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El fin de la realidad estable

Domingo, 19 de julio de 2026 00:33

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Desde siempre, las civilizaciones descansaron sobre una premisa que parece obvia: más allá de las disputas ideológicas, religiosas o políticas, existe un mundo estable que puede ser compartido, interpretado y discutido en forma colectiva. La realidad es una experiencia compartida. Las personas pueden mentir, manipular o exagerar. Los gobiernos pueden intentar construir realidades paralelas y difundir propaganda. Los medios pueden deformar los hechos. Pero incluso en medio de ese conflicto persiste una convicción elemental: la realidad es algo externo, verificable y separado de las herramientas utilizadas para representarla.

La historia humana está llena de ficciones compartidas: religiones, mitologías, ideologías y relatos nacionales estructuraron sociedades enteras. Pero la IA introduce una diferencia radical: las ficciones ya no necesitan ser colectivas. Pueden ser individuales. Cada persona puede habitar una realidad narrativa distinta ajustada a sus emociones, deseos, prejuicios y expectativas. La fragmentación de la realidad deja de ser sólo política o cultural. Se vuelve perceptiva. Y los modelos generativos ya no necesitan producir una falsificación perfecta para alterar esta percepción colectiva. Les alcanza con volver dudosa la relación entre verdad y apariencia.

La inteligencia artificial erosiona la frontera de una manera frontal. No porque haya inaugurado la falsedad –tan antigua como el hombre– sino porque altera tres dimensiones fundamentales: la producción de contenidos, la construcción de relatos y los mecanismos mediante los cuales los verificamos. Y cuando esa duda se expande, aparece un fenómeno cultural corrosivo: la imposibilidad creciente de distinguir entre simulación y evidencia.

Antes, una fotografía era evidencia. Un audio remitía a una voz real. Un video implicaba un acontecimiento ocurrido frente a una cámara. Incluso internet –con toda su capacidad de distorsión– seguía dependiendo, en gran medida, de materiales producidos por seres humanos anclados a eventos verificables. La inteligencia artificial desgarró este vínculo. Hoy, por primera vez en la historia, sistemas no humanos generan imágenes, voces, videos, textos y conversaciones indistinguibles de aquellos producidos por personas reales. Y lo hacen no mediante una reproducción mecánica, sino que producen realidades posibles. La tecnología multiplica la información que descansa sobre una estabilidad ontológica plausible: deepfakes -suplantación de identidad- hiperrealistas, voces clonadas, influencers sintéticos, paisajes inexistentes, compañeros conversacionales artificiales, videos generados por IA y sistemas capaces de fabricar conversaciones verosímiles en tiempo real empiezan a poblar el ecosistema informativo con una velocidad incompatible con su cuestionamiento crítico.

Pero el problema no es sólo que estas falsificaciones existan, sino que estas falsificaciones perfectas, además, erosionan la confianza general en cualquier forma de evidencia.

En una cultura saturada de simulaciones indistinguibles, la sospecha se hace estructural: toda imagen pudo haber sido fabricada; toda voz pudo haber sido sintetizada; todo documento pudo haber sido manipulado; toda conversación pudo haber sido generada. La consecuencia no es sólo más desinformación; es la desestabilización de aquello que las sociedades modernas entendían como realidad firme.

La inteligencia artificial empuja, además, el dilema en una dirección todavía más compleja: experiencias personalizadas, contenidos generados dinámicamente y sistemas capaces de adaptar información según perfiles psicológicos individuales. La realidad deja de ser territorio común para convertirse en una experiencia individual. Y si bien antes tampoco existía una interpretación única de la realidad, hoy esa experiencia se fragmenta en millones de percepciones distintas.

Las personas no reaccionan sólo frente a hechos objetivos; lo hacen frente a percepciones, símbolos, emociones e imágenes. Y la IA permite fabricar esas capas simbólicas con una precisión y una escala inéditas. Y allí reside parte del vértigo y de la alienación contemporánea. Este bien podría ser uno de los desplazamientos culturales más grandes de nuestro tiempo.

Durante siglos la imaginación humana estuvo limitada por la contrastación de la imaginación con el mundo físico. Las utopías podían escribirse, pero no podían ser confundidas con la realidad. Incluso el cine o los efectos digitales conservaban rastros visibles de artificio. Pero los modelos generativos actuales no sólo reproducen lo real, sino que comienzan a expandir el espacio mismo de lo concebible. Y comienzan a empujar hacia afuera los límites del mundo físico. Pero toda civilización se organiza alrededor de ciertos límites fácticos sobre lo posible, lo plausible y lo verificable.

Cuando esos límites se vuelven difusos, también se vuelve inestable la experiencia colectiva del mundo.

Arquitectos experimentan con estructuras imposibles para la intuición tradicional; diseñadores producen objetos y materiales antes inimaginables; sistemas generativos exploran configuraciones espaciales, visuales y narrativas que ningún humano hubiera concebido antes. La IA deja de funcionar sólo como herramienta de representación para convertirse, también, en una máquina de posibilidades. Esto modifica algo más profundo que el diseño; modifica la relación entre lo real y lo posible.

Así, la IA no sólo amenaza la verificabilidad de la información pública. También empieza a alterar la manera en que las personas se relacionan con el mundo. Millones de individuos interactúan en forma cotidiana con sistemas conversacionales capaces de simular empatía, memoria, escucha y acompañamiento emocional. Compañeros artificiales, terapeutas sintéticos y asistentes personalizados comienzan a ocupar espacios que solían quedar reservados a vínculos humanos. La cuestión no es si estos sistemas sienten; la cuestión es qué sienten las personas frente a ellos. Y esto hace aún más borrosa la frontera entre experiencia auténtica y simulación funcional.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con una sociedad cuando desaparecen las condiciones mínimas para sostener una experiencia compartida de la realidad; cuando se separa la percepción de lo real de la realidad exterior al sujeto?. La respuesta todavía no existe. Al menos no todavía.

La inteligencia artificial no destruye la realidad, pero erosiona nuestros mecanismos de percepción para acceder a ella. Y sin mecanismos confiables de validación compartida, las sociedades ingresan en territorios epistemológicos confusos y frágiles. "Lo digital se erige como un órgano habilitado para peritar lo real de modo más fiable que nosotros mismos, así como para revelarnos dimensiones hasta ahora ocultas a nuestra conciencia. Y en esto asume la forma de un "tecno-logos", una entidad artefactual dotada del poder de enunciar, siempre con más precisión y sin demora alguna, el supuesto estado de las cosas", advierte Eric Sadín desde "La inteligencia artificial o el desafío del siglo". Este es, quizás, uno de los aspectos más inquietantes de esta revolución: la tecnología se erige en árbitro de la misma realidad que ha distorsionado.

Así, la desconfianza hacia imágenes, medios, instituciones y discursos públicos no surge sólo de la polarización política; surge también de un entorno tecnológico donde se sabe que toda representación es manipulable. La sospecha se torna condición. Y la más mínima admisión de duda puede disolver, lenta pero persistentemente - como un ácido -, todo el sistema de pensamiento.

La realidad puede dejar de funcionar como un límite estable y comenzar a parecerse a un entorno narrativo que también puede volverse ficcional.

Todas las tecnologías anteriores alteraron la relación del hombre con la naturaleza, con el trabajo o con la velocidad. La inteligencia artificial empieza a alterar algo más íntimo: las categorías mediante las cuales organizamos la experiencia. Quizás la creatividad nunca fue lo que imaginábamos. Quizás gran parte de la imaginación humana también funcionaba mediante asociaciones, patrones y recombinaciones probabilísticas más cercanas a la intuición que a la racionalidad pura. Si esto fuera así, entonces la inteligencia artificial funciona como espejo de la humanidad. Y, así, no sólo transforma nuestra percepción del mundo, sino que transforma, asimismo, nuestra percepción sobre nosotros mismos. Quizás esta sea la dimensión más profunda de nuestra crisis. Verdad. Realidad. Autoría. Evidencia. Imaginación. Presencia. Creatividad. Autenticidad. Todas son categorías que comienzan a hacerse ambiguas; borrosas. El problema no es sólo tecnológico; es ontológico.

El riesgo más profundo no es que la IA produzca realidades falsas sino otro: que deje de existir un criterio compartido, firme y estable que nos permita distinguir con claridad qué entendemos por realidad. Porque la crisis de la realidad compartida no depende sólo de la falsedad de esos contenidos, sino que depende, también, de la erosión de las instituciones y procedimientos que solían verificarla y validarla.

La crisis más importante del siglo XXI quizás no vaya a girar alrededor de las máquinas ni de la inteligencia artificial, sino alrededor de nuestra dificultad para seguir construyendo y habitando una realidad firme, verificable y efectivamente compartida.

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