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El 16,4% del Partido Socialdemócrata de Alemania en las elecciones federales de febrero de 2025 no fue un mal resultado. Fue el peor resultado de toda la historia del partido que fundó, en gran medida, la idea moderna de socialdemocracia. Un partido que llegó a rondar el 40% bajo Schröder terminó negociando, humillado, un lugar de socio menor en un gobierno presidido por un canciller democristiano que lo trata, según cuentan quienes estuvieron en la sala, a los gritos. Lars Klingbeil, vicecanciller y ministro de Finanzas, es hoy la cara visible de un partido que gobierna sin mandar.
Ese dato alemán resume mejor que cualquier discurso el estado de la familia socialdemócrata europea: sigue en el poder en varios países, pero ya no como fuerza mayoritaria capaz de imponer un proyecto, sino como pieza de coaliciones que otros arman. El PASOK griego, que en 2009 obtenía casi el 44% de los votos, cayó al 4,7% en 2015 y nunca se recuperó. El Partido Socialista portugués, que gobernaba con mayoría absoluta en 2022, quedó tercero en 2025, detrás de la derecha radical. El Partido Democrático italiano lleva más de una década estancado alrededor del 19%, incapaz de decidir si es socialdemócrata, liberal o simplemente anti-Meloni. Y en Francia el Partido Socialista, que gobernó el país con Mitterrand y con Hollande, se ha vuelto casi irrelevante en la competencia presidencial.
España y Portugal parecían, hasta hace poco, la excepción: partidos capaces de tocar fondo y volver a levantarse. El PSOE pasó de más de once millones de votos en 2008 a poco más de cinco millones en 2016, apretado por Podemos desde la izquierda y por Ciudadanos desde el centro, y aun así reconstruyó una mayoría de gobierno. Pero el caso portugués, que hasta 2022 confirmaba el mismo patrón ibérico de resiliencia, se derrumbó en apenas tres años. Eso debería bastar para desconfiar de cualquier tesis que hable de una "excepción ibérica" como si fuera una característica estructural y no una combinación circunstancial de liderazgos, ciclos económicos y errores ajenos.
Lo que sí parece estructural es la explicación de fondo. Sheri Berman lo planteó con precisión hace años: durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, socialdemócratas y democristianos competían dentro de un mismo marco básico - democracia liberal, economía de mercado regulada - y ofrecían variaciones sobre ese acuerdo. Ese consenso sostenía buena parte de la construcción europea de posguerra, y se rompió. Ya no hay dos grandes familias disputándose el centro; hay una derecha radical que crece devorando precisamente al electorado obrero que alguna vez fue la base de la socialdemocracia. En Alemania, los trasvases de voto del SPD hacia la AfD en las regiones más golpeadas económicamente no son un accidente: son la prueba de que la promesa de seguridad material, cuando un partido de izquierda deja de poder cumplirla, migra hacia quien ofrezca cualquier tipo de certeza, así sea autoritaria.
Ahí está el nudo que ningún congreso partidario ha resuelto: la socialdemocracia nació para gestionar el conflicto entre capital y trabajo dentro del capitalismo, no para superarlo. Funcionó mientras pudo repartir los frutos de un crecimiento sostenido y de un Estado de bienestar en expansión.
Cuando la desindustrialización, la crisis de vivienda y la competencia migratoria por empleos precarios reemplazaron esa promesa de ascenso colectivo, el partido que administra el capitalismo con matices dejó de tener algo distintivo que ofrecer a quien vive con angustia el presente. La derecha radical no necesita resolver ese problema material: le basta con nombrar un culpable.
Conviene no idealizar tampoco los casos que resisten. El SAP sueco sigue siendo, técnicamente, el partido más votado del país, y sin embargo perdió el gobierno en 2022 y hoy observa cómo la derecha gobierna con apoyo parlamentario de la ultraderecha. Ser el primero ya no garantiza gobernar. El laborismo británico ganó las elecciones, pero gobierna en un clima de desconfianza generalizada que no perdona errores. La supervivencia electoral, en este ciclo europeo, se ha vuelto compatible con la irrelevancia programática.
Hay quienes leen en todo esto una mutación adaptativa más que una agonía terminal, y no carecen de argumentos: ningún partido con cien años de historia institucional, aparatos territoriales y sindicatos afines desaparece de un día para otro. Pero mutar hacia qué es la pregunta que ningún liderazgo socialdemócrata europeo ha respondido con convicción. Klingbeil administra Finanzas dentro de una coalición que no lidera. Sánchez gobierna apoyado en socios a su izquierda que le exigen constantemente pruebas de fidelidad ideológica. El PD italiano lleva una década sin saber si su enemigo principal está a su derecha o dentro de su propia coalición.
La socialdemocracia europea ya no es el partido de la mayoría, sino, cuando le va bien, el partido de la coalición necesaria. Y una fuerza política que solo puede aspirar a ser indispensable, nunca protagonista, tarde o temprano deja de ser indispensable también.