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Caso Agostina: cuando la vulnerabilidad mata

Un crimen de perfiles espeluznantes, que exhibe la marginalidad, donde personajes siniestros son capaces de dominar a personas muy frágiles.
Viernes, 26 de junio de 2026 01:27

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Entre las últimas horas del sábado 23 de mayo pasado y las primeras del domingo 24, una joven de 14 años salió de su casa de un barrio de Córdoba capital y ya no volvió. Recién en la semana que pasó, en este mes de junio, la Fiscalía que investiga el caso levantó el secreto de sumario que se había impuesto a su pedido y las partes tuvieron acceso al legajo respectivo.

Sin embargo, antes de que terminara el mes de mayo, los periodistas de todos los noticieros de Buenos Aires y de la propia Córdoba, fueron reconstruyendo lo que había pasado. Agostina salió de su casa, cruzó la calle y se subió a un remis, que estaba estacionado al frente de la vivienda donde ella vivía con su madre. El conductor la llevó al lugar que se le indicó, que era una esquina con la calle Juan del Campillo 878, en el Barrio Cofico. Allí la estaba esperando una persona del sexo masculino, que le pagó el viaje; la pasajera descendió y los dos se fueron caminando juntos.

Una cámara de seguridad, instalada en un edificio ubicado enfrente de la casa donde vivía el hombre que estuvo esperando, mostró con la nitidez suficiente los momentos en que él abre la puerta, para luego ingresar con la menor. Esa misma cámara ya no registró la salida de la víctima.

El hilo conductor de este relato se interrumpe con esas imágenes. Se reanuda en el momento en el que, con mucha paciencia, los analistas de las cámaras de seguridad pusieron la mira en un automóvil de color oscuro y en su recorrido repetido más de una vez entre lugares en los que estuvo el imputado principal, que indicaban las antenas de telefonía celular y un descampado. Allí habría descartado el cadáver desmembrado, que había sido enterrado parcialmente.

Lo que siguió fue lo más esperable para todo caso de muerte violenta y/o sospechosa de criminalidad, es decir la autopsia. Recién entonces se supo que la causa de muerte fue la asfixia por estrangulación y sofocación. Las otras lesiones, en especial las infligidas para desmembrar el cuerpo, fueron post mortem. La misma práctica forense permitió establecer que la víctima había sido agredida sexualmente, antes de su muerte.

Hasta ahora, la investigación está dirigida contra tres personas, todos mayores de edad; Claudio Barrelier, Soledad Andreani y Osvaldo Faccetta. Barrelier está acusado del homicidio triplemente agravado; Andreani, ex pareja del antes nombrado, de encubridora, por haberle prestado el automóvil en el que aquél trasladó los restos de la víctima al descampado; Faccetta, amigo y ocasional inquilino en la casa del primero, también como encubridor, por haber desviado la investigación en los momentos iniciales. Si bien alguna vez se especuló que el objeto de la investigación podía ampliarse a otros delitos, ello no ha sucedido todavía y es improbable que pase. Fue cuando las luces de las cámaras de los noticieros se detuvieron en un bar de nombre "Wachitas", no solo por el alcohol en exceso y la venta de estupefacientes a los clientes, sino porque ahí también se ejercía la prostitución.

Lo de improbable encuentra sustento en el tiempo transcurrido sin avanzar sobre ese y algún otro bar de la zona. Se desconocen los motivos para esa inacción. Se puede presumir que los delitos relacionados con los estupefacientes y la trata de personas con fines de explotación sexual son de competencia de la justicia federal y se prefiere mantener lo que pueda averiguarse en el de la justicia local y de los fiscales locales.

Dudas y negligencias

Casi un mes después del trágico final de una jovencita, lo que este analista ya escribió sería parte de todo lo que se sabe. Pues bien: a todo eso le faltan dos notas que se destacan por sí solas.

Una es sobre Barrelier. Por ejemplo, que era empleado de la Municipalidad de la ciudad de Córdoba; que era simpatizante activo del club Instituto, que participa en el torneo de primera división argentino; que en su casa se hacían las previas a los partidos en los que el equipo jugaba de local; y que tenía causas penales vigentes en su prontuario. Una en especial, por una supuesta privación ilegal de la libertad, del año pasado, por la que estuvo detenido en Bower unos veinte días hasta que fue liberado bajo fianza.

Otra es sobre la lentitud - por decirlo suavemente - que tuvo la unidad policial donde la madre hizo una exposición sobre su hija, que había salido y no había regresado. Entre las primeras horas del domingo 24 y el mediodía del feriado del 25 de mayo se cree que nada se hizo. Ese día jugaba una final el club Belgrano. Lástima que en esos momentos cruciales el ministro de Seguridad circulaba en su coche integrando la caravana del festejo. Verlo al fiscal del caso en una fallida exposición en lo que fue su primera y única conferencia de prensa, ante los hechos ya consumados, fue toda una decepción.

Ya se dijo y se repetirá esa excusa según la cual cuando la madre hizo la exposición la joven ya había expirado. No importa. Lo que importa es la falta de profesionalismo e integridad; después todo lo que se haga tendrá mal pronóstico.

Solo como ejemplo: la policía fue cuatro veces a la casa de Barrelier; una sola de esas veces, el personal especializado fue vestido y calzado como corresponde. Nadie se explica cómo fue que no advirtieron en que en los fondos de esa casa estaba suelto un perro de color blanco, que parecía un dogo argentino. Fueron los vecinos quienes lo advirtieron primero.

Hay temas que no se saben. Por ejemplo: cuánto tiempo duró la relación entre el padre biológico de Agostina y la madre; por qué se separaron; por qué durante un tiempo el padre tuvo la tenencia de la menor y qué pasó para que la perdiera; si es cierto que el padre fue miembro de la Policía de Córdoba, y si es cierto que fue dado de baja; si es verdad que la madre es adicta a los estupefacientes; en su caso, el grado de la adicción; si esa condición pudo ser decisiva para que su hija entrara en la mira de hombres peligrosos y violentos; si es cierto que la joven tenía activas siete cuentas de IG, en tres celulares; el suyo, el de la madre y el de la abuela materna; por último, por qué la menor no asistía a su escuela desde hacía tiempo; por qué eso no preocupó a la madre ni a las autoridades educativas a cargo.

Jóvenes vulnerables

En una sociedad como la nuestra, hay grupos de personas especialmente vulnerables. Dos de ellos son los extremos por razones de edad: los niños y adolescentes y los adultos mayores. Los otros grupos son derivaciones lamentables tanto de la exclusión como de la desigualdad social; ahí conviven, en los barrios más humildes de las grandes ciudades, los más pobres y postergados. El hambre, la miseria y la marginalidad se dan la mano casi a diario.

Agostina vivía en una casa humilde de un barrio humilde. General Mosconi, al norte de Córdoba Capital. Estaba a cargo de su madre, con todo lo que ello implica, en especial, si podía ejercer una maternidad responsable, esa que pone límites a los hijos y distingue entre la madre y la amiga. No sabemos si Agostina lo decidió, pero al dejar de ir a la escuela se quedó sin la última red de contención, sin la disciplina de las clases ni el contacto con los compañeros, aunque no fueran amigos.

Todo lo que se dijo del principal imputado, Barrelier, no lo favorece. Parece que eso no influyó en las mujeres con las que vivió , una de las cuales fue la madre de Agostina. Este hombre la conoció entonces, mientras convivía con su madre.

Una tarde de un sábado de mayo, algo pasó para que los tiempos de Barrelier se aceleraran. Bastaron dos reuniones sociales en las que coincidieron este señor, la madre y la víctima. Lo demás ya se sabe: la menor pide a la madre el número del celular del nombrado; hablan, acuerdan verse, ella llega sin saber lo que le estaba esperando y las imágenes de la cámara impactan: parece tan pequeña, tan indefensa, tan vulnerable.

La vulnerabilidad, a veces, facilita todo para que el final sea el peor. En lo personal, queremos creer que los padres hayan aprendido las lecciones que dejó este caso. Esperamos que sus hijos, de la edad de Agostina, aprendan a desconfiar, sobre todo de lo que parece tan prometedor y excitante.

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