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"Si no le gustan mis principios, tengo otros"

Viernes, 10 de julio de 2026 01:18

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Es difícil entender cómo, el Gobierno, a esta altura del partido no aprendió que su famoso "Principio de Revelación" es una avenida de doble mano que revela tanto de los ignominiosos ajenos como de ellos mismos. Es verdad que, durante bastante tiempo, funcionó en un único sentido. Cada vez que la Justicia, el Congreso, los gobernadores o cualquier actor institucional frenaba algún avance libertario, el oficialismo sostenía que allí quedaba expuesta la casta. Ante cada obstáculo el poder gritaba que la obstaculización revelaba quiénes defendían privilegios, resistían el cambio, bloqueaban las reformas y pretendían impedir el nacimiento de una Argentina mejor.

El problema es que el principio sigue funcionando. Sólo que comienza a mostrar las cosas en ambos sentidos. De tanto invocarlo comenzó a mostrar no sólo aquello que el Gobierno declamaba combatir sino, también, todo aquello que el Gobierno está dispuesto a sostener cuando la conveniencia política lo vuelve funcional.

Así, aquí aparece una pregunta más incómoda que cualquier contradicción; ¿qué ocurre cuando quienes eran casta, corruptos, comunistas, inútiles, montoneros, tira bombas o enemigos de la Patria y de la Libertad se convierten, de pronto, en aliados, ministros, jefes de Gabinete o sostenes de la gobernabilidad? La respuesta desnuda un mecanismo; un modo de funcionar; cómo se administran los principios según la oportunidad.

Y el problema no es que alguien cambie de opinión. Cambiar de opinión puede mostrar inteligencia, aprendizaje o humildad. Nadie debe quedar preso de cada frase dicha en el pasado. Pero una cosa es cambiar de opinión y otra distinta transformar cada principio en algo circunstancial. Sostenerlo con violencia y ferocidad mientras sirve y abandonarlo sin pudor cuando comienza a molestar.

Los principios demuestran su valor cuando sostenerlos tiene un costo y, así y todo, se decide sostenerlos. Pero, cuando sólo se los tolera mientras benefician, nunca fueron principios; sólo fueron consignas de ocasión. Por eso la designación de Diego Santilli como jefe de Gabinete - en reemplazo del fallido, indefendible e insostenible Manuel Adorni - resulta reveladora. No por Santilli; tampoco por Adorni; por el mecanismo. Milei había insultado a Santilli con epítetos irreproducibles acusándolo de sostener un estilo de vida difícil de explicar. Igual que Adorni. Pero hoy lo incorpora al centro del poder. La casta deja de importar apenas se ubica del lado correcto del mostrador. Si alguien está afuera, es parte del problema. Si entra, se transforma en solución. Si obstruye, es casta. Si acompaña, es patriota. Si cuestiona, es enemigo. Si sostiene, es aliado. En cada caso no estamos frente a una conversión doctrinaria ni ante una maduración intelectual ni institucional sino frente a una política donde los principios se conservan o se descartan según la oportunidad.

Algo similar había ocurrido con Patricia Bullrich quien pasó de ser una "montonera tira bombas" y alguien que debía ser juzgada y que debía explicar lo que había hecho en los años setenta; a ser ministra, garante de orden y columna central del experimento libertario. No cambió el pasado de Bullrich. Cambió su utilidad presente. Y cuando la utilidad presente se vuelve suficiente el pasado deja de importar. Así, el principio de revelación revela por demás. Muestra que la lucha contra la casta era menos una categoría moral que una herramienta de presión. Que los principios son negociables. Que la corrupción ajena es intolerable pero que la cercana es administrable. Que la indignación no nace de principios serios ni firmes sino de ubicaciones coyunturales en el tablero del poder.

"El principio de revelación ya no desnuda a la casta: desnuda la facilidad con la que el poder llama principios a sus conveniencias."

Por supuesto que nada de esto absuelve al kirchnerismo. A esta altura, queda poco por decir de un movimiento que naturalizó la corrupción, que tergiversó cada causa noble, que degradó cada institución y que convirtió al Estado en botín. Pero el mileísmo solía repetir: "nosotros no somos lo mismo", "nosotros somos distintos". El principio de revelación vuelve a funcionar: tampoco eso es verdad.

Porque no hay corrupción chica. No hay amoralidad aceptable cuando la protagonizan los propios. No hay degradación institucional menor si sirve para derrotar al adversario. No hay principio que sobreviva cuando se lo invoca sólo contra los enemigos y se lo esconde frente a los propios. La política argentina está demasiado llena de dirigentes capaces de cambiar de discurso con una flexibilidad sorprendente. Pero el problema no se reduce a ellos. También es el de una sociedad que tolera que la pertenencia subordine al juicio; que la conveniencia reorganice los valores; que la coherencia moral sea algo insustancial. El problema no comienza cuando un dirigente cambia sus principios sino cuando la sociedad deja de exigirle el costo de haberlos cambiado.

Groucho Marx lo formuló como una broma perfecta: "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros". En Argentina, esa frase dejó de ser un chiste; se hizo método; la forma de administrar el poder. La repite, una y otra vez, un gobierno forzado - por circunstancias que ellos mismos se crean - a volantear sin mirar atrás.

El principio de revelación funciona en ambos sentidos. Sólo que ya no desnuda a la casta sino la flexibilidad con la que el oficialismo -y parte de la sociedad- llaman principios a lo que, en verdad, sólo son conveniencias de ocasión.

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