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Una creación humana que interpreta la esencia de nuestro pensamiento

El desarrollo de la Inteligencia Artificial, que evoluciona vertiginosamente, podría producir la paradoja colosal de que llegue a enseñarnos la naturaleza de nuestra capacidad de conocer y razonar.
Domingo, 02 de agosto de 2026 00:58
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Desde siempre, la humanidad asumió que la comprensión del universo debía pasar –necesariamente– por la inteligencia humana. Incluso las herramientas científicas más sofisticadas eran extensiones transparentes de nuestra racionalidad. El telescopio ampliaba la visión. El microscopio expandía la percepción. La computadora multiplicaba la capacidad de cálculo. Nuestras herramientas sólo potenciaban nuestra capacidad de razonar mejor al proveernos de mejor información.

Durante todo este proceso, el ser humano siempre ocupó simultáneamente el rol de observador y de medida del conocimiento.

Incluso cuando ignorábamos fenómenos concretos, seguíamos suponiendo que la estructura última de esa comprensión dependía sólo de nuestras propias capacidades. De dar con una mejor teoría. De lograr comprender mejor.

La inteligencia artificial, hoy –una herramienta que rompe con la tradición de ser una extensión transparente de nuestra racionalidad– introduce una nueva forma de quiebre. No sólo amplifica nuestras capacidades cognitivas, sino que, también, descubre patrones, infiere teorías desde ellos y efectúa predicciones y descubrimientos aun cuando nosotros mismos no seamos capaces de reproducir su lógica ni sus procesos internos, ni de explicar cómo logró esos resultados.

¿No sería paradójico, entonces, que una inteligencia artificial nos ayude a revelar los misterios de la conciencia o de la percepción; misterios que no logramos comprender con nuestra propia inteligencia?

Hay incomodidades en el planteo. ¿Cómo podría una inteligencia no humana ayudarnos a definir y entender qué significa comprender? ¿Cómo podría una inteligencia sintética - creada por nosotros y, encima, opaca -, ayudarnos a definir y a entender qué es y cómo funciona nuestra propia inteligencia? ¿O cómo surgió? La paradoja adquiere una dimensión todavía más perturbadora cuando recordamos algo elemental: hacemos esto porque tampoco entendemos cómo funciona nuestra propia mente. Nuestro propio proceso de pensamiento es, también, opaco para nosotros mismos, a pesar de los extraordinarios avances que produjo la neurociencia en las últimas décadas.

Podemos mapear regiones cerebrales enteras, identificar correlaciones y secuencias neuronales, y describir procesos químicos con gran precisión. Sin embargo, seguimos lejos de resolver preguntas fundamentales como ¿qué es la conciencia? ¿Qué significa pensar? ¿Cómo emerge la experiencia subjetiva? ¿Por qué existe una percepción subjetiva consciente en lugar de un simple procesamiento mecánico de información?

La situación me hace pensar en la célebre frase de Max Planck: "La ciencia no puede resolver el misterio definitivo de la Naturaleza. Y es porque, en último término, nosotros mismos somos parte del misterio que intentamos resolver". Creo que allí reside el núcleo más profundo del problema. La humanidad intenta entender cómo funciona la mente utilizando su mente como instrumento de observación. El observador y el objeto de observación coinciden.

Así, al menos desde el punto de vista del método científico, la inteligencia artificial podría estar introduciendo una alteración radical.

La tradición occidental tendió a asociar inteligencia con racionalidad deliberativa. Sin embargo, la enorme mayoría de los modelos sintéticos actuales son capaces de deliberar, pero lo hacen mucho más cerca de la intuición probabilística que de la lógica clásica. Es como si la inteligencia artificial quisiera obligarnos a reconocer cuánto de nuestro propio proceso de cognición ya funcionaba de manera probabilística desde mucho antes de la explosión de la IA.

La intuición humana produce respuestas correctas sin que podamos explicar cómo llegamos a ellas. Reconocemos rostros, comprendemos tonos emocionales, improvisamos metáforas y anticipamos situaciones complejas mediante mecanismos cuya arquitectura profunda permanece todavía inaccesible a nuestro entendimiento.

La aparición de estos sistemas capaces de producir lenguaje, inferencias y descubrimientos complejos nos obliga también a replantear la antigua fantasía humana según la cual creemos que el pensamiento humano es transparente para sí mismo. Quizás nunca lo fue. Nosotros también tenemos nuestra propia gran opacidad. Quizás la inteligencia artificial no esté revelando tanto sobre las máquinas como revela sobre nosotros mismos. La inteligencia artificial podría estar funcionando como un gran espejo epistemológico de la inteligencia humana.

Pero, desde una perspectiva científica, esta podría ser la primera vez en la que el observador y el sujeto de la observación quedan algo más disociados. Quizás la IA sí pueda aproximarse y estudiar nuestro proceso cognitivo algo más desde afuera que nosotros; y modelarlo, entenderlo y explicarlo sin ser el experimento. Salvo por el pequeño detalle de haber sido creada por nosotros.

Los sistemas cognitivos actuales comienzan a intervenir ahora sí de manera activa y relevante en investigaciones científicas sobre percepción, cognición y comportamiento. Redes neuronales entrenadas con datos psicológicos permiten predecir decisiones humanas con niveles de precisión inéditos. Modelos cognitivos artificiales empiezan a funcionar como laboratorios experimentales para explorar hipótesis sobre memoria, aprendizaje o razonamiento.

La situación se vuelve extraordinariamente circular. Usamos inteligencias artificiales inspiradas en cómo creemos que funciona el cerebro humano, para intentar comprender el cerebro humano que creó a esas inteligencias. Y lo hacemos sin comprender plenamente a ninguno de los dos. Esta circularidad epistemológica constituye quizás uno de los rasgos más extraños del presente científico. El resultado es un escenario filosóficamente inédito. Una paradoja colosal.

A pesar de todo, creo que vamos a terminar respondiendo mucho antes, y mejor, preguntas complejas sobre el universo antes que descubrir lo que nuestra mente decide ocultar. Una de las dificultades más grandes del debate actual consiste precisamente en la enorme confusión y dispersión de definiciones que existen alrededor de términos como inteligencia, conciencia, razonamiento o comprensión.

Así y todo, y a pesar de toda esta dificultad para definirlas - que evidencian la dificultad para comprenderlas -; todos estos términos funcionaron durante siglos como el último refugio de la singularidad humana. Incluso quienes aceptaron la delegación del cálculo, la inferencia sintética o ciertas formas nuevas de razonamiento no biológico; siguen suponiendo que la experiencia subjetiva de la cognición - auto percibirse como un ente que se piensa a sí mismo - permanecerá fuera del alcance de cualquier sistema artificial. La inteligencia artificial no destruye necesariamente esa convicción. Pero la vuelve algo más difícil de sostener con comodidad. Porque cada vez que un sistema produce creatividad, lenguaje, intuición o descubrimientos, la frontera se desplaza. Y cuanto más se desplaza más incómoda se vuelve la pregunta: ¿qué es exactamente aquello que seguimos considerando tan humano y de nuestra propiedad?

La conciencia de uno mismo parece ocupar ahora ese último territorio. Pero incluso allí aparecen dificultades filosóficas enormes. Nunca tuvimos acceso directo a la experiencia subjetiva de otra inteligencia. Inferimos conciencia a partir de comportamiento, lenguaje y semejanza biológica. La inteligencia artificial introduce una anomalía radical ya que son sistemas cognitivos capaces de producir comportamientos lingüísticos complejos sin compartir ninguna de nuestras condiciones biológicas. Pero esto obliga a revisar preguntas antiguas bajo circunstancias nuevas.

Y aquí aparece otra dimensión perturbadora: que la humanidad podría terminar conviviendo con inteligencias no biológicas cuya forma de operar resulte radicalmente distinta a la nuestra - e incomprensible - y, aun así, sean lo suficientemente sofisticadas como para participar en forma activa de los procesos de descubrimiento, interpretación y producción de conocimiento. Y a sabiendas de que, en el extremo, hasta nos podríamos convertir en los cobayos de nuestra propia creación.

La humanidad construyó inteligencias artificiales para ampliar su conocimiento del mundo. O tal vez sólo para saciar esa voracidad prometeica por convertirse en dioses. Todavía no tengo del todo claro por qué, creo que más lo segundo que lo primero.

En el proceso, podría terminar descubriendo que esas inteligencias también podrían expandir nuestro conocimiento sobre todo aquello que todavía ignoramos sobre nosotros mismos. Me pregunto qué podría ocurrir con nuestra idea de humanidad si inteligencias no humanas pudieran comenzar a ayudarnos a explorar territorios cognitivos, perceptivos y epistemológicos a los que la propia inteligencia humana nunca pudo acceder.

Porque entonces la gran paradoja no consistirá sólo en crear máquinas capaces de pensar y que piensen sobre nosotros. La paradoja verdaderamente colosal será descubrir que necesitábamos construir otra inteligencia no natural para lograr comprender la nuestra. La circularidad epistemológica de lo que estamos haciendo marea. Pienso en Chuang Tzu (*) que soñó ser una mariposa y que, al despertar, ignoraba si era Tzu habiendo soñado ser mariposa o si era una mariposa que soñaba ser Tzu.

* Chuang Tzu fue un influyente filósofo chino del siglo IV antes de nuestra era

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