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Radiografía del electorado argentino

Un análisis de las clases sociales, las emociones políticas y las tensiones del presente para comprender el fenómeno Milei, la imagen presidencial y los efectos del caso Adorni.
Miércoles, 08 de julio de 2026 01:29
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Entender cómo vota hoy el electorado argentino ayuda a iluminar varios interrogantes del presente, entre ellos la imagen presidencial y el impacto que puede tener sobre ella el llamado efecto Adorni, exvocero y luego jefe de Gabinete de Javier Milei, cuestionado por denuncias vinculadas a sus viajes, su patrimonio y un presunto uso indebido de recursos públicos, cuya continuidad el presidente intentó sostener hasta que la presión política y pública terminó por volverla inviable. Esa misma mirada también permite anticipar, al menos en parte, cómo podrían comenzar a configurarse las próximas elecciones presidenciales. Relevamientos propios y compartidos por colegas coinciden en que el fenómeno Milei nació y todavía se sostiene en una sociedad fragmentada, cansada de la política tradicional y atravesada por una profunda desconfianza hacia la dirigencia, en un contexto de pobreza, desigualdad e incertidumbre económica. Pero en la Argentina persiste, además, un rasgo singular: incluso muchos sectores objetivamente empobrecidos siguen identificándose con la clase media, porque mantienen valores y aspiraciones ligados al estudio, el trabajo y la movilidad social. El propio INDEC muestra una sociedad donde el capital educativo sigue siendo un organizador central de expectativas.

Para entender de manera práctica cómo se organiza hoy la decisión electoral, resulta útil pensar la sociedad en tres grandes franjas -clase alta, clase media y media baja, y clase baja - y, al mismo tiempo, en un rasgo muy argentino: aún sectores golpeados económicamente siguen sintiéndose parte de la clase media porque conservan una fuerte aspiración de movilidad ligada al estudio, el trabajo y la superación. Sobre ese trasfondo puede leerse mejor el mapa político actual: un núcleo mileísta cercano al 30%, un 20 o 25% de votantes peronistas, kirchneristas y de izquierda, un 10 o 15% de electores que se mueven desde la lógica del mal menor y un 30 o 35% de representación inestable, donde conviven abstención, voto en blanco, voto bronca, desencanto y oscilación.

Antes de detenernos en cada sector, conviene advertir que las clases sociales también se distinguen por su relación con el tiempo: la clase alta mira más al futuro y conserva margen para leer el pasado; la clase media se mueve entre pasado, presente y futuro; y la clase baja, condicionada por la urgencia, queda mucho más concentrada en el presente.

1. Clase alta — alrededor del 10%: se mueve desde un presente generalmente resuelto, con la mirada puesta en el futuro y el largo plazo, pero también con una lectura del pasado que funciona como referencia para preservar estabilidad, posición y orden. No es un sector homogéneo, aunque predomina en él una sensibilidad más liberal, antiperonista o de centroderecha, orientada a valorar previsibilidad, baja de impuestos, apertura económica y control del conflicto social. Allí Milei encontró apoyo por su promesa de orden macroeconómico, disciplina fiscal y confrontación con el populismo. Sin embargo, ese respaldo no es incondicional: una parte importante de la clase alta lo acompaña mientras no ponga en riesgo la gobernabilidad, los negocios o la inserción internacional del país. Más que por necesidad inmediata, este sector se guía por la estabilidad, el clima de inversión, la seguridad jurídica y el rechazo a la demagogia populista. Su temor no pasa por la urgencia del presente, sino por retroceder hacia escenarios de desorden, inflación, cepo o pérdida patrimonial.

2. Clase media y media baja - alrededor del 35%: es el sector más importante para entender a la Argentina. Se mueve entre las urgencias del presente, la expectativa de futuro y el recuerdo de un pasado que funciona como advertencia frente al temor de descenso social. Allí conviven empleados, profesionales, comerciantes, docentes, técnicos, independientes y pequeños emprendedores que, aun con ingresos deteriorados, siguen aferrados a una idea muy argentina de ascenso ligada al estudio, el esfuerzo y el trabajo. Por eso fue un sector decisivo para Milei: muchos sintieron que el sistema tradicional ya no les garantizaba progreso ni estabilidad. Pero también es el segmento más volátil. Más que por ideología, se guía por pragmatismo: puede acompañar a un gobierno si cree que ofrece orden y horizonte, y puede retirarle su apoyo con la misma rapidez si siente que hizo el esfuerzo y no mejoró.

3. Clase baja — alrededor del 55%: vive mucho más condicionada por la urgencia del presente que por la memoria del pasado o la proyección hacia el futuro. Allí pesa menos el miedo a caer que la necesidad de sostener la vida cotidiana. Conviven en ese universo pobres estructurales, trabajadores precarios, informales, beneficiarios de asistencia, sectores vulnerables urbanos y parte de la nueva pobreza, todos atravesados por fragilidad material, empleo inestable y carencias en servicios básicos. Por eso, en este sector gravitan más la cercanía concreta, la ayuda, la presencia del Estado, la seguridad y la posibilidad de alivio inmediato. Históricamente fue más receptivo al peronismo, pero Milei logró perforarlo a través del voto bronca y del rechazo a la política tradicional. En muchos casos no se trató de una adhesión ideológica al liberalismo, sino del deseo de castigar a los responsables del fracaso y romper con lo conocido. Por eso mismo, también es un apoyo más inestable y muy sensible a cualquier deterioro en las condiciones de vida.

La clase alta elige sobre todo por orden macro, estabilidad y rechazo al populismo. La clase media y media baja elige por una combinación de mérito, miedo al descenso, agotamiento con la política tradicional y búsqueda de futuro. La clase baja elige entre protección, bronca, cercanía y expectativa concreta de alivio. Milei ganó porque logró unir tres emociones muy distintas: el rechazo de sectores altos al kirchnerismo, la frustración de la clase media que siente que se cae, y la bronca de sectores bajos que quisieron castigar a toda la política. Milei logró juntar esas tres energías, pero gobernarlas es mucho más difícil que unirlas electoralmente. Al respecto, diez ideas-fuerza:

1. Milei no ganó porque toda la Argentina se haya vuelto liberal; ganó porque logró canalizar el cansancio, la bronca y la desconfianza hacia la política tradicional.

2. Hoy la sociedad argentina está menos ordenada por identidades partidarias estables y más atravesada por emociones como enojo, frustración, miedo al descenso y hartazgo.

3. Hay un núcleo duro mileísta que acompaña por convicción, pero también hubo mucho voto de castigo: gente que no eligió enamorada, sino decepcionada de lo anterior.

4. La clase media sigue siendo el actor social más importante para entender la política argentina, aun cuando esté más empobrecida y amenazada que antes.

5. Esa clase media vota con el bolsillo de hoy, con el temor a caer y con la esperanza de recuperar orden, progreso y previsibilidad.

6. En los sectores bajos, el voto muchas veces combina necesidad material, cercanía territorial y bronca contra una dirigencia que sienten lejana e indiferente.

7. En los sectores altos pesa más la búsqueda de estabilidad, reglas claras, control de la inflación y rechazo al populismo que la identificación emocional con un líder.

8. El rasgo más singular del votante argentino es que incluso muchos sectores golpeados siguen pensando en clave de ascenso social, educación y esfuerzo personal.

9. Por eso, en Argentina no alcanza con asistir ni con ajustar: la sociedad quiere además una narrativa de futuro, mérito y movilidad.

10. La fortaleza electoral de Milei estuvo en unir mundos sociales distintos detrás de un rechazo común; su desafío de gobierno es sostenerlos cuando cada uno espera algo diferente.

El caso Adorni puede dañar la imagen de Javier Milei no sólo por las denuncias en sí, sino por la forma en que el Presidente decidió administrarlo. Primero intentó sostenerlo todo lo posible; sólo cuando el peso de las acusaciones y la presión pública se volvieron demasiado grandes terminó pidiéndole la renuncia. Ese recorrido ya dejó una marca: si lo hubiera apartado de inmediato, Milei habría reforzado su promesa de no tolerar privilegios ni desvíos. Al sostenerlo, en cambio, quedó expuesto a una lectura adversa: la de haber querido proteger a un aliado hasta que ya no tuvo margen.

El problema se agravó con una imagen de enorme carga simbólica: tras la asunción del nuevo jefe de Gabinete, Santilli, los tres se abrazaron. Lejos de clausurar la crisis, esa escena abrió una pregunta inevitable en la opinión pública: si el presidente sostuvo hasta el final a Adorni y el nuevo jefe de Gabinete quedó incorporado a ese gesto de cercanía, ¿se trató sólo de una despedida personal o de una señal de continuidad política y moral? En política, esos gestos no son neutros. Es una imagen deja abierta la duda sobre complicidades, tolerancias o continuidades, suele dañar más que cualquier explicación posterior y lo que es más grave, abre un significante vacío sobre el que cada ciudadano proyecta su propia interpretación, sus sospechas y su juicio sobre el poder.

El impacto es transversal, aunque distinto en cada clase social. En la clase alta erosiona confianza en la seriedad del liderazgo; en la clase media golpea en la coherencia entre lo que se promete y lo que se hace, golpea en la idea de mérito, esfuerzo y reglas parejas; y en la clase baja reactiva una percepción devastadora: que, al final, la política siempre protege a los suyos. Por eso, el daño para Milei no pasa sólo por haber perdido a un funcionario, sino por haber dejado flotando una sospecha más profunda: que detrás del discurso de ruptura puede asomar, una vez más, lo mismo de siempre.

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