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El sentimiento no se cuelga en la puerta del estadio

Jueves, 16 de julio de 2026 01:33

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Hay quienes creen que el fútbol debe mantenerse al margen de la política y de la historia. Sin embargo, existen causas que trascienden cualquier reglamento deportivo porque forman parte de la identidad de un pueblo. Malvinas es una de ellas.

La decisión de impedir el ingreso al estadio de banderas, camisetas o cualquier elemento alusivo a las Islas Malvinas durante el encuentro entre Argentina e Inglaterra no puede pasar inadvertida. No se trata simplemente de una medida de seguridad ni de una interpretación administrativa de un reglamento. Se trata de silenciar, aunque sea por noventa minutos, un reclamo soberano que la Argentina sostiene desde hace casi dos siglos y que la propia comunidad internacional reconoce como una disputa aún pendiente de resolución.

Nadie pretende transformar una cancha en una tribuna política. Pero tampoco puede aceptarse que el solo dibujo de nuestras islas sea considerado una provocación. Las Malvinas no representan un mensaje de odio ni un acto de violencia. Son parte del territorio nacional según nuestra Constitución, forman parte de la memoria colectiva y simbolizan el sacrificio de quienes combatieron en 1982.

Los argentinos no llevamos la silueta de las islas para ofender al pueblo británico. La llevamos porque forman parte de nuestra historia, porque miles de familias conservan el recuerdo de quienes no regresaron y porque la soberanía no se abandona con el paso del tiempo. Se ejerce también manteniendo viva la memoria.

Quizá algunos sostengan que el deporte debe ser neutral. Pero la neutralidad jamás puede confundirse con el olvido. El mundo entero conoce conflictos territoriales que permanecen abiertos durante décadas. A pesar de que se trate de una medida institucional para evitar incidentes en el estadio, nos duele que se nos exija a los argentinos

Cada vez que el seleccionado argentino enfrenta a Inglaterra, inevitablemente reaparecen recuerdos compartidos. No porque el fútbol deba reemplazar a la diplomacia, sino porque ambos países poseen una historia común marcada por un conflicto cuya solución todavía espera el diálogo que las Naciones Unidas vienen promoviendo desde hace décadas. Por eso resulta preocupante que el mensaje que reciba el mundo sea el de una causa que debe permanecer invisible. Precisamente ocurre lo contrario: cuanto más se conozca la existencia de esta disputa, mayores serán las posibilidades de que la comunidad internacional recuerde que el conflicto continúa abierto y que la solución debe encontrarse mediante negociaciones pacíficas entre Estados.

La causa Malvinas nunca fue patrimonio de un gobierno, de un partido político o de una generación determinada. Es una política de Estado que atraviesa distintas épocas y que une a millones de argentinos con profundas diferencias en otros aspectos. Esa unidad constituye una de sus mayores fortalezas.

Los excombatientes nos enseñaron que el verdadero homenaje no consiste únicamente en recordarlos cada 2 de abril. También implica sostener, con respeto y sin violencia, el reclamo diplomático por la soberanía. Cada bandera celeste y blanca acompañada por la figura de las islas expresa exactamente eso: memoria, identidad y esperanza.

Las reglas deportivas pueden impedir el ingreso de una bandera a un estadio. Lo que jamás podrán impedir es que un pueblo conserve viva una causa que considera justa. Porque las Malvinas no caben solamente en un trapo, en una camiseta o en una tribuna. Caben en la historia.

Y mientras exista una controversia reconocida internacionalmente, mientras haya veteranos que puedan contar lo vivido y mientras una nueva generación siga aprendiendo que las Malvinas forman parte de nuestra identidad nacional, el reclamo continuará vigente.

Porque la soberanía no se deja en la puerta de un estadio. Se lleva en la memoria de un pueblo. Y esa memoria, afortunadamente, no admite prohibiciones.

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