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La selección argentina perdió ante España, pero la victoria sobre Inglaterra exacerbó el sentimiento nacional y se convirtió en un acontecimiento político a nivel mundial. El gobierno británico perdió la flema aristocrática. Oficialmente, consideró una afrenta el gesto de los jugadores argentinos que desplegaron una bandera donde se leía: "Las Malvinas son argentinas". "Puede que la Copa del Mundo no sea nuestra, pero las islas Falklands sin duda lo son", dijo la vocera, y expresó la predilección británica por España.
Desde comienzos del torneo, la causa por la soberanía, la memoria de los "pibes de Malvinas" y la solidaridad con los veteranos apareció con enorme fuerza como un sentimiento compartido, mostrando a los jugadores como representación de la resistencia ante la adversidad. Y eso no fue fruto de ninguna campaña; nació espontáneamente en el marco de un entusiasmo que contagió a todo el país.
La derrota, dolorosa, mostró a un equipo que jugaba con el último resto frente a un gran rival, que solo logró el gol en tiempo suplementario. Hidalgamente, ninguno de los jugadores, se quitó la medalla de subcampeones, y todo permanecieron en el campo de juego mientras los vencedores se llevaban la copa. Lo hicieron mirando hacia la tribuna, donde miles de argentinos continuaban vitoreándolos y animándolos.
Lo que vino después es una pena. Un incidente entre algunos jugadores, cuyo origen no está claro, pero es típico en el fútbol, de todo el mundo. Y aunque "donde uno no quiere, dos no pelean", es un viejo latiguillo español, el generalmente criterioso escritor Arturo Pérez Reverte exageró: "Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina". Cabe preguntarse qué opina de los participantes peninsulares de la gresca. O de la patota de españoles que, en una estación de subte de su país, golpeó brutalmente a un simpatizante argentino.
Una compatriota suya, la cantante Rosalía, que tiene planeados cuatro recitales en Movistar Arena en los próximos días, compartió orgullosa un video de la exactriz porno libanesa Mia Khalifa quien, desde EEUU celebró la derrota argentina con el tema La perla. Una canción de Rosalía dedicada a destruir un exnovio al que califica de "terrorista emocional, el mayor desastre mundial. Es una perla, nadie se fía". La comparación implícita es agraviante. Ante el repudio digital masivo, Rosalía y Khalifa borraron el mensaje, un poco tarde. Más allá de estas anécdotas, es sorprendente, el aluvión digital de mensajes acusatorios contra la Argentina, especialmente de racismo y xenofobia, que pululan por las redes desde diversas partes del mundo.
No hay que caer en la trampa conspirativa de una "campaña antiargentina". Muchas personas se fastidian con nuestros éxitos deportivos y se ensañan en la derrota. Y las redes los multiplican. Ya se les pasará.
Durante el torneo, la camiseta de Messi fue un ícono para personas de todas partes del mundo. Los que nos conocen saben que la cultura argentina no es racista ni xenófoba y que no tiene el rechazo generalizado a la inmigración que se registra en los países desarrollados. Tal es así que las universidades nacionales reciben una gran cantidad de alumnos radicados en países limítrofes. Y que más de dos millones de extranjeros están radicados en nuestro territorio.
Y la curiosidad: la tendencia a comprar problemas ajenos habla de "invisibilización de los afrodescendientes". Es simple. En el equipo nacional no hay africanos, porque la Argentina no fue esclavista ni tuvo colonias. Desde la Asamblea del año XIII, se abolió la esclavitud. Los libertos, como todos los inmigrantes posteriores, se incorporaron a la vida del país, el país como era entonces. Dentro de todos nuestros problemas, al menos, el racismo y la xenofobia no figuran.