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EEUU ¿construye un nuevo liderazgo o abusa del crédito de su historia?

La diplomacia del "toma y daca", sostenida en el exhibicionismo de poder militar, lejos de garantizar el crecimiento de su poder global, moviliza la geopolítica en el sentido inverso, porque impulsa a los otros países a construir nuevos vínculos, que terminarán confrontándolo.
Domingo, 07 de junio de 2026 01:03

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Desde que Donald Trump llegó por primera vez a la presidencia de Estados Unidos, los analistas internacionales han intentado encontrar una categoría para describir su forma de concebir la política exterior. Así, se lo ha definido como realista, nacionalista, mercantilista, imperialista o aislacionista. Cada una de esas categorías captura algún aspecto de su enfoque, pero ninguna logra describirlo por completo. Quizás la forma más directa de entenderlo sea otra: su segundo mandato encarna una hegemonía depredadora.

No se trata de una hegemonía liberal ni de un realismo estratégico clásico. Tampoco de una retirada aislacionista. Es algo más simple: es el uso de la posición dominante de Estados Unidos para extraer concesiones inmediatas de aliados y adversarios por igual. Cada negociación se convierte en una oportunidad para obtener ventajas, tributo o demostraciones públicas de deferencia. El mundo -para él– es un juego de suma cero: lo que alguien gana, otro lo pierde.

El cambio no es menor. Durante décadas, incluso cuando actuó con arrogancia o con torpeza, el poder estadounidense se ejerció dentro de un marco reconocible e institucional. Washington buscaba moldear el entorno internacional creando reglas, instituciones y alianzas que reforzaran su posición. No era altruismo, era cálculo. Estados Unidos entendía que su seguridad y prosperidad dependían de la estabilidad del sistema que lideraba.

Cambio de lógica

Durante la Guerra Fría, el liderazgo estadounidense combinó interés propio con construcción institucional. Washington sostuvo la reconstrucción europea, promovió instituciones multilaterales, consolidó alianzas duraderas e, incluso, aceptó reglas que limitaron su margen de acción. El objetivo no era exprimir cada ventaja posible sino liderar un entorno internacional estable. El poder estadounidense actuaba como arquitecto de un sistema en el que el orden no era desinteresado pero tampoco era extractivo. Hoy la lógica es distinta. Cada acuerdo debe mostrar a Estados Unidos "ganando". Cada relación bilateral debe ser un instrumento de presión.

Las alianzas no son más asociaciones estratégicas sino dependencias útiles. Este poder no busca construir arquitectura internacional; busca maximizar beneficios inmediatos. La eventual idea de "G-2" entre Washington y Beijing ilustra esta lógica: las grandes potencias negocian entre sí mientras las instituciones multilaterales y las alianzas tradicionales pierden centralidad.

Depredación económica

Durante la etapa posterior al colapso soviético, Estados Unidos atravesó un período de evidente exceso de confianza aun cuando Washington intervino en conflictos mal concebidos, ignoró sensibilidades geopolíticas ajenas y contribuyó – sin preverlo – al ascenso económico de China. Pero, incluso durante ese período de soberbia, el objetivo seguía siendo la construcción de un orden global estable bajo liderazgo estadounidense.

Lo que hoy emerge es algo distinto. La estrategia actual no busca estabilidad estructural sino ganancia inmediata. Prefiere negociaciones bilaterales donde la asimetría de poder pueda ser explotada sin mediaciones institucionales. Las alianzas dejan de ser entendidas como cooperación estratégica y pasan a ser concebidas como dependencias transaccionales. La obsesión con los déficits comerciales ilustra bien esta lógica. El razonamiento es simple: si un país exporta a Estados Unidos más de lo que importa, entonces está "ganando" a costa de Washington. La respuesta es imponer aranceles o amenazar con hacerlo hasta obtener concesiones. Lo central es demostrar fuerza. Los aranceles se convierten en un arma política. Poco importa que el costo lo paguen –en parte– los propios consumidores estadounidenses.

Detrás de esta lógica subyace una premisa inquietante: si Estados Unidos posee el mercado más grande, el sistema financiero dominante y la mayor capacidad militar, entonces puede exigir pagos por protección, inversiones forzadas o gestos públicos de deferencia. Una lógica de tributo más cercana a la del Vito Corleone de la novela "El Padrino" de Mario Puzo que a la de un verdadero líder.

Depredación estratégica

Esta lógica extractiva se extiende también al terreno de la seguridad. El respaldo militar estadounidense –desde la OTAN hasta la protección de Taiwán– comienza a ser moneda de cambio. Ya no importa cómo fortalecer las alianzas sino cuánto están dispuestos a pagar los socios por esa protección. Y la insinuación constante de retirada es otra herramienta de negociación.

El problema adquiere otra dimensión cuando herramientas tradicionales de seguridad nacional entran en esta lógica transaccional. En los últimos meses, Washington flexibilizó mecanismos de control tecnológico y exportaciones sensibles a cambio de concesiones comerciales vinculadas a minerales críticos y tierras raras chinas. El mensaje es delicado y contradictorio: Beijing descubrió que ciertas dependencias sobre materiales occidentales pueden ser utilizadas para revertir decisiones de seguridad norteamericanas. La lógica extractiva ya no erosiona sólo alianzas; empieza a erosionar autonomía. Además, este tipo de estrategia tiene límites: las amenazas funcionan mientras son creíbles. Si nunca se concretan, pierden efecto. Y, si se concretan, la influencia se reduce –la protección no puede ser vendida sin erosionar la confianza que la hizo valiosa, antes–. Las recientes amenazas de Trump contra Omán, en medio de las negociaciones sobre el estrecho de Ormuz, refuerzan este punto: incluso la seguridad de rutas marítimas críticas queda subordinada a demostraciones públicas de fuerza y obediencia.

Porque la estrategia extractiva demanda gestos simbólicos de subordinación: elogios públicos, reconocimientos, declaraciones de gratitud. La deferencia es señal de alineamiento. Quien desafía recibe castigo; quien adula obtiene indulgencia. Lo dijo el filósofo y ex senador español Julián Marías, "El grado de autoritarismo de un régimen se mide por el nivel de obsecuencia que demanda".

Hegemonías extractivas

En rigor, las hegemonías extractivas no son una novedad histórica. Atenas exigía tributo a las ciudades de su liga durante la guerra del Peloponeso. Los imperios coloniales europeos extrajeron recursos de sus colonias durante siglos. Pero estas experiencias también dejaron otra enseñanza: la extracción sistemática genera resentimiento acumulativo.

Y los tiempos han cambiado; el sistema internacional se ha vuelto multipolar. China es una potencia con una capacidad económica, tecnológica y comercial comparable o superior en múltiples dimensiones. India emerge como un actor cada vez más relevante. La Unión Europea, pese a sus dificultades internas, conserva peso económico. Así, el resentimiento tiene salidas.

Cuando la potencia dominante presiona demasiado, los actores intermedios buscan alternativas. El creciente desplazamiento diplomático hacia Beijing - visible en la reciente sucesión de reuniones de Xi Jinping con Trump, Putin y varios líderes europeos - sugiere que parte importante del sistema internacional comienza a percibir a China no sólo como potencia económica sino también como centro alternativo de articulación geopolítica.

La erosión de legitimidad

Existe otro costo menos visible pero igual de importante: la legitimidad. El poder duradero no puede descansar sólo en la coerción. También depende de la percepción de que el sistema –aunque asimétrico– es predecible y aceptable para quienes participan en él. Cuando las reglas cambian todo el tiempo, cuando los acuerdos se reinterpretan según conveniencias inmediatas y cuando las instituciones se menosprecian porque limitan la capacidad de extracción, la previsibilidad desaparece. Pero la previsibilidad es un activo estratégico. Si las expectativas se vuelven contingentes al humor político del momento, el sistema se agrieta. Y los humores se avinagran.

Nada de esto significa que Estados Unidos vaya a perder su posición dominante en el corto plazo. Su geografía es favorable, su economía sigue siendo extraordinaria y su poder militar permanece sin rival comparable. Justamente por eso resulta paradójico adoptar una estrategia que erosiona las bases de su ventaja.

El poder rara vez desaparece de manera abrupta. Más bien se va desgastando hasta que un shock externo acelera el proceso. "Gradualmente, y luego de repente" dijo Ernest Hemingway en "Fiesta" a propósito de cómo se produjo la quiebra de un personaje de la obra. La influencia internacional suele deteriorarse del mismo modo.

El interrogante final

En última instancia, la cuestión no es sólo estratégica. También es moral. ¿Puede sostenerse un liderazgo basado siempre en la extracción? ¿Es posible mantener alianzas sólidas tratando a socios y adversarios bajo una misma lógica transaccional? ¿Puede un sistema internacional seguir funcionando cuando su potencia central deja de construir orden y comienza –simplemente– a exigir tributo por él? La historia recomienda cautela. Las potencias que no moderan su poder suelen terminar provocando coaliciones defensivas, resentimientos acumulados y procesos de reequilibrio. La hegemonía depredadora no consolida poder: lo consume.

Y la pregunta que queda flotando es inquietante: ¿está Estados Unidos construyendo un nuevo liderazgo global; o sólo está cobrando por adelantado el crédito de su historia; hasta agotarlo?

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