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Hay partidos que no se juegan en el césped, sino en el alma colectiva. Lo vivido en este Mundial excede la táctica: reducir la clasificación agónica de la Selección a un accidente es desconocer nuestra fibra. El argentino no sabe habitar la comodidad; su rebeldía creativa se enciende cuando el abismo acecha y el margen de error es cero. Cuando todo parece perdido, emerge un resto físico y espiritual que desafía la lógica.
Frente a Cabo Verde, la incertidumbre extrema nos golpeó: tres ventajas diluidas, el fantasma de los penales y, al final, el cabezazo de Cuti Romero para el 3-2. Cuatro días después, contra Egipto, el calvario se repitió: gol tempranero, penal errado, 0-2 abajo. Pero en diez minutos llegó el milagro: descuento de Romero, empate de Messi y explosión final de Enzo Fernández. Clasificar desde el sufrimiento extremo no es casualidad; es nuestra matriz cultural. Resiliencia al máximo.
Los argentinos siempre nos reinventamos. La explicación está en nuestras cicatrices: la identidad nacional no es lineal ni pacífica, sino un mapa fracturado por sismos que nos obligaron a habitar la fragmentación.
El primer parteaguas llegó el 17 de octubre de 1945, cuando una multitud de trabajadores se movilizó hacia la Plaza de Mayo para reclamar la liberación de Juan Domingo Perón. Ese día marcó el inicio de una nueva etapa política y social, con la aparición de actores que disputarían espacios de poder. Una década después, el 16 de junio de 1955, aviones de la Marina y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza y la Casa Rosada, provocando más de 300 víctimas civiles, dejando una herida institucional aún recordada.
En mayo de 1969, el Cordobazo unió a obreros y estudiantes en una protesta masiva que puso en tensión al gobierno de Onganía y mostró la capacidad de movilización desde el interior del país. En paralelo, durante una década, según la ONU, la Argentina vivió un conflicto armado interno sin carácter internacional, con enfrentamientos que marcaron profundamente a la sociedad y a las instituciones, con el corolario devastador del 24 de marzo de 1976, continuando con el período violento en nuestra historia argentina, dejando un trauma social cuyas consecuencias siguen presentes.
La derrota en Malvinas en el año 1982 frente a una potencia global dejó en la sociedad un dolor inconmensurable por las vidas de jóvenes soldados. Ya en el nuevo milenio, el estallido de diciembre de 2001 derivó en saqueos, estado de sitio y la renuncia de Fernando de la Rúa, con cinco presidentes en once días y un escenario cercano a la disolución nacional. Finalmente, en 2008, el conflicto por la Resolución 125 reavivó tensiones históricas entre el interior productivo y el puerto centralizador, redefiniendo las alianzas políticas contemporáneas.
El fuego interior
Cualquier manual de sociología clásica habría predicho la disolución irreversible del lazo social tras semejantes cataclismos. Pero ante cada fractura, el argentino activó su modo de respuesta atávico: el ingenio ante la escasez, la solidaridad improvisada y una tolerancia única a la incertidumbre. Cuando esa energía se canaliza en el conocimiento y el desarrollo estratégico, produce milagros de exportación global. Ahí están nuestros tres Premios Nobel en ciencias duras (Houssay, Leloir y Milstein), mentes que revolucionaron la medicina universal trabajando muchas veces en laboratorios precarios. O Juan Martín Maldacena, formulando la conjetura que unificó la gravedad y la física cuántica; la bióloga Sandra Díaz, galardonada con el Premio Tyler al Logro Ambiental; la ingeniera biomédica salteña Noel de Castro, entrenándose para convertirse en la primera astronauta en la historia del país; y unicornios como Mercado Libre, Globant o Auth0, convirtiendo las crisis macroeconómicas en plataformas de despegue internacional.
"Perdíamos con Inglaterra y lo dimos vuelta. Eso nos demuestra sabemos rebelarnos"
Existe un hilo invisible que conecta la jugada imposible de Lionel Messi en el minuto 82 contra la presión asfixiante de Egipto, con el laboratorio de un científico del Conicet, la cabina de una astronauta o la mesa diaria de cada habitante de este suelo que gambetea problemas económicos. Sin embargo, no podemos exigirle a nuestra sociedad (y mucho menos a nuestra juventud) que resista eternamente en la trinchera. La resiliencia colectiva tiene un costo humano subterráneo y devastador que hoy empieza a pasar factura en las bases mismas de nuestro futuro.
Los jóvenes y el futuro
Escribir sobre la juventud argentina actual es adentrarse en la crónica de un desarraigo que ya no sólo es geográfico, sino existencial. El drama no es solo el que aborda un avión en Ezeiza con destino al destierro voluntario; el verdadero abismo es el colapso de la perspectiva vital de los que se quedan, atrapados en un modo supervivencia crónico que todo lo fagocita. Cuando la energía diaria de un individuo se agota en adivinar cómo llegar a fin de mes, en estirar ingresos devaluados y en gambetear la frustración del esfuerzo estéril, se produce un vaciamiento invisible: estar en modo supervivencia no da espacio para potenciar las capacidades de todo tipo. El talento se congela, la creatividad se subordina a la urgencia, la vocación se destruye y el desarrollo intelectual, artístico, científico o profesional queda suspendido en un estancamiento resignado.
No hay margen para la vanguardia, la excelencia o la innovación cuando la mente opera bajo el estrés postraumático de la escasez y la volatilidad cotidiana.
Este invierno de oportunidades ha resquebrajado los proyectos más primarios y esenciales de la condición humana. Asistimos a una juventud inmersa de lleno en sus problemas generacionales, lidiando con traumas heredados, deudas ajenas y un presente hostil, donde la incertidumbre ha dinamitado las nociones tradicionales de porvenir. Los jóvenes de hoy ya no poseen una natalidad alta; las cunas vacías en nuestras estadísticas son el reflejo demográfico más brutal del escepticismo económico, el miedo al mañana y la falta de un horizonte estable. Tampoco creen en la institución de la familia como el puerto seguro que proyectaban sus padres o abuelos; no lo hacen por cinismo ideológico, sino porque fundar un hogar, acceder a un espacio propio y sostener una descendencia se ha transformado en un lujo prohibitivo, un riesgo financiero inadmisible en un suelo crónicamente movedizo.
La disolución de estos horizontes de arraigo es la cicatriz más peligrosa de nuestras crisis recurrentes: una generación entera que renuncia a reproducirse, a proyectar raíces y a construir núcleos de pertenencia porque el país les ha arrebatado la estabilidad mínima indispensable para imaginar el próximo año.
Para revertir esta sangría silenciosa y liberar las potencias secuestradas por la urgencia, la dirigencia debe abandonar la retórica vacía y articular un pacto generacional en tres vectores: arraigo habitacional, inserción laboral genuina y puente de retorno para quienes partieron.
El primer eslabón es el acceso a la tierra mediante un Plan de Primera Vivienda Joven. Hoy, comprar un inmueble o acceder a un crédito es casi ciencia ficción, mientras los alquileres devoran la autonomía. El programa debe basarse en créditos blandos indexados al salario y en lotes fiscales con servicios. Quien logra levantar una pared en tierra propia recupera de inmediato horizonte y fe en el largo plazo. El arraigo físico es el cimiento insustituible del arraigo civil y social.
En segundo término, urge implementar Incentivos al Empleo Juvenil que modernicen la transición de la escuela al trabajo, sacando a los jóvenes del pantano de la informalidad. Exención de cargas patronales por dos años para PYMES que incorporen jóvenes, y capacitación tecnológica vinculada a clústeres productivos estratégicos (programación, robótica, agroindustria, minería del litio, entre otras) son claves para devolver valor real al mérito. No se trata de pasantías precarizadas, sino de formación que abre futuro.
Por último, las Políticas de Retorno deben repatriar profesionales y capital intelectual con beneficios impositivos, financiamiento preferencial y reinserción académica y médica. Volver a casa debe ser una decisión inteligente respaldada por un Estado socio, no un acto de melancolía.
El argentino sufre la frustración con intensidad, pero en su gen el fracaso nunca es destino. Somos hijos de interrupciones históricas, herederos de plazas bombardeadas, defaults y transiciones caóticas. Por eso, cuando el partido parece perdido y la pelota quema, sabemos hallar la salida en el último segundo. Y cuando ese chispazo no llega, valoramos lo hecho y sabemos que siempre habrá revancha. Para que esa épica mundialista se convierta en destino nacional, debemos arrancar a la juventud del letargo de la supervivencia y ofrecer condiciones para que quedarse sea desarrollo pleno. Ha llegado el momento de edificar una estabilidad definitiva, donde el futuro deje de ser amenaza y vuelva a ser promesa habitable.
Oficial Superior del Ejército Argentino (RE), abogado y Magíster en Defensa Nacional (estrategia y gestión de crisis).