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Ahora que "Homo Argentum" llegó a una conocida plataforma –y que bajó la espuma como para poder verla sin ningún fervor partidista en el medio–, me decidí a mirarla. Creo que el principal mérito de la película no es cinematográfico ni humorístico; es antropológico. Porque el verdadero retrato de la Argentina no ocurre dentro de la película sino fuera de ella. La apropiación política de "Homo Argentum" fue tan absurda como reveladora. El oficialismo transformó una comedia intrascendente e irregular en una pieza de la "batalla cultural", mientras el kirchnerismo respondía con intensidad igual de exagerada apropiándose de "El Eternauta". Durante semanas, una película menor, fue discutida como si de ella dependiera el destino intelectual de Occidente.
Mientras el país atravesaba –y sigue atravesando– los escándalos de $LIBRA, la tragedia semi-olvidada de las 115 muertes producidas por el fentanilo contaminado con la complicidad de la ANMAT, las potenciales millonarias coimas en el corazón del gobierno con la discapacidad; buena parte de la conversación pública quedó atrapada en esta disputa ridícula alrededor de Guillermo Francella, el INCAA y las implicancias supuestamente ideológicas de una película que ni siquiera es cómica.
El verdadero "Homo Argentum" no eran los personajes retratados en la película sino esta sociedad cada vez menos capaz de distinguir entre realidad, política, espectáculo y entretenimiento vulgar. Esta sociedad atrapada en un vértigo emocional en el que cualquier trivialidad se convierte en "cuestión de Estado" mientras que los problemas estructurales son tapados tras un manto de una violenta indignación digital inconducente. Ecosistema en el que prospera la lógica de la degradación y el insulto permanente. Una degradación que no distingue entre oficialismo y oposición e insultos que dejan de ser excepción para transformarse en el lenguaje político cotidiano. El presidente que había prometido moderar su lenguaje, sigue describiendo a sus adversarios como "zombies", "parásitos mentales", "resentidos", "termos" o "cabezas de pulpo".
Santiago Caputo llamó "mogólicos" a sectores internos del oficialismo en medio de la absurda interna entre karinistas, "celestiales", Martín Menem y la mesa del poder libertaria. El uso de esta palabra como insulto revela una atroz falta de humanidad y de empatía. Una conducta que muestra la pervivencia de pensamientos binarios y de prejuicios sobre qué se considera "normal" a través del uso de una palabra discriminatoria y estigmatizante. Tanto más grave cuando proviene del corazón del poder. Palabras que muestran la naturalización de una lógica donde la humillación pública, la estigmatización, la crueldad verbal y la degradación del otro buscan ser establecidas como formas legítimas de comunicación política y social.
"Homo Argentum no refleja la película, sino la sociedad argentina atrapada entre espectáculo y política".
Peor aún, nos vamos acostumbrando a vivir en este ecosistema donde la brutalidad verbal genera más atención que la racionalidad; donde la humillación pública produce más interacción que la deliberación sensata y donde la política se parece al streaming y al entretenimiento de mal gusto. La discusión pública se vacía de contenido y se llena de emocionalidad tribal. Todo se reduce a pertenecer. Sonreir y aplaudir o denostar y destruir. En el medio nada.
Todo se vuelve contenido. Los insultos presidenciales. La pelea entre Karina Milei y Santiago Caputo. Las operaciones cruzadas. Las filtraciones. Las teorías conspirativas. Los posteos de cuentas anónimas. El obsceno Tesla en el Congreso ofrecido como aporte a la "batalla cultural". Las volteretas patrimoniales de Adorni. La tergiversación consciente del entuerto entre Espert y Fred Machado. Los gritos desmesurados en canales amigos. El Gobierno convertido en una mezcla de reality show, interna palaciega y guerra digital adolescente. Y, cuando se creía que la política argentina había alcanzado su piso cloacal, la realidad nos muestra que siempre queda otro subsuelo por visitar y, entonces, aparecen audios de alto voltaje erótico entre el presidente Javier Milei y su exasesora de imagen, Rosmery Maturana.
Pero –mientras tanto–, la realidad ocurre. Puede estar bajando la inflación y consolidándose el equilibrio fiscal pero, también, sigue creciendo una sensación de agotamiento colectivo, de irritación social y una degradación simbólica que el oficialismo profundiza en lugar de moderar.
Quizás por eso "Homo Argentum" funciona como un espejo bastante más incómodo del que hasta sus autores previeron. No por lo que muestra la película sino por la manera en que reaccionamos frente a ella. Por la necesidad que tenemos de convertir cualquier cosa en un "campo de batalla cultural" mientras la realidad estructural queda relegada detrás de un espectáculo patético.
Argentina parece haberse acostumbrado a vivir dentro de esta discusión banal e infinita donde todo es urgente, todo es escándalo y donde nada permanece lo suficiente como para ser procesado. Pero las sociedades no se vuelven inviables sólo cuando aparecen dirigentes violentos, irracionales o emocionalmente desbordados. También se degradan cuando pierden la capacidad de distinguir entre lo importante y lo accesorio; entre realidad y espectáculo; entre política y entretenimiento vulgar y barato.
Quizás le pusieron mal el nombre y "Homo Argentum" es demasiado sofisticado. "Pavo Argentum" nos hubiera retratado de una manera mucho mejor.