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En Salta existen varias comunidades originarias en Rivadavia, San Martín y Orán, especialmente, en zonas como Misión Chaqueña, Santa María, Embarcación y Tartagal.
Las comunidades wichi son de las más golpeadas por el frío extremo. Es esperable, pues viven en chozas de palo y plástico, inadecuadas cuando la zona subtropical amanece con un grado de mínima el frío y, además, las familias no tienen gas, pues cocinan y se calefaccionan con leña. Pero a raíz de los extensos desmontes en la zona, juntar leña implica caminar mucho con un suelo mojado y helado que se torna peligroso.
Las precarias chozas no tienen piso. Están directamente sobre la tierra húmeda y helada. Con altos índices de desnutrición sumados al frío invernal, la neumonía es una amenaza letal para los niños. Para peor, muchas de estas familias viven a entre 50 y 100 kilómetros de los hospitales, y si llueva o nieva, nadie puede salir.
El frío es impiadoso con las comunidades que carecen de agua potable y segura, y que habitualmente se bañan en el río.
El clima impacta también en la asistencia a las escuelas. Y, en estas zonas, la escuela es sinónimo de comida, pero los caminos inundados o helados son un impedimento para los niños, que tienen allí su única comida caliente. Y cuando las clases se suspenden por el frío, se pierden la vianda.
Ni que hablar de la falta de ropa adecuada y de útiles escolares. Esto sucede todo el año, y muchas veces son las ONGs de la sociedad civil las que ayudan aportando muchos de estos elementos.
El frío también afecta el trabajo. Las artesanías no se venden, o se venden menos pues no hay turismo y no hay quien compre en las rutas. En invierno no abundan la caza ni la pesca. Y los planes oficiales no alcanzan para comprar garrafas, comida y abrigo.
Para peor, en el invierno no hay campañas electorales y nadie se acuerda de las comunidades con frío y sin gas ni frazadas. El problema de fondo no es el frío, sino el aislamiento. El invierno lo visibiliza. Es un problema que se plantea todos los años. Es un tema que se plantea todos los años y no hay solución de fondo, cambios estructurales.
Y esos cambios van a llegar cuando se les garantice calidad de vida, entre otras cosas, el acceso a la educación permanente y a la capacitación laboral constantemente actualizada.
Las comunidades chaqueñas están formadas por argentinos privados de derechos sociales. Es necesario conocerlos, empatizar y hacerse cargo, especialmente, quienes han asumido responsabilidades institucionales.
Son grupos humanos que viven con estilos ancestrales. Entenderlos y abordar su realidad supone olvidar el oportunismo electoral y asumir el deber de Estado de garantizar "una vida digna a todo quien habite el suelo argentino". Es un problema sociológico y antropológico, que existe y es lacerante.
Quienes aceptamos las exigencias de los Derechos Humanos no podemos quedarnos de brazos cruzados, o meramente ocuparnos como de una curiosidad etnográfica, objeto de estudio o proyecto de investigación universitaria, sino como una realidad dramáticamente humana que atraviesan nuestros comprovincianos.
Y no basta con donaciones.
Es necesario ubicarse en el terreno, conocer su identidad, sus valores y sus expectativas. Desde allí, realizar una planificación completa, con objetivos de inmediato, mediano y largo plazo, apuntando a una integración genuina y respetuosa. No es una obra de caridad, sino una restauración efectiva de derechos.
De esta tarea deben participar los organismos estatales, las universidades y las ONG. Pero los protagonistas deben ser las propias comunidades, porque ningún pueblo libera su potencial si se pretende transculturarlo.
Es el gran desafío de Salta. Y será posible, con compromiso y constancia.