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Cada cierto tiempo aparecen informes económicos que intentan medir el estado de una sociedad. Son necesarios. Nos permiten observar tendencias, comparar períodos y construir diagnósticos. Sin embargo, hay ocasiones en que los números, aún siendo técnicamente correctos, resultan insuficientes para describir la realidad que viven millones de personas.
Hace unos días, diversos medios nacionales informaron sobre un "leve aumento de la desigualdad" en la Argentina. La expresión, formulada desde la rigurosidad estadística, parece sugerir una variación moderada, casi imperceptible. Pero cabe preguntarse: ¿qué entendemos realmente por desigualdad?
Porque ganar algunos pesos más no significa necesariamente vivir mejor. Un incremento salarial puede quedar rápidamente absorbido por el aumento de los impuestos, de los servicios públicos, del combustible, de los alquileres, de los medicamentos o de los alimentos esenciales. La economía doméstica no se mide únicamente por el ingreso nominal, sino por la capacidad real de las personas para sostener una vida digna.
La desigualdad no comenzó ayer ni aumentó apenas unas décimas en un informe reciente. La desigualdad se viene construyendo desde hace años y hoy se manifiesta con una crudeza que resulta imposible ignorar. Basta recorrer las calles de cualquier ciudad argentina para advertirlo. Hombres y mujeres que, después de cumplir una jornada laboral, buscan ingresos adicionales vendiendo productos, ofreciendo servicios informales o realizando cualquier actividad que les permita reunir algunos pesos más para llegar a fin de mes.
Alarma
En la actualidad, cada vez más familias han naturalizado una situación que debería alarmarnos profundamente: elegir entre el almuerzo o la cena como única comida fuerte del día. La proteína animal se ha convertido en un lujo ocasional para muchos hogares. Los medicamentos se compran de manera fragmentada o directamente se abandonan. Las decisiones cotidianas ya no pasan por mejorar la calidad de vida, sino por administrar la escasez.
Y cuando hablamos de desigualdad, también deberíamos hablar de los costos invisibles que las estadísticas raramente logran reflejar. El corazón de los padres que vuelven a abrir las puertas de sus hogares para recibir a hijos, nueras, yernos y nietos, no por elección sino por necesidad, para evitar que una familia quede asfixiada por el costo de un alquiler. En provincias como Salta, donde los valores inmobiliarios representan un esfuerzo cada vez más difícil de afrontar, la convivencia intergeneracional ha dejado de ser una tradición para transformarse, muchas veces, en una estrategia de supervivencia.
También deberíamos mirar con atención el crecimiento sostenido del trabajo informal y de la venta ambulante. No como una simple estadística laboral, sino como un indicador social profundo. Detrás de cada manta desplegada en una vereda, detrás de cada puesto improvisado o de cada actividad realizada para obtener un ingreso extra, existe una historia de adaptación forzada, de esfuerzo y, muchas veces, de desesperación silenciosa.
Incluso aparecen formas más dolorosas de supervivencia, aquellas en las que las personas sienten que deben negociar no sólo su tiempo y su trabajo, sino también aspectos íntimos de su propia vida afectiva y emocional para garantizar un plato de comida caliente o el pago de un servicio básico. Esa es una dimensión de la desigualdad que ningún índice puede expresar completamente.
Por supuesto, las mediciones económicas son indispensables. No se trata de cuestionar la metodología estadística ni el trabajo de quienes elaboran estos informes. Se trata, más bien, de reconocer sus límites. Porque la desigualdad no es únicamente una relación matemática entre ingresos. La desigualdad es también la angustia de no llegar a fin de mes, la incertidumbre frente a una factura, la imposibilidad de proyectar el futuro y la resignación de quienes sienten que trabajan cada vez más para vivir cada vez menos.
Tal vez, antes de afirmar que la desigualdad aumentó "levemente", deberíamos preguntarnos desde dónde estamos observando la realidad. Desde una planilla de cálculo, quizás el incremento sea pequeño. Desde la mesa de millones de argentinos, donde cada vez falta más comida y sobra preocupación, la desigualdad hace mucho tiempo dejó de ser leve.
Porque ganar unos pesos más no significa, necesariamente, que estemos mejor. Y mientras confundamos ingresos con bienestar, seguiremos describiendo con números fríos un sufrimiento que, para demasiadas familias, se vive todos los días.