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¿Qué enseñar cuando ya no parece necesario aprender?

Ante la facilidad y la celeridad con que la Inteligencia Artificial brinda e interpreta conocimientos, el gran desafío de la educación se asienta en seguir desarrollando el pensamiento crítico, que es una de las grandes fortalezas de la condición humana.
Domingo, 28 de junio de 2026 01:57

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Sé que la pregunta suena provocativa y absurda. Sé que parto de un planteo falaz en el sentido literal pero verdadero en un sentido civilizatorio. Porque la inteligencia artificial no elimina la necesidad de aprender del mismo modo que la calculadora no eliminó las matemáticas ni internet abolió la lectura.

Aprender, comprender y pensar seguirán siendo actividades necesarias. Sin embargo, la pregunta conserva mucho de valedero. Porque la inteligencia artificial comienza a alterar no sólo el acceso al conocimiento, sino también la relación cultural, psicológica y civilizatoria que manteníamos con el aprendizaje. Un desplazamiento mucho más profundo de lo que parece a simple vista.

Resultados sin travesía

Durante siglos aprender significó un recorrido; una travesía. Memorizar fechas, fórmulas o textos era sólo una parte del proceso. La verdadera formación ocurría en otra dimensión: en la lentitud, en la repetición, en el esfuerzo por relacionar ideas, en la dificultad de sostener una atención prolongada sobre algo complejo. Pensar exigía tiempo. Aprender también.

Durante siglos, el valor del conocimiento estaba íntimamente ligado al esfuerzo requerido para adquirirlo. La escuela, la universidad y las instituciones educativas se construyeron sobre este supuesto: aprender exige tiempo, disciplina, memoria y entrenamiento. Lógica que la inteligencia artificial altera por completo, comprimiendo esas distancias de manera brutal. Y cuanto más se reduce la distancia entre pregunta y respuesta, más difuso se vuelve el sentido del aprendizaje. Por primera vez en la historia, una infraestructura cognitiva distribuida - una inteligencia sintética - produce respuestas instantáneas a una enorme cantidad de problemas intelectuales de diversa naturaleza. Resúmenes, traducciones, ejercicios matemáticos, textos argumentativos, código, síntesis bibliográficas o interpretaciones complejas quedan disponibles casi de inmediato tras la solicitud. Y el problema no es que las máquinas respondan. El problema es que las respuestas se desacoplan del proceso de aprendizaje. Allí - en ese punto - emerge uno de los más grandes desplazamientos culturales del siglo XXI.

Conocimiento sin experiencia

La transformación recuerda otras revoluciones tecnológicas. La imprenta multiplicó el acceso a los libros; internet permitió el acceso instantáneo a una cantidad casi ilimitada de contenidos. Pero hasta internet requería de un cierto esfuerzo intelectual: buscar, contrastar, leer, discriminar fuentes. Razonar. La inteligencia artificial ofrece algo distinto: no se limita a dar acceso a la información, sino que, además, la organiza, la interpreta y entrega un resultado elaborado de inmediato. Y aquí reside la trampa; el cambio decisivo. Porque aprender nunca consistió sólo en obtener respuestas correctas. Aprender significaba construir estructuras mentales que sostuvieran ese resultado.

La dificultad pedagógica de una demostración matemática no reside sólo en saber alcanzar el resultado correcto. Reside en el aprendizaje del proceso de razonamiento requerido para llegar a él. Del mismo modo que escribir un ensayo implica buscar fuentes confiables, organizar ideas, jerarquizar argumentos, detectar contradicciones y defender una tesis propia al tiempo de construir una voz propia. La inteligencia artificial reduce la necesidad de atravesar muchos de estos procesos para obtener un resultado operativo. No impide pensar, pero sí permite operar con eficiencia en el mundo cotidiano sin la necesidad de atravesar por ese recorrido cognitivo; antes inevitable.

Sólo a modo de ejemplo: un evento organizado por Anthropic mostró cómo un porcentaje elevadísimo de programadores profesionales envían cientos de actualizaciones de software por día enteramente escritas por IA, sin siquiera haber revisado el código antes de enviarlo.

Travesía sin sentido

Durante siglos, la educación funcionó también como forma de entrenamiento de la atención. Aprender implicaba tolerar demora, frustración, ambigüedad y complejidad. Gran parte de la formación intelectual ocurría en esa fricción. La inteligencia artificial pone el foco en todo lo contrario: velocidad, síntesis, simplificación e inmediatez. La fricción cognitiva se percibe como ineficiencia. Y este cambio de percepción tiene consecuencias más profundas que las discusiones habituales sobre tareas escolares o exámenes universitarios. Porque toda civilización se funda en esa relación íntima con el esfuerzo intelectual sostenido y progresivo.

El verdadero problema no es que las personas dejen de estudiar, sino que se comience a percibir al proceso de aprendizaje como un costo innecesario; como una travesía sin sentido; como una fricción a eliminar.

Saber responder no es comprender. Operar con eficacia no significa haber desarrollado pensamiento propio –ilusión peligrosa porque la IA puede producir la sensación de haber comprendido algo sin que siquiera exista esa comprensión–. Una persona puede redactar textos sofisticados, resolver problemas complejos o producir argumentos razonables mediante esta asistencia personalizada sin haber internalizado ninguno de los procesos cognitivos subyacentes. Y cuanto más sofisticadas se vuelvan estas herramientas, más importante se volverá aquello que estas no pueden reemplazar: criterio, interpretación, juicio, discernimiento y contextualización. Capacidades que no aparecen de manera espontánea, sino que se forman. Dimensiones que corren el riesgo de volverse prescindibles en entornos dominados por la inmediatez cognitiva; por ese concepto erróneo de fricción a eliminar. Este, quizás, sea uno de los más grandes dilemas educativos de nuestra época.

Las nuevas generaciones crecen interactuando con sistemas capaces de resumir textos, sugerir ideas, corregir errores, organizar argumentos y generar todo tipo de contenidos; lo que borra la difusa frontera entre conocimiento propio y asistido. La humanidad no sólo enfrenta una nueva herramienta. Enfrenta una transformación radical de la relación histórica entre conocimiento, esfuerzo y autonomía intelectual.

Así que la pregunta no es si dejar o no usar IA a los estudiantes. Eso ya ocurre y será cada vez más inevitable. La pregunta es otra: es qué tipo de capacidades cognitivas seguirán siendo valiosas en una civilización donde gran parte del procesamiento intelectual básico será un pensamiento delegado. Y esta es una de las más grandes contradicciones de la época. La inteligencia artificial asume cada vez mayores partes del proceso cognitivo mientras las instituciones educativas siguen buscando organizarse alrededor de modelos diseñados para un mundo donde el acceso al conocimiento era escaso.

Pero el problema no es solamente curricular; es antropológico. Porque toda educación significa también una formación sobre qué significa ser humano. Sobre como ser humano. Así, se hace necesario revisar preguntas fundamentales. ¿Qué significa formar una mente para una civilización en la que gran parte del conocimiento será externalizado? ¿Qué capacidades deberán seguir siendo irrenunciablemente humanas? ¿Qué tipo de aprendizajes debemos preservar?

El desplazamiento tiene, además, consecuencias políticas. Las democracias dependen de ciudadanos capaces de leer de manera crítica, interpretar información compleja y construir criterios autónomos. De la capacidad de tolerar incertidumbre, desacuerdo, demora y complejidad. La democracia es, en cierto sentido, una pedagogía de la espera. Una forma de organización política donde las respuestas no aparecen de inmediato, donde las decisiones exigen deliberación y donde la convivencia requiere aceptar que otros pueden pensar distinto. Si el aprendizaje se reduce al consumo instantáneo de respuestas procesadas esa autonomía se hace frágil. Y si la inmediatez se transforma en valor absoluto la frustración con una democracia intrínsecamente lenta sólo tenderá a crecer.

Así, comienza a ser inevitable revisar la forma y la función de la educación actual y futura. Quizás debamos mutar hacia instituciones que enseñen menos acumulación y más capacidad de interpretación, contextualización y discernimiento. Pero esa transición encierra otro problema. Porque la capacidad de interpretar de manera crítica el mundo se construye a través de esos largos procesos de aprendizaje, lectura, memoria y experiencia intelectual acumulada que podríamos estar abandonando. La IA amenaza con volver culturalmente obsoletos a esos recorridos antes de que podamos comprender –cabalmente– qué perderíamos al hacerlo. Una derrota circular.

Quizás descubramos que la crisis educativa del siglo XXI nunca giró en realidad alrededor de la tecnología sino sobre algo más profundo: decidir qué lugar debe seguir ocupando la experiencia y el esfuerzo del aprendizaje en una civilización donde la inteligencia deja de ser monopolio del ser humano. Y donde pensar y saber puedan ser consideradas fricciones a eliminar.

Así, qué enseñar cuando ya no parece necesario aprender, puede parecer una pregunta absurda. No lo es. La respuesta no puede ser una resistencia al avance de la IA ni idealizar formas antiguas de educación; la cuestión es más difícil. Se trata de establecer qué debemos preservar para no perder nuestra cada vez más frágil noción de humanidad.

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