas. Del mismo modo, cuestionar una idea no equivale a despreciar a quien la sostiene. Las sociedades sanas no se construyen sobre el silencio ni sobre el pensamiento uniforme, sino sobre la capacidad de debatir, disentir y aprender unos de otros. El problema comienza cuando se pretende prohibir determinadas preguntas, censurar ciertas opiniones o imponer una verdad oficial. Porque las ideas no desaparecen cuando se las calla; simplemente se esconden. Y cuando el miedo reemplaza al debate, la libertad comienza a perder terreno.
Quizá la verdadera tolerancia consista en aceptar algo que siempre ha sido incómodo: que existirán personas que piensan distinto, que sostendrán opiniones que nos desagraden y que dirán cosas con las que jamás estaremos de acuerdo. Pero precisamente porque defendemos la libertad, debemos preservar también su derecho a expresarlas.
Porque una sociedad libre no es aquella donde nadie se ofende. Es aquella donde nadie necesita pedir permiso para pensar. Y cuando por temor a incomodar a alguien se empieza a prohibir el pensamiento, el riesgo no es que desaparezcan las ofensas, sino que desaparezca la libertad. Y una sociedad sin libertad de pensamiento termina, tarde o temprano, renunciando también a su propia capacidad de comprenderse y de crecer.