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La socialdemocracia europea atraviesa una paradoja que puede ser leída también desde la política argentina. Paulo Hidalgo Aramburú, en una columna publicada hace unos días en El Tribuno, señala que la socialdemocracia, aunque erosionada, sobrevive en el escenario político europeo. Si bien mantiene vigencia, dejó de ser una fuerza con la relevancia suficiente para ordenar el tablero político. Durante décadas, la socialdemocracia administró el conflicto dentro del capitalismo, con el Estado, los sindicatos y el crecimiento económico como soportes de legitimidad. Cuando ese pacto se erosionó, extravió lenguaje propio y pasó a sobrevivir dentro de coaliciones ajenas. Trasladado a nuestro país, el fenómeno no es idéntico, pero sí comparable: partidos que fueron eje de la vida institucional subsisten hoy como piezas de un tablero en cuyo diseño ya no intervienen. Con sobrevivir no alcanza.
Este espejo permite pensar también a la Unión Cívica Radical. Si bien ambas fuerzas reconocen orígenes distintos -la socialdemocracia se forjó administrando el conflicto entre capital y trabajo, mientras la UCR nació del republicanismo liberal y de la ampliación de derechos-, enfrentan un mismo riesgo estructural: conservan aparato y territorio pero presentan dificultades para formular una narrativa de poder amplia y convincente. La UCR es un partido con mucha historia y valiosa memoria institucional, pero está hoy alejada de disputar el poder central. Si se mira el mapa completo, los radicales conservan presencia territorial y dirigentes de peso, pero les cuesta hoy definir un proyecto nacional competitivo.
En una Argentina polarizada y poco tolerante con las identidades intermedias, la UCR puede quedar reducida a la función de socia necesaria, pero no conductora de una fuerza política. Cambiemos es un ejemplo de la historia reciente. La coalición si bien ordenó una elección y devolvió gobernabilidad al partido centenario, la conducción del gabinete y la candidatura presidencial quedaron en manos del PRO. El radicalismo aportó estructura y gestión y, salvo en pocos temas, no fue decisivo en la definición de la agenda nacional.
Ernesto Sanz aporta una clave que conviene recuperar. Fue uno de los arquitectos de Cambiemos y entendió que el radicalismo no podía seguir encerrado en una lógica testimonial. Su apuesta por la coalición pudo ordenar una elección, incluso un ciclo político, pero esa alianza desdibujó la identidad partidaria. Y eso es lo que hoy sigue en disputa abierta dentro de la UCR, más allá de la coalición que integre. Ese desplazamiento no es menor. Un partido que sólo conserva utilidad parlamentaria o territorial, sin capacidad de narrar un proyecto de país, puede terminar administrando su propia nostalgia -y en eso los radicales somos expertos- y virar inadvertidamente a un partido testimonial. La UCR tiene gobernadores, intendentes, importantes cuadros técnicos, historia universitaria y arraigo en numerosas provincias, pero necesita mostrar algo central: una idea potente, actual y nítida sobre qué debe ser el Estado, de qué manera provocar el crecimiento económico, cómo se corrige la desigualdad y de qué modo se reconstruye la movilidad social en una economía exhausta. Sin definiciones de este tipo, tal vez la estructura política pueda subsistir, pero la identidad se vuelve cada vez más difusa.
La comparación con la socialdemocracia europea ilumina otro problema que los radicales deberían tener muy presente. Cuando un partido deja de ofrecer respuestas claras, alguien más ocupa ese lugar. En Europa, muchas veces lo hizo la derecha radical, con un discurso de fronteras, culpables y certezas autoritarias. En Argentina la lógica es parecida. Hoy la ciudadanía castiga a quienes hablan en clave institucional mientras la pérdida de poder adquisitivo, el desempleo, la inflación apenas controlada, el centralismo exacerbado, la corrupción rampante y la inseguridad desordenan la vida cotidiana.
La UCR no puede limitarse a defender formas republicanas si no demuestra que esas formas mejoran de manera concreta la existencia de la gente. Soledad Farfán, diputada provincial por la UCR, lo plantea en esos términos cuando reclama una representación más cercana a la realidad cotidiana de la ciudadanía. El desafío para el radicalismo hoy consiste en dejar de pensar su futuro como un problema de ubicación en una coalición y empezar por el principio. ¿A quién le habla la UCR hoy? ¿A la clase media empobrecida, al interior productivo, a los/las jóvenes sin horizonte, a los sectores que desconfían de los extremos? Si no responde con claridad, corre el riesgo de quedar atrapada en una función de complemento, útil para sumar votos, pero impotente para fijar agenda de gobierno.
La tendencia de los/las radicales es volver al pasado o refugiarse en la pura supervivencia territorial, como si administrar municipios bastara para garantizar un destino nacional. La UCR necesita una nueva síntesis entre institucionalidad y reforma social, entre equilibrio fiscal y crecimiento económico y movilidad social. La disputa por el federalismo y la coparticipación es clave. Dicho de otro modo: necesita volver a hablarle al país real con un lenguaje de promesa económica y de orden democrático, sin caer en la épica vacía. Ese gesto exigiría una dirigencia menos pendiente del reparto coyuntural de poder y más obsesionada por reconstruir un horizonte común.
La centralidad política se recupera con debate, redefiniendo la idea de Estado hoy en crisis, con compromiso democrático y real vocación de poder. Se construye con liderazgo, un programa nítido y coraje para discutir dentro y fuera del partido. El radicalismo todavía conserva credibilidad histórica en vastas zonas del país y una reserva cultural notable. Pero esa ventaja se agota si no se traduce en propuesta.