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Una sociedad no es un mercado

Jueves, 25 de junio de 2026 00:33

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Todos sabemos de dónde venimos. Venimos de dieciséis años de degradación institucional, corrupción sistemática, vaciamiento educativo, empobrecimiento económico y sostenido deterioro social. Venimos de un kirchnerismo que convirtió toda causa noble en caricaturas irreconocible de sí mismas. De un sistema político que utilizó el Estado como botín, que lo vació, y que erosionó la confianza pública en las instituciones democráticas.

Lo digo de entrada porque parece ser obligatorio. Cada crítica al oficialismo debe comenzar aclarando que uno no desea el regreso del kirchnerismo. Como si la única manera de cuestionar el presente fuera demostrar antes que se rechaza el pasado. Como si toda reflexión política tuviera que atravesar si o si por la aduana de esta grieta inacabable. Hasta alrededor de Messi instalamos una grieta, hoy. Aclaremos entonces lo obvio: no soy kirchnerista. Nunca lo fui. Tampoco deseo ninguna forma de regreso de ese peronismo agotado, marchito y decadente que gobernó buena parte de los últimos ochenta años. Pero reconocer eso no me obliga a suspender el juicio crítico sobre el presente. Y es precisamente el presente - y el futuro - lo que me preocupa. Cada vez más. No por la inflación ni el riesgo país. Tampoco por los mercados ni por el dólar. Me preocupa algo mucho menos tangible pero infinitamente más profundo. Me preocupa la progresiva instalación de una filosofía política que parece convencida de que toda evaluación moral queda subordinada a los resultados económicos. Porque detrás del mileísmo existe algo más que un eventual éxito económico. Existe una concepción del mundo perversa y peligrosa. También silenciosa.

Una concepción que encuentra algunos de sus referentes intelectuales en autores como Peter Thiel, Walter Block, Robert Murphy o Nick Land. Autores distintos entre sí —que he leído uno por uno— pero que comparten una intuición común: la convicción de que el mercado constituye el mejor mecanismo de organización social y que muchas de las preocupaciones tradicionales de la política, la ética o incluso la democracia son, en el mejor de los casos, secundarias.

Peter Thiel admira a quienes crean riqueza, construyen monopolios innovadores y transforman el mundo. Walter Block lleva la defensa de la libertad económica hasta extremos polémicos defendiendo actividades que la mayoría de las personas considera cuestionables, sosteniendo que narcos, proxenetas y usureros no deberían ser criminalizados mientras no recurran a la violencia ni a la agresión física directa. O que reivindica el trabajo infantil. Nick Land va más lejos y contempla el mercado, la tecnología y la aceleración como procesos evolutivos superiores, frente a los cuales la democracia es un obstáculo.

No busco caricaturizarlos. Que sus libros me hayan revuelto las tripas no los hace menos inteligentes ni sofisticados. Tampoco menos influyentes. Porque esta forma de pensamiento cobra impulso y momento en el mundo de hoy. Todos ellos comparten una única pregunta, excluyente e incompleta: ¿cómo maximizar la libertad económica? Pero una sociedad no es un mercado. Una sociedad es una comunidad; un conjunto de obligaciones recíprocas; una red de responsabilidades compartidas, muchas de ellas no elegidas.

Freud dijo: "La sociabilidad hace posible la socialización, y esta última sólo es real porque el individuo, en último término, encuentra en ella un interés; intercambia una libertad infinita, pero precaria, por una libertad regulada pero real…".

Elegimos vivir intercambiando dosis diarias de libertad irrestricta por cantidades de seguridad certeras. Pero ¿qué sociedad se construye si todo queda subordinado a resultados económicos coyunturales? ¿Si la estabilidad macroeconómica funciona como una suerte de indulgencia universal y plenaria y sólo importa cuánto crece el PBI?

Porque si seguimos esta lógica hasta el final llegamos a una conclusión inquietante. Si la inflación baja, si las acciones suben, si el riesgo país cae y si la economía crece, entonces todo lo demás no importa. Se puede dejar de lado la empatía, nos podemos olvidar de la solidaridad y podemos dejar de lado a quienes quedan por detrás. Tampoco importará la degradación del lenguaje público, que la crueldad sea convertida en virtud o que se naturalice el desprecio. Estará permitido dejar de lado todo rasgo de humanidad.

Yo no lo acepto. Y elijo creer que ustedes tampoco. Porque me preocupa la perversión ideológica detrás del mileísmo mucho más que el mileísmo. Porque la historia está llena de sociedades económicamente exitosas que terminaron erosionando las bases morales que hacían posible su propia existencia. Y todas terminaron autodestruyéndose. Las políticas económicas cambian. Los gobiernos pasan. Los ciclos económicos se agotan. Pero lo que permanece son las ideas que una sociedad decida incorporar como su base.

La discusión no puede ser sobre si la inflación baja o sube. La discusión debe ser sobre si estamos dispuestos a aceptar cualquier costo moral, social o humano a cambio de estabilidad económica. Y, si la respuesta fuera negativa, entonces la pregunta que sigue es inevitable. Cuando llegue el momento de votar ¿elegiremos libertad —la verdadera—, prosperidad social y futuro o, simplemente, seguiremos justificando cualquier aberración moral en nombre de ellas? Falta mucho para las próximas elecciones, pero no podemos permitir que lo urgente nos impida ver lo importante. Debemos pensarlo desde hoy.

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