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El algoritmo que te susurra el voto

La pregunta crucial de estos días es qué ocurre con la democracia cuando sistemas no humanos comienzan a intervenir activamente sobre el proceso mediante el cual creemos decidir con libertad.
Domingo, 12 de julio de 2026 01:28

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Durante buena parte del siglo XX, las democracias modernas se organizaron alrededor de una premisa básica: los políticos podían intentar manipular, engañar, presionar o persuadir a los ciudadanos, pero el espacio donde esas operaciones ocurrían era, en esencia, público. La propaganda necesitaba medios de comunicación. Los discursos requerían plazas, radios o pantallas. Incluso las campañas más sofisticadas dependían de una lógica visible: millones de personas recibían mensajes similares, al mismo tiempo, y podían discutirlos de manera colectiva. Como consecuencia, un mismo discurso debía satisfacer las demandas de una misma audiencia.

La inteligencia artificial alteró la estructura y la dinámica de todo este sistema. No porque inaugure la manipulación política - tan antigua como la política misma -, sino porque transforma el cómo y el lugar en el cual ocurre la manipulación. Lo novedoso es la escala, precisión psicológica e invisibilidad con la que ahora puede operar. Esa es la verdadera mutación.

Durante años, los debates sobre tecnología y democracia giraron alrededor de las fake news, los trolls mediáticos, las campañas digitales o los sesgos algorítmicos. Todos esos fenómenos son reales, pero quizás secundarios frente a este proceso mucho más profundo que ahora comienza a revelarse: la aparición de sistemas capaces de operar sobre la persuasión política en tiempo real, a escala masiva y de manera individualizada.

Te conozco, te persuado

La propaganda clásica era masiva e indiferenciada. Incluso los sistemas de microsegmentación electoral más sofisticados seguían operando sobre grupos amplios definidos por edad, geografía, género, raza, ingresos, pasatiempos o preferencias generales. La inteligencia artificial ofrece otra cosa: una conversación única con cada persona construida a medida según su lenguaje, emociones, temores, hábitos cognitivos, contradicciones y vulnerabilidades específicas. La campaña política deja de parecerse a un discurso para comenzar a parecerse a una relación. Y las relaciones modifican personas de maneras mucho más profundas que los slogans.

A fines del 2025, las prestigiosas publicaciones Nature y Science publicaron –en simultáneo– la evidencia más contundente hasta hoy. Un consorcio del MIT, Cornell, Oxford, la London School of Economics y el AI Security Institute británico desplegó 19 modelos de lenguaje sobre 707 temas políticos y registró 76.977 respuestas en más de 91.000 conversaciones. El resultado fue demoledor: una breve charla con una IA podía cambiar la intención del elector en diez puntos porcentuales; hasta veintiséis cuando el modelo estaba optimizado para persuadirlo. Y lo inquietante no es sólo la magnitud del efecto, sino el mecanismo que lo produce. Los sistemas más persuasivos no eran necesariamente los más rigurosos ni los más equilibrados sino aquellos capaces de desplegar argumentos con mayor flexibilidad conversacional. Cuanto más persuasivos se volvían, mayor también su tendencia a introducir afirmaciones engañosas o directamente falsas.

La conclusión es incómoda. La inteligencia artificial no persuade mejor porque mienta más sino porque conversa mejor. Y la distinción importa.

Te hablo sólo a vos

La propaganda tradicional interrumpía la experiencia cotidiana: aparecía entre programas de televisión, en carteles callejeros o en discursos partidarios. La IA, en cambio, se integra dentro del flujo mismo de la vida. No irrumpe desde afuera: responde, interpreta, contextualiza, recuerda. Acompaña. Y cuanto más íntima se vuelve esa interacción mayor es su capacidad de influencia.

Así, la pregunta política del siglo XXI quizás no sea quién controla los medios de comunicación, sino quién entrena los modelos que empiezan a mediar entre las personas y la realidad política al haber introducido una posibilidad inédita en la historia de la democracia: la persuasión adaptativa personalizada. Ya no se trata más, entonces, de convencer multitudes mediante un relato único. Se trata de modular millones de percepciones individuales de manera simultánea. Llegar a cada persona en el lenguaje, tono y con los argumentos y emociones con mayores chances de producir su adhesión. Incluso con mensajes contradictorios o mutuamente excluyentes a votantes distintos: el contenido es secundario frente a la adhesión que consiga.

Hoy, los algoritmos conocen a los individuos con una profundidad –y una cantidad de variables y marcadores de conducta– antes inimaginable. Detectan qué emociones los movilizan y cuáles otras los paralizan. Qué inseguridades los atraviesan. Qué miedos no les dejan dormir de -, qué relatos refuerzan mejor sus sesgos y prejuicios. Lo llamativo es que toda esa información no surge de una vigilancia explícita sino de una participación voluntaria y activa. Cada búsqueda, cada conversación, cada reacción, cada permanencia frente a una pantalla alimenta algoritmos capaces de efectuar 

perfiles psicológicos individuales cada día más precisos. Y, cuanto más eficaces se vuelven estos sistemas para comprender las preferencias humanas, más tentador resulta utilizarlos políticamente.

Porque el mismo algoritmo que ayuda a elegir una película también puede ayudar a elegir un candidato; la diferencia técnica entre una cosa y otra es mucho menor de lo que se imagina. La lógica subyacente es la misma: anticipar preferencias, detectar patrones, optimizar recomendaciones. La frontera entre asistencia y manipulación se vuelve difusa.

La democracia maleable

Durante décadas, las democracias liberales descansaron sobre la noción estable de una ciudadanía relativamente autónoma. Desde luego que esa autonomía nunca fue perfecta, pero existía la convicción de que los individuos conservaban un espacio interior desde el cual deliberar, evaluar información y construir sus propios criterios. La inteligencia artificial cambia ese paradigma: no hace falta imponer ideas por la fuerza. Tampoco controlar la información. Ni siquiera la narrativa. Alcanza con administrar estímulos de manera eficaz; uno de los cambios más profundos de nuestra época.

La vieja propaganda aspiraba a modificar opiniones colectivas. Los sistemas actuales intervienen sobre procesos previos a la opinión: atención, percepción, predisposición emocional, jerarquización de temas, marcos interpretativos. No nos dicen qué pensar. Pero comienzan a modelar las condiciones bajo las cuales pensamos. Y esto altera la lógica democrática.

La democracia liberal presupone ciudadanos capaces de deliberar de manera colectiva pero siempre sobre una realidad compartida. La inteligencia artificial empuja este concepto en la dirección exactamente contraria: realidades personalizadas, conversaciones fragmentadas y sistemas de recomendación diseñados para maximizar atención y alineamiento emocional. Ni siquiera los grandes sistemas propagandísticos del siglo XX alcanzaron este nivel de intimidad cognitiva ni de alienación colectiva.

La esfera pública - el ágora - se fragmenta en millones de esferas privadas. Y una democracia sin esfera pública común se vuelve algo desconocido, frágil, pero, sobre todo, maleable. Las democracias no fueron diseñadas para convivir con arquitecturas de persuasión capaces de operar en forma simultánea sobre millones de subjetividades individuales; menos a estas velocidades. La televisión podía influir. La radio podía emocionar. La prensa podía construir sentido. Pero ninguna de esas tecnologías conversaba individualmente con cada ciudadano, aprendía de sus respuestas y ajustaba dinámicamente su estrategia persuasiva. La inteligencia artificial sí. Y aquí reside el verdadero punto de inflexión.

Una democracia condicionada

La gran revolución política del siglo XXI probablemente no consista en tomar violentamente el poder, sino en conseguir algo mucho más sofisticado: cambiar de manera progresiva la percepción de la realidad mediante sistemas capaces de conocer la psicología de cada individuo incluso mejor que ellos mismos. No hace falta obligar. No hace falta censurar. No hace falta prohibir. Alcanza con optimizar atención, emociones, alineamientos y comportamiento.

Y lo más perturbador es que todo eso puede ocurrir preservando intacta la experiencia subjetiva de libertad. Este es el riesgo más profundo. Porque las formas clásicas de autoritarismo son visibles: censura, persecución, represión, control explícito. Las nuevas formas de condicionamiento algorítmico operan de una manera mucho más amable, eficiente y personalizada pero no por eso menos efectivas. No necesitan imponer una verdad única; sólo administrar millones de percepciones individuales.

La pregunta no es, entonces, si una máquina puede votar por nosotros sino otra: qué ocurre con la democracia cuando sistemas no humanos comienzan a intervenir activamente sobre el proceso mediante el cual creemos decidir con libertad. El problema no es que los algoritmos terminen eligiendo gobernantes, sino que dejemos de advertir que nuestras preferencias políticas son moldeadas por arquitecturas invisibles de persuasión diseñadas para condicionarnos.

Acaso descubramos, entonces, que la verdadera revolución del siglo XXI no consiste en conquistar el poder sino en construir y entrenar a los algoritmos que susurrarán el voto en nuestros oídos.

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