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Entre junio de 1991 y marzo de 2020, Australia no tuvo recesión. Veintinueve años de crecimiento ininterrumpido, el récord más largo del mundo moderno, superando incluso la racha holandesa que iba de 1982 a 2008. Mientras Estados Unidos atravesaba la crisis puntocom, mientras Europa se hundía en la crisis del euro, mientras América Latina rebotaba entre auges y derrumbes, Australia simplemente seguía creciendo. La pandemia interrumpió la racha. Pero antes de eso, durante casi tres décadas, el país austral parecía operar bajo otras leyes económicas.
¿Cómo lo logró? La respuesta que dan los propios economistas australianos, cuando hablan en privado, combina dos palabras incómodas: política y suerte. Y la proporción entre una y otra explica también por qué hoy, en 2026, el modelo está mostrando sus límites.
La parte política es real. A comienzos de los años ochenta, bajo el laborismo de Bob Hawke y Paul Keating, Australia desmontó buena parte del aparato proteccionista que había heredado del imperio británico. Se eliminaron los controles cambiarios, se dejó flotar el dólar australiano, se redujeron las barreras arancelarias, se desregularon los mercados laborales y se modernizó la negociación colectiva. Más tarde, el conservador John Howard consolidó la disciplina fiscal y construyó el sistema de pensiones por capitalización individual, las famosas superannuation funds, que hoy administran activos equivalentes al PIB del país. Esas reformas, hechas en serio y a tiempo, le dieron a Australia una arquitectura institucional sólida que muchos países latinoamericanos, incluido Chile, intentaron copiar sin lograr replicar los resultados.
La parte suerte también es real, y conviene no minimizarla. Debajo del suelo australiano hay reservas inmensas de hierro, carbón y gas natural. Encima del suelo, hay trigo, ganado y vino que China empezó a demandar masivamente a comienzos de los años dos mil. En el primer trimestre de 2016, en el momento más vulnerable de la postcrisis, China absorbió el 41 por ciento de las exportaciones mineras australianas. Era prácticamente un solo cliente. Quitando las exportaciones, el PIB australiano de ese trimestre habría crecido apenas un 0,1 por ciento. El milagro tenía un nombre: Beijing. Y ese nombre no era una virtud propia.
Los datos actuales muestran un país que sigue siendo rico, pero que ya no crece como antes. Según la OCDE, el PIB australiano se expandió apenas un 1,1 por ciento en 2024, subió a 1,8 por ciento en 2025 y se proyecta en torno al 2,3 por ciento para 2026. Cifras decentes en términos absolutos, pero muy lejos del crecimiento sostenido del 3 al 4 por ciento que caracterizó la era dorada. El PIB per cápita ronda los 69.000 dólares anuales, lo que sitúa a Australia entre los diez países más ricos del mundo. El desempleo está en 4,3 por ciento. La inflación bajó al 2,7. En términos macroeconómicos, el país funciona. Pero el funcionamiento esconde una serie de problemas estructurales que la propia OCDE señaló en enero de este año con una franqueza poco habitual.
El primero es la productividad. Lleva quince años estancada, un fenómeno que economistas como Saul Eslake llevan documentando desde la última década del boom minero. La concentración de mercado ha aumentado en casi todos los sectores. El dinamismo empresarial se ha reducido. La inversión privada, fuera de minería, es modesta.
El segundo es el coeficiente Gini, que mide la desigualdad. Australia se sitúa en torno a 0,33, lo que la coloca en una franja media-baja entre los países desarrollados. Mejor que Estados Unidos en 0,40, o que el Reino Unido en 0,35, pero claramente peor que los países nórdicos, que oscilan entre 0,25 y 0,28. La desigualdad de riqueza es más severa que la de ingresos, alimentada por el sistema de pensiones privadas y por el principal generador de fractura social del país: la vivienda.
Porque ese es el tercer problema, y es el que más duele en la vida cotidiana australiana. Los precios de la vivienda en Sídney y Melbourne llevan dos décadas subiendo más rápido que los salarios. La ratio entre precio medio de vivienda y renta anual mediana ronda las diez veces, una de las cifras más altas del mundo desarrollado. Una generación entera de australianos menores de cuarenta años ha quedado prácticamente excluida de la propiedad. El sueño australiano del quarter - acre block, la casa con jardín que durante setenta años definió la identidad nacional, ya no es viable para la mitad de la población. Es ahí, no en las cifras macroeconómicas, donde se siente el deterioro.
Y luego está la dependencia. La economía australiana sigue atada a la demanda china de minerales. Cuando Beijing tiene problemas, Camberra tiene problemas. Cuando Beijing y Camberra tuvieron tensiones políticas entre 2020 y 2023, Australia pidió investigar el origen del COVID y China impuso aranceles a vinos, carne y carbón, los australianos descubrieron, incómodamente, que medio siglo de prosperidad descansaba sobre un solo país con el que ni siquiera comparten valores.
¿Logró Australia un éxito duradero? La respuesta sincera es que logró un éxito notable durante una ventana de treinta años, pero que esa ventana se está cerrando. Las reformas de los años ochenta fueron condición necesaria. El boom chino fue condición suficiente. Hoy, sin nuevo boom y con las reformas agotadas, Australia descubre que su modelo necesita reinventarse. Y descubre también que ningún país, por afortunado que sea, puede crecer indefinidamente vendiendo lo que tiene debajo del suelo a un solo comprador. La suerte, eventualmente, se acaba. La política bien hecha, también. Y entonces empieza la parte difícil.