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Hay un ejercicio que cualquier especialista en educación hace antes de recomendar un cambio: seguir a una misma cohorte a lo largo del tiempo y ver, sin relato de por medio, qué le pasó. En Salta ese ejercicio ya está hecho. Los registros oficiales permiten tomar a los 32.155 chicos que, en 2020, el año de la pandemia, se sentaron por primera vez en un banco de 1° año de la escuela secundaria y seguirles el rastro, año tras año, hasta 2024 que se suponen egresarían. Lo que surge, cruzado con los resultados de las pruebas Aprender, el contexto socioeconómico de los estudiantes y la agenda de trabajo de los propios directores no es una fotografía más del sistema educativo: es un diagnóstico integral, y bastante más incómodo que cualquier discurso de acto escolar.
Desgranamiento
De los 32.155 alumnos que iniciaron 1° año del nivel secundario básico en 2020, dos años después se matriculaban en 3° año apenas 25.790. En 2023 llegaban a 4° año 21.028. Y en 2024, cuando esa misma generación debía estar en condiciones de recibirse, la matrícula de 5° año fue de 17.535 estudiantes. En cuatro años, la cohorte perdió 14.620 estudiantes: el 45,5% de los chicos que arrancaron el secundario en 2020 no llegó a último año junto con su grupo. La caída, además, se acelera con el tiempo: el primer pasaje (1° a 2° año) implicó una merma del 7,4%; el salto a 3° año, del 13,4%; el paso a 4° año, del 18,5%. El sistema no pierde estudiantes de manera pareja: los va perdiendo cada vez más rápido a medida que avanza el trayecto. No equivale, estrictamente, a un abandono definitivo —una parte repite, cambia de escuela o de modalidad, y puede reingresar—, pero describe con crudeza un fenómeno de desgranamiento que rara vez se traduce en una cifra tan concreta y local: casi uno de cada dos chicos que empieza la secundaria en Salta no termina su recorrido en el tiempo esperado.
El aprendizaje
El dato todavía más difícil de digerir es que, entre los que persisten, el aprendizaje tampoco mejoró. Los resultados de Aprender 2024 en Matemática muestran que el 54% de los estudiantes salteños evaluados se ubica por debajo del nivel básico, el 30% en el nivel básico, apenas el 16% alcanza el nivel satisfactorio y no hay registro de estudiantes en el nivel avanzado. Diez años atrás, en Aprender 2016, la foto ya era preocupante pero menos grave: 44% por debajo del básico, 30% en el básico, 22% en el satisfactorio. En una década, la proporción de estudiantes que no alcanza ni el nivel más elemental de Matemática creció diez puntos, mientras el nivel satisfactorio se redujo. Los datos provinciales son casi un espejo de lo que ocurre a nivel nacional: en 2024, el 54,6% de los estudiantes del país quedó por debajo del básico en Matemática y no hubo casi estudiantes en el nivel avanzado, algo que no sucedía desde 2022. La coincidencia entre Salta y el promedio nacional confirma que no se trata de un problema local aislado, sino de una tendencia estructural del sistema educativo argentino, agravada - no explicada - por la pandemia.
En Lengua el panorama es menos alarmante pero también estancado: en Salta, el 22% de los estudiantes está hoy por debajo del nivel básico (contra 21% en 2016) y el nivel satisfactorio bajó de 47% a 44%, aunque apareció un 12% en el nivel avanzado que antes no existía. La foto nacional 2024 (58% en satisfactorio o avanzado, 15,8% por debajo del básico) sugiere que Salta rinde algo peor que el promedio del país en comprensión lectora.
Aquí aparece el hallazgo que, en mi opinión, es la clave de lectura de todo lo demás. Las escuelas secundarias de Salta tienen electricidad en el 99% de los casos e internet en el 89%. Prácticamente no hay ya una "brecha de conectividad" literal: solo el 6,8% de los establecimientos carece de conexión. Sin embargo, apenas la mitad tiene biblioteca (50%) y solo el 39% cuenta con laboratorio de informática. Y cuando se pregunta a los directores si los docentes usan plataformas digitales para enseñar, el 13,7% responde que ninguno lo hace, el 67,4% dice que "algunos", y solo el 8,8% afirma que todos. La brecha ya no es de acceso: es de uso pedagógico. Tenemos la infraestructura de la cuarta revolución industrial y las prácticas de aula del siglo pasado.
Esa paradoja se vuelve todavía más nítida al mirar qué hacen los chicos fuera de la escuela: el 83,6% manifiesta que practica deportes, el 76,4% juega en la computadora, el 58,9% lee libros digitales y "solo" el 50% lee en papel. Son nativos de la pantalla que leen, juegan, se informan y se entretienen en soportes digitales - y que probablemente, dado ese patrón, ya casi no pisan una biblioteca física, aun cuando la mitad de las escuelas la tenga-. La escuela, mientras tanto, avanza mucho más lento que sus estudiantes en la adopción real de tecnología: el 80% de las escuelas privadas ya incorporó recursos y entornos digitales en materias como Lengua, Matemática o Ciencias, frente a apenas el 40% de las escuelas de gestión estatal. La desigualdad educativa argentina, que durante años se leyó en términos de conectividad, hoy hay que leerla en términos de aprovechamiento: no es que falten dispositivos, es que sobran aulas que todavía no encontraron qué hacer con ellos.
Una alarma silenciosa
Otro dato incomoda especialmente: el 44% de los estudiantes acumula entre 5 y 14 inasistencias, el 16,4% entre 15 y 19, el 8,9% entre 20 y 29, y el 6,5% supera las 30 faltas en el año. Consultados sobre los motivos, las respuestas más frecuentes no remiten a la pobreza, la distancia o el trabajo infantil, los motivos "clásicos" del ausentismo, sino a que "no tienen ganas" o a razones de salud. No debería leerse como pereza adolescente, sino como síntoma de un vínculo debilitado entre los estudiantes y una propuesta escolar que, para ellos, dejó de tener sentido evidente. Cuando casi la mitad de la matrícula falta de manera reiterada sin causas estructurales clásicas, el problema deja de ser solo social y empieza a ser, también, de propuesta pedagógica.
El hallazgo más revelador de todo este análisis, sin embargo, no está en los estudiantes: está en el contraste entre sus proyectos y la agenda de quienes conducen las escuelas. Consultados sobre sus planes al terminar el secundario, el 80,7% de los estudiantes salteños quiere seguir estudiando, el 54,8% quiere trabajar, el 45,9% piensa en otras actividades como viajar o el deporte, el 29,4% en emprender algo propio y el 25,9% en capacitarse laboralmente. Son respuestas múltiples, de una generación que no concibe su futuro como una sola vía sino como varias en paralelo: estudiar y trabajar y emprender. Es exactamente el perfil de trayectoria que exige el mundo del trabajo que viene, atravesado por la inteligencia artificial y la automatización.
¿Y qué hacen mientras tanto quienes dirigen las escuelas? Casi el 70% en tareas administrativas, el 63,3% en cuestiones de convivencia escolar —un indicador, a su modo, de los desafíos de conducta, convivencia e inclusión que atraviesan las aulas— y recién en tercer y cuarto lugar aparecen las tareas pedagógicas (50,4%) y de planificación institucional (48%). La conducción escolar está, literalmente, mirando para otro lado: no porque no quiera, sino porque la matriz de gestión la absorbe en lo urgente y le deja poco tiempo para lo importante.
Un dato adicional, tan curioso como preocupante. El Reporte Aprender 2022 —la última devolución de resultados a nivel secundario— fue consultado por prácticamente todos los directivos; el 99,6% asegura que contribuyó a mejorar sus prácticas pedagógicas. Todo indica un sistema que lee sus evaluaciones y actúa en consecuencia. Pero si esto ocurre edición tras edición desde hace una década, y los resultados de Matemática no solo no mejoraron, sino que empeoraron, cabe una pregunta que ninguna consultora dejaría pasar: ¿se mide el impacto real de esas acciones, o se confunde el cumplimiento del proceso - leer el informe, hacer la jornada, firmar el acuerdo - con la mejora efectiva del aprendizaje?
La respuesta aparece, sin proponérselo, en una de las últimas preguntas de la encuesta a directivos: cuando se les consulta en qué áreas les gustaría recibir más formación, las respuestas más elegidas son convivencia escolar, educación inclusiva, gestión de proyectos y liderazgo. La enseñanza de contenidos disciplinares, que explicaría por qué siete de cada diez chicos no logran un nivel satisfactorio en Matemáticas, ni siquiera aparece entre las prioridades.
La conclusión que importa
Tenemos una cohorte que pierde a casi la mitad de sus integrantes en el camino; un desempeño en Matemática que empeoró en la última década tanto en Salta como en el país; una infraestructura tecnológica sin excusas de conectividad pero que no se traduce en nuevas prácticas de enseñanza; estudiantes que leen, juegan y se proyectan en clave digital y multitarea; y una conducción escolar que, pese a tomarse en serio cada evaluación, sigue absorbida por lo administrativo y no logra poner el aprendizaje en el centro de su propia agenda de formación.
La secundaria salteña no necesita otro diagnóstico. Necesita decidir, con la misma disciplina con que se leen estos números, dónde va a poner el foco en los próximos diez años: si en seguir administrando la crisis o en enseñar mejor lo poco que hoy garantiza que un chico llegue a 5° año sabiendo lo que tiene que saber. Los datos ya están. Lo que falta es la decisión de mirarlos de frente.