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El racismo como deshumanización propia y ajena

Viernes, 24 de julio de 2026 01:46
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Hay discusiones que pertenecen a la política. Otras que pertenecen a la economía o la filosofía. El racismo no pertenece a ninguna de esas categorías. Porque el racismo no es una ideología; es sólo una forma de indigencia moral e intelectual.

Cada sociedad puede discutir legítimamente sobre el tamaño del Estado, la presión tributaria, la inmigración, la seguridad, el rol de la religión en el Estado, el rol mismo del Estado, sobre el mercado o la distribución del ingreso. Todas esas diferencias forman parte de la democracia y enriquecen el debate público.

El racismo, en cambio, no pertenece a ninguno de esos universos. No es una posición política. No es una doctrina. No es una opinión. Es una renuncia a pensar; una renuncia voluntaria a reconocer la humanidad del otro. Y la de uno mismo.

Porque el racismo reduce un individuo a un accidente biológico. El color de la piel, el origen étnico o la religión reemplazan a la persona. Allí desaparece el individuo y aparece el prejuicio. Y todo prejuicio comienza cuando dejamos de ver individuos y empezamos a ver categorías. Esto no constituye una manera distinta de comprender el mundo. Constituye una forma profundamente pobre de hacerlo.

Los últimos días dejaron una secuencia difícil de ignorar. Desde la simpatizante argentina que insultó al streamer IShowSpeed gritándole: "A casa, negro. Tomátela, maricón" hasta las inauditas declaraciones del actor Samuel L. Jackson, Arturo Pérez Reverte o la congresista demócrata norteamericana Jasmine Crockett. Incluso desde el propio oficialismo aparecieron expresiones en extremo agraviantes.

Daniel Parisini (El gordo Dan) escribió que "Mahoma era pedófilo", calificó de "musulmono" a un rival y agregó que "Alá es gay" (sic). Agustín Romo llamó a Andrew Tate "pelado musulmán hijo de puta" y otros funcionarios e influenciadores oficialistas redujeron sistemáticamente personas a su color de piel, su religión o su orientación sexual.

"El prejuicio siempre es el sustituto más barato del pensamiento: el racismo no es una opinión, es indigencia moral e intelectual".

Nada justifica estas declaraciones ni estos comportamientos. Absolutamente nada. No existe provocación deportiva, rivalidad política ni diferencia religiosa capaz de convertir semejante degradación en algo aceptable ni tolerable. Porque no puede ser tolerado. Tolerarlo es aceptarlo; y aceptarlo es comenzar a normalizarlo.

Las ideologías pueden discutirse. Algunas prácticas religiosas pueden ser objeto de opinión. Los gobiernos pueden ser cuestionados con toda la dureza que la democracia permite y exige. Precisamente porque todo eso pertenece al ámbito de las ideas. Las personas, en cambio, no. Reducir a un ser humano al color de su piel, sus ideas o su nacionalidad no es ejercer la libertad de expresión. Es abandonar el terreno donde la discusión racional resulta posible. Y tampoco se puede aceptar que la misma lógica que permite insultar a una persona por el color de su piel, permita condenar moralmente a todo un pueblo por el comportamiento de algunos de sus integrantes. Esta incapacidad tiene un nombre: indigencia intelectual e indigencia moral.

Resulta inquietante también la creciente naturalidad y liviandad con la que todas estas consignas son levantadas y repetidas en redes. Siempre digo que un insulto dice más de quien lo profiere que del objeto del insulto. Pero me preocupa que tanta gente deje de percibirlo como una transgresión; como un límite peligroso de traspasar. Porque la degradación nunca empieza cuando alguien cruza un límite, sino que comienza cuando el resto deja de percibirlo como límite.

No podemos ser indiferentes ante esto. Porque todas las sociedades civilizadas descansan sobre acuerdos elementales y básicos que no dependen de ninguna orientación política ni ideología. Uno de ellos –el más importante– consiste en reconocer que cada persona posee una dignidad que antecede a cualquier diferencia política, religiosa, sexual o cultural. Cuando ese principio desaparece, la convivencia comienza a deteriorarse mucho antes de que aparezca la violencia física. Primero se degrada el lenguaje. Después se degrada la mirada sobre el otro. Finalmente se degrada la sociedad.

Quizás por eso el racismo nunca haya sido solamente un problema moral. Es también un fracaso intelectual. Quien necesita explicar el comportamiento de una persona apelando al color de su piel, a sus ideas, a su nacionalidad, religión u orientación sexual; demuestra una incapacidad profunda para comprender la complejidad humana. El prejuicio siempre es el sustituto más barato del pensamiento.

Guardar silencio frente a esto no es una alternativa; el silencio es una forma de aceptación. Hay momentos en los que una sociedad necesita recordar cuáles son los límites que no puede negociar. Que no debería estar dispuesta –nunca– a negociar. Porque una democracia puede convivir con enormes diferencias políticas pero las sociedades no pueden permitirse la deshumanización del otro. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser el racismo. Empiezan a ser las personas que dejan de reconocerlo como tal.

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