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Nunca en la historia de la humanidad los padres habían tenido tanto acceso al conocimiento como hoy. Y, paradójicamente, nunca habían sentido tanto temor a equivocarse.
Basta observar a una pareja que espera su primer hijo: mucho antes del nacimiento comienza una intensa búsqueda de información: leen libros, escuchan podcasts, siguen especialistas en redes sociales y consultan profesionales de las más diversas disciplinas. Se aprende sobre lactancia, sueño, apego, estimulación temprana, alimentación, neurodesarrollo, regulación emocional, crianza respetuosa, límites, pantallas, funciones ejecutivas y un sinfín de temas que hace apenas unas décadas ni siquiera formaban parte del lenguaje cotidiano de una familia.
Lejos de representar un problema, este fenómeno constituye uno de los grandes avances de nuestra época. Sabemos mucho más sobre el desarrollo infantil que generaciones anteriores y ese conocimiento ha permitido disminuir sufrimientos, detectar dificultades de manera precoz y comprender mejor las necesidades de los niños. Sería un error caer en la nostalgia de un pasado donde muchas decisiones se tomaban únicamente por intuición o por repetición de las costumbres familiares. La ciencia ha mejorado la calidad de vida y ha enriquecido profundamente la manera de acompañar el crecimiento de un hijo.
Sin embargo, toda conquista trae consigo desafíos nuevos y sospecho que uno de ellos todavía no ha sido suficientemente pensado.
No se trata del exceso de información. El problema no es que la ciencia avance, sino que nuestra relación con ese avance parece haber cambiado silenciosamente. En otras palabras, no nos angustia lo que sabemos; nos angustia sentir que deberíamos saberlo todo.
Para comprender este cambio me gusta pensar la evolución del conocimiento científico a través de una imagen sencilla: durante mucho tiempo la ciencia observó el bosque. Su mirada era necesariamente amplia y buscaba comprender grandes fenómenos. Más tarde comenzó a distinguir los árboles hasta los detalles. Así, las disciplinas se fueron especializando y cada campo del conocimiento, adquiriendo una extraordinaria capacidad de profundizar.
En consecuencia, la crianza no ha quedado al margen de ese proceso: antes hablábamos simplemente de alimentación; hoy conocemos el papel del microbiota intestinal, las ventanas del desarrollo, la alimentación perceptiva, la influencia de determinados nutrientes y la relación entre los hábitos alimentarios y la salud futura.
Antes hablábamos de educación; hoy comprendemos mejor el desarrollo cerebral, las funciones ejecutivas, la regulación emocional, los distintos estilos de apego y los efectos del estrés sobre el neurodesarrollo. La mirada científica se ha vuelto cada vez más precisa y eso constituye una extraordinaria noticia.
Pero al mismo tiempo ha transformado la experiencia subjetiva de ser padres.
Durante buena parte del siglo pasado muchas decisiones cotidianas se apoyaban en la experiencia transmitida entre generaciones. Hoy, en cambio, existe la sensación de que cada elección debería estar respaldada por la mejor evidencia disponible. Esa transformación es sutil, pero tiene consecuencias profundas. Porque el acceso al conocimiento convierte aquello que antes era una decisión técnica en una obligación moral.
Hace algunas décadas un padre podía decir con absoluta honestidad: "No lo sabía". Hoy la responsabilidad comienza con el acceso al conocimiento y por ende la desinformación se vive con un sentimiento de "deuda moral".
Sin advertirlo, la búsqueda ansiosa de respuestas para todo podría correr el foco de atención y a orientarse hacia la propia necesidad de tranquilidad. Aquí aparece, a mi juicio, una de las paradojas más interesantes de la parentalidad contemporánea: los padres creen estar buscando conocimiento, cuando muchas veces lo que buscan es aliviar la incertidumbre.
Y tal vez ésta sea una cuestión mucho más amplia que la crianza, dentro de una cultura que ha hecho de la optimización un ideal: debemos trabajar mejor, alimentarnos mejor, administrar mejor nuestro tiempo, desarrollar mejor nuestras capacidades y gestionar mejor nuestras emociones. Ahora también debemos criar mejor.
Quizá uno de los costos menos advertidos de este fenómeno sea la progresiva pérdida de confianza en la propia intuición. No hablo de una intuición entendida como improvisación o desprecio por el conocimiento científico, sino de esa forma de conocimiento silencioso que se construye después de miles de encuentros cotidianos con un hijo, de reconocer sus gestos, sus tiempos, sus miedos y su singularidad. Ningún especialista, por prestigioso que sea, conocerá a ese niño del mismo modo que quienes conviven con él.
La ciencia ofrece conocimientos generales indispensables. Los padres, en cambio, conocen a una persona irrepetible.
Donald Winnicott acuñó una frase tremendamente humana: la madre suficientemente buena, ni la más perfecta, ni de la más preparada, ni aquella que nunca se equivoca; habló de una madre capaz de cuidar, de reparar sus errores y de ofrecer un ambiente suficientemente estable para que el niño pudiera desarrollarse.
La elección de esas palabras no fue casual. Winnicott introdujo un límite allí donde la cultura suele empujar hacia la omnipotencia: nos recordó que el desarrollo saludable de un niño no depende de la ausencia absoluta de errores, sino de la calidad del vínculo y de la posibilidad de reparar aquello que inevitablemente no saldrá bien.
No se trata de renunciar al conocimiento, sino de recuperar la confianza en el hecho de que la crianza nunca fue un proceso de enseñanza en un solo sentido. Es, y seguirá siendo un intercambio donde padres e hijos se transforman mutuamente.