PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

Una preocupante indigencia conceptual

Jueves, 02 de julio de 2026 01:14
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Carlos Pagni utilizó una expresión interesante para describir las explicaciones ofrecidas por Manuel Adorni respecto de sus peripecias discursivas y contables recientes: habló de una "indigencia conceptual". Más allá del caso puntual, la frase me quedó resonando. No por Adorni; tampoco por el gobierno. Sino porque sospecho que el problema es mucho más amplio de lo que nos gustaría reconocer.

Cuando hablamos de indigencia conceptual solemos pensar en dirigentes incapaces de construir argumentos razonables para justificar sus actos. Personas que responden con consignas cuando deberían responder con razonamientos. Que reemplazan argumentos por slogans. Que sustituyen ideas por gritos. Pero ¿y si la indigencia conceptual no fuera solamente un problema de quienes ejercen el poder? ¿Y si fuera un problema extendido a la sociedad?

Vivimos una época extraña. Una época en la que pareciera haberse vuelto normal aceptar que dirigentes políticos puedan insultar a periodistas, adversarios, gobernadores, sindicalistas, empresarios o mandatarios extranjeros; a todo aquel que no acuerde con su visión de la realidad. Pero me parece igual de grave que una parte cada vez más grande de la sociedad ya no se pregunte si determinadas conductas son apropiadas o inapropiadas; sólo si son útiles.

La discusión pública parece haber abandonado cualquier consideración moral —o institucional— para concentrarse sólo en los resultados. Si alguien baja la inflación entonces se le perdona todo. Si alguien puede derrotar a nuestros adversarios políticos entonces se le justifica cualquier exceso. Como si la eficacia fuera capaz de transformar lo incorrecto en correcto. Como si el utilitarismo se constituyera en una nueva categoría moral.

"Cuando la pertenencia reemplaza al pensamiento crítico, la indigencia conceptual deja de ser un defecto de los dirigentes".

Pero una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre la utilidad. También necesita principios. Necesita formas. Y, sobre todo, necesita límites. Necesita ser capaz -siempre- de distinguir entre aquello que es aceptable y lo que no lo es. Y, lo verdaderamente preocupante, es que pareciera que cada vez nos cuesta más poder realizar esa distinción.

Antes discutíamos ideas, hoy se discute pertenencia. Antes se evaluaban conductas, hoy se miden tribus. Cuando alguien de "los nuestros" incurre en comportamientos que reprobaríamos en cualquier otra circunstancia, aparecen las justificaciones. Cuando esos mismos comportamientos son protagonizados por los tan denostados "otros", sus hechos son la prueba irrefutable de su indignidad moral. Primero la pertenencia, luego la racionalidad. Y cuando la pertenencia antecede al razonamiento, la indigencia conceptual deja de ser un problema intelectual para convertirse en un problema cultural y social.

Porque ninguna sociedad pierde de golpe su capacidad crítica. Ninguna democracia se degrada de un día para el otro. Ningún líder llega hasta donde llega solo. Primero se tolera una excepción. Después otra. Más tarde una tercera. Con el tiempo se termina aceptando como normales conductas que antes habríamos encontrado intolerables. Inadmisibles. Poco a poco, concesión tras concesión, lo excepcional se hace frecuente, lo frecuente se vuelve habitual y, al final, lo habitual se impone sobre lo correcto. Aunque todos intuyamos que hace mucho que eso dejó de estar bien. La historia está llena de ejemplos. Desde Mao a Hitler; de Perón hasta Trump. Desde cualquier dirigente capaz de despertar adhesiones masivas incondicionales. Nunca fueron sólo ellos. Lo que en verdad debe preocuparnos es entender por qué millones de personas deciden seguirlos, justificarlos, aplaudirlos, festejarlos y admirarlos; de manera incondicional.

Es cierto que siempre hay quienes confunden lealtad con obediencia y convicción con fanatismo. Pero, por detrás de cierto punto, estoy convencido de que para acompañar y defender con tanta incondicionalidad conductas reprobables e incalificables; para aplaudir con tanta efusividad lo que no nunca debería ser aplaudido; para festejar con tanta adhesión algo que jamás debe ser festejado; algo debe estar roto en esas personas. No se trata de pensar distinto; todos tenemos derecho a eso. Se trata de cruzar ciertas líneas que nunca habría que cruzar.

Por eso sostengo que el problema nunca son sólo los líderes. Ni siquiera los más disfuncionales. Que el problema aparece cuando una porción significativa de la sociedad comienza a perder su capacidad para distinguir entre una explicación y una excusa; entre una convicción y una consigna; entre un argumento y un insulto. O cuando la sociedad reemplaza el juicio crítico por la pertenencia tribal.

Cuando dejamos de preguntarnos si algo está bien o mal para preguntarnos quién lo hizo. Cuando nos volvemos capaces de aceptar toda conducta sólo porque la protagonizaron "los nuestros". Entonces, en ese momento, el problema ya no está sólo en los dirigentes; también está en nosotros.

Que hoy, Adorni ¡al fin! no sea funcionario, no cambia el argumento central. Los nombres cambian. Los mecanismos mediante los cuales justificamos lo injustificable suelen permanecer. Y esa posibilidad debería inquietarnos mucho más que cualquier gobierno de turno. Porque los gobiernos pasan; los líderes también. Pero lo que permanece es cuánta indigencia conceptual hemos incorporado, en nosotros mismos, sin advertirlo. Cuánto decidimos seguir tolerando. Y cuánto más seguiremos incorporando, y degradándonos cada día, un poco más.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD