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Cuando la pasión se transforma en aprendizaje real

Martes, 14 de julio de 2026 01:41
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Hay algo que sucede en la fisonomía de nuestras ciudades cada vez que el calendario marca un Mundial de fútbol, algo que desafía cualquier lógica. Se respira en el aire. Las calles de cada ciudad de nuestro país se transforman, un murmullo colectivo nos envuelve.

El fútbol entre nosotros no es un entretenimiento de fin de semana. Es, desde una raíz profundamente psicológica y cultural, un tejido invisible que atraviesa de manera vertical las generaciones y que le otorga a nuestra sociedad una identidad colectiva difícil de replicar y explicar.

Los psicólogos sociales coinciden en que este fenómeno arraiga en una necesidad muy humana: la de pertenencia y la construcción de un "nosotros integrador". En medio de la incertidumbre económica y el ruido de los debates cotidianos de nuestro país, el Mundial funciona como un refugio emocional, un espacio transicional donde las frustraciones cotidianas se suspenden y se diluyen en favor de una épica compartida. Es la búsqueda permanente de reconocimiento, del esfuerzo común y la posibilidad de experimentar una comunión que excede lo puramente deportivo. Vivimos el fútbol de una manera única porque en cada partido se reescribe un poco de nuestra propia historia afectiva. Es el recuerdo del abuelo ausente, el abrazo con el hijo que recién comienza a conocer el juego y la memoria viva de la infancia que vuelve a encenderse.

Y ¿en la escuela? La escuela no puede aislarse de lo que conmueve a todos, tiene que ser el lugar que ayude a transformar esa pasión en un aprendizaje real que dure para siempre.

El aprendizaje real, aquel que deja una huella indeleble en la subjetividad de un niño o de un adolescente, no ocurre cuando los saberes se encasillan en disciplinas que no dialogan con el afuera. Nace y florece cuando la propuesta pedagógica se anima a interpelar las inquietudes, los lenguajes y las emociones de quienes habitan las escuelas. El Mundial es una enorme experiencia social, cultural y emocional que ingresa al aula sin pedir permiso, en las mochilas de los chicos, en sus figuritas intercambiadas en el recreo, en los videos que consumen de manera compulsiva en las pantallas de sus teléfonos. En lugar de ver ese interés espontáneo como una amenaza al orden o al silencio del aula, los docentes tenemos la oportunidad histórica de utilizarlo como una llave, como la puerta de entrada privilegiada hacia el pensamiento crítico.

Llevar el Mundial al aula desde una perspectiva transformadora implica, por ejemplo, adentrarse en los nuevos ecosistemas de comunicación. Hoy nuestros alumnos no solo miran televisión, habitan plataformas digitales donde los contenidos se vuelven virales al instante. El aula puede y debe convertirse en un laboratorio de análisis sobre la violencia verbal en entornos digitales, la discriminación entre hinchadas, o las narrativas que los medios construyen para intensificar nacionalismos o estereotipos culturales. La tecnología es el soporte, pero la brújula sigue siendo la capacidad humana de asombrarse y reflexionar.

Educar a través del Mundial es también una lección de educación emocional. En una época marcada por la inmediatez y la baja tolerancia a la frustración, el deporte nos enseña que nadie gana solo y que la derrota, tarde o temprano, también es parte del camino. Que caerse está permitido, pero levantarse junto al otro es obligatorio. Trabajar el manejo de la derrota, la resiliencia colectiva, la importancia del trabajo en equipo por encima de las individualidades y el respeto por el adversario son contenidos transversales que ningún libro puede estructurar de manera tan vívida como los noventa minutos de un partido decisivo.

Y cuando el Mundial termine, más allá de los resultados, una de las preguntas que quedará flotando en el aire de las aulas no será quién levantó la copa, sino ¿qué hicimos con toda esa energía que movilizó a nuestra comunidad?

La escuela de hoy no necesita ser un depósito de datos; para eso ya están las pantallas. Su urgencia es otra: recuperar el rol de enseñarle a los chicos a dudar, a pensar y a formularse las preguntas correctas sobre el mundo que les toca vivir.

Al final de un Mundial el éxito de abrirles las puertas de las aulas a este sentimiento no pasa por si se suspende o no una clase para ver un partido. Pasa por la capacidad de tomar ese latido de la calle y transformarlo en una experiencia real. El verdadero gol de la escuela se festeja cuando el aprendizaje deja una huella que dura mucho más que cualquier campeonato.

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