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Estados Unidos e Irán se empeñan en desmentir un antiguo refrán diplomático que establece que en situaciones de conflicto sólo es posible un acuerdo cuando ambas partes quedan igualmente insatisfechas. Tanto el presidente Donald Trump como el ayatollah Mochtabá Jamenei insisten en proclamarse victoriosos con la formalización del documento de catorce puntos, la mayoría supeditados a negociaciones posteriores a completarse en un plazo máximo sesenta días prorrogable por mutuo consentimiento de las partes. El resultado de esa imposibilidad fáctica es que la interpretación del acuerdo desencadenó una tormenta política en Estados Unidos y en Israel, donde los críticos de ambos gobiernos denuncian una virtual capitulación estadounidense. Muy distinto es el caso de Irán, donde la oposición carece de vías de expresión legal y la población civil experimenta el enorme alivio de la suspensión de las hostilidades.
La oposición iraní en el exilio, que en las primeras semanas del conflicto impulsó manifestaciones en distintas capitales occidentales para exigir la restitución al trono del hijo del derrocado Sha Pahlavi, tiene en cambio sobrados motivos para lamentarse. El segundo punto del memorándum de entendimiento estipula que "Estados Unidos e Irán se comprometen a respetar la soberanía y la integridad territorial de la otra parte y a abstenerse de interferir en los asuntos internos de la otra parte".
Como nadie pudo imaginar jamás que Irán estuviera en condiciones de lesionar la integridad territorial de Estados Unidos (salvo tal vez con atentados terroristas), la interpretación es inequívoca: Washington abandona su pretensión inicial de promover un "cambio de régimen" y de esa manera reconoce implícitamente la legitimidad de la teocracia iraní.
En el detonante de la disputa que desencadenó la intervención militar estadounidense, que fue la denuncia de que a partir del enriquecimiento de uranio Irán se acercaba peligrosamente a la posibilidad de fabricar una bomba atómica, el acuerdo consigna que "Irán reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares", pero en otra cláusula especifica consigna que "a la espera del acuerdo definitivo, Estados Unidos e Irán acuerdan mantener el statu quo. Irán mantendrá el statu quo actual de su programa nuclear y Estados Unidos no impondrá nuevas sanciones ni desplegará fuerzas adicionales en la región".
El decimotercer punto del memorándum enumera las cinco de las catorce disposiciones acordadas, en particular el cese inmediato de hostilidades y la apertura del estrecho de Ormuz, cuyo cumplimiento por las partes daría comienzo al plazo de negociaciones para la implementación de las demás cláusulas. Las otras nueve tendrán que esperar a su resultado. Algunos analistas escépticos señalaron que el armisticio pactado en 1953 para poner fin a las hostilidades en la guerra de Corea continua vigente 73 años después, muy lejos de un acuerdo definitivo.
Trump, en medio de fuegos cruzados
La oposición demócrata y algunos dirigentes del Partido Republicano salieron de inmediato a la palestra para denunciar que el contenido del memorándum representa un retroceso sobre lo establecido en 2015 por el presidente Barack Obama y su colega iraní Hasan Rohani, que Trump había denunciado durante su primer mandato en 2018.
Ante la necesidad de defenderse, el mandatario republicano tuvo que modificar el ángulo de análisis. Enfatizó que la firma del memorándum evitó una "catástrofe económica" y posibilitó una inmediata rebaja en el precio de los combustibles en Estados Unidos, principal causa del brote inflacionario que afecta a la población norteamericana y desató una oleada de disconformidad que amenaza la chance republicana en las cruciales elecciones legislativas de noviembre próximo. Irónicamente Trump justificó la conveniencia del acuerdo en la necesidad de solucionar los problemas ocasionados por su decisión de iniciar la contienda.
El argumento de Trump validó el éxito de la estrategia iraní, que a través del bloqueo del estrecho de Ormuz provocó una grave crisis económica internacional. Focalizó también la atención en un punto relevante, puesto de manifiesto en este conflicto bélico y que ya es objeto de análisis en todas las academias militares: en una economía global cada vez más integrada, el empleo oportuno del arma económica puede contrarrestar la aplastante superioridad militar de Estados Unidos.
En realidad, Trump está entre dos fuegos. La mayoría de las críticas, en especial originadas en el flanco demócrata, resaltan que el balance de la guerra ha sido fuertemente negativo, ya que no se logró ninguno de los objetivos planteados al iniciarla. Desde esa óptica, el resultado constituye un serio revés para el prestigio de Estados Unidos, comparable con la derrota de Vietnam en la guerra fría. En esa línea de pensamiento el error residió en atacar a Irán.
Paradójicamente, esa perspectiva converge con la postura asumida por el sector "aislacionista" del ala conservadora del Partido Republicano, liderado por Tucker Carlson, el mayor publicista del sector, quien desde un principio advirtió que la guerra de Irán violaba el compromiso de Trump de abandonar el intervencionismo militar como herramienta de la política exterior estadounidense para concentrar la prioridad en la resolución de los problemas domésticos. Para la derecha "aislacionista", Trump habría caído en una trampa tendida por el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.
Como contrapartida, una franja del electorado de Trump pertenece a la corriente evangélica identificada con el llamado "sionismo cristiano", que considera al Estado judío como la primera línea de batalla de un conflicto civilizatorio de dimensiones universales y, por lo tanto, un aliado obligado para Estados Unidos. Este sector coincide con Netanyahu en que el objetivo de la guerra no puede ser otro que terminar con el régimen iraní.
Netanyahu en la mira
Netanyahu, el primer ministro israelí más prolongado de toda la historia, anunció que volverá a postularse en las próximas elecciones a celebrarse en octubre, un mes antes que la contienda legislativa en Estados Unidos.
En realidad, el líder israelí casi no tiene otra opción: si llega a abandonar el gobierno corre peligro de terminar en la cárcel por varias acusaciones de corrupción en avanzado trámite judicial y atizadas vigorosamente desde la oposición política, un riesgo que ya motivó el envío de una nota suya al presidente Isaac Herzog para solicitarle la concesión de un indulto, pedido que fue endosado públicamente por Trump.
En ese contexto, la continuidad de la guerra es también la única garantía que tiene Netanyahu para su garantizar su permanencia en el poder y hasta su libertad personal. Con un agravante: la mayoría parlamentaria de la heterogénea coalición gobernante depende del apoyo de dos pequeños partidos de la ultraderecha religiosa que no admiten ninguna alternativa que suponga la subsistencia del régimen chiita. Para esa facción, minoritaria pero políticamente decisiva, la materialización de este acuerdo implicaría una traición de Trump a su proclamado compromiso con Israel.
La alianza opositora, que aspira a ganar en octubre, es liderada por Yair Lapid, quien sostiene que la política de Netanyahu provocó un aislamiento internacional de Israel que incluyó una pública controversia con Trump por la persistencia de los bombardeos en El Líbano que entorpecieron el diálogo entre Washington y Teherán. "Si no cambiamos rápido a este gobierno las relaciones exteriores de Israel se borrarán por completo", advirtió Lapid.
La mayoría de la opinión pública israelí está disconforme con Netanyahu, pero tampoco acepta los términos de un acuerdo de paz que no suponga un total desmantelamiento del aparato militar de Hezbollah en El Líbano, porque su supervivencia representa una amenaza constante para la seguridad nacional. El hecho de que Tel Aviv haya sido marginada de las negociaciones incrementa la frustración colectiva.
La principal causa de la incertidumbre que rodea a la efectivización del acuerdo - en los hechos, una frágil suspensión de hostilidades -reside entonces en la capacidad de Trump para ordenar su frente interno y disuadir a Netanyahu de continuar con su ofensiva militar en El Líbano. Mientras esto no ocurra la paz pende de un hilo.