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"Asunto entre privados", el principio de revelación

Frente al endeudamiento forzado de millones de familias, Milei y Caputo explicaron por qué no piensan en ninguna salida de emergencia.
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Javier Milei se ha complacido, en reiteradas ocasiones, en invocar lo que él llama "el principio de revelación", una fórmula que le permite transformar sus derrotas políticas en supuestas victorias. Así ocurrió, por ejemplo, cuando numerosos legisladores se resistieron a aprobar a libro cerrado algunas de sus leyes "ómnibus": Milei presentó esa resistencia no como el fracaso de su estrategia parlamentaria, sino como una exitosa operación destinada a revelar a los integrantes ocultos de la llamada "casta".

La semana pasada, sin embargo, fue el propio presidente quien incurrió en una suerte de sincericidio que también puede leerse a la luz de ese principio. Milei sostuvo que las familias que tomaron créditos y hoy no pueden pagarlos deberían resolverlo por su cuenta, porque nadie las obligó a endeudarse.

El ministro de Economía, Luis Caputo, y el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, ratificaron la posición: no habrá salvatajes estatales, monetización de deudas, subsidios de tasa ni un peso público destinado a absorber la morosidad.

Para los votantes de Milei, esa respuesta frente a una situación que golpea a millones de familias también puede operar como un principio de revelación, aunque no en el sentido que él imaginó. Lo que se revela esta vez es la distancia entre el discurso de un líder que se presentó como defensor del "pueblo" contra la casta y una concepción del mundo en la que el sufrimiento concreto de las personas queda reducido a un problema de gestión contractual. La solidaridad deja de ser una responsabilidad política y pasa a ser tratada como una distorsión del mercado, algo que interfiere con el precio correcto de las cosas.

El desencanto, por lo tanto, no es solamente emocional. También es simbólico. El dirigente que prometía enfrentar a la casta termina hablando desde una lógica que naturaliza la exclusión y convierte la vulnerabilidad en una falla individual. Quien perdió el empleo, no llega con la cuota o quedó atrapado en una deuda impagable ya no aparece como un ciudadano atravesado por una crisis económica, sino como el único responsable de haber firmado un papel.

En ese momento el voto deja de ser un acto de esperanza y se transforma en un espejo incómodo. Cada votante tiene que preguntarse si eligió a un representante o si, sin darse cuenta, terminó validando una doctrina que, llevada hasta sus últimas consecuencias, prescinde de la compasión como criterio de gobierno y considera que toda obligación colectiva es, en el fondo, una forma de coacción.

Y acá el "principio de revelación" vuelve a jugarle en contra, porque esta vez ni siquiera hizo falta interpretarlo: lo dijo él mismo, sin metáfora de por medio. "Sí, soy cruel", proclamó meses atrás ante empresarios y militantes, y remató enumerando con orgullo a quiénes: empleados públicos, "estatistas", "kukas inmundos". No es una frase que haya que descifrar entre líneas ni una filtración que la oposición sacó de contexto: es autodefinición, dicha desde un atril, aplaudida de pie. Cuando alguien se confiesa cruel y lo celebra como un atributo de gestión, lo único que queda por hacer es tomarle la palabra.

Milei no advirtió, o no le importó advertir, que la respuesta esperada por los seis millones de familias endeudadas no era solo de contenido económico. Los ciudadanos morosos necesitaban, aunque fuera, una frase de aliento o una mentira piadosa. El Estado no está atado exclusivamente al auxilio financiero: tiene muchas maneras de acompañar a la parte débil de una relación desigual, empezando por reconocer que es desigual. Milei parece considerar al ser humano principalmente como agente económico - productor, consumidor, contribuyente, inversor - y no como sujeto de derechos, afectos, necesidades y responsabilidades colectivas. Ese es, en definitiva, el núcleo ético de la objeción: no se trata de negar la importancia de ordenar la economía, sino de cuestionar que ordenarla se convierta en el fin supremo de la vida pública.

Hay que reconocer, de todos modos, que la fórmula tiene cierta belleza, lindante con la genialidad. "Asunto entre privados": tres palabras que, dichas con la calma de quien no tiene nada que reprocharse, alcanzan para correr al Estado del centro de la escena y devolverlo a su lugar natural, que según parece es ningún lugar. El moroso y el acreedor son, en esta ficción, dos almas libres negociando bajo las estrellas, sin la sombra opresiva del Estado. Nadie menciona, claro, que uno de los dos privados tiene estudios jurídicos y contables a disposición, bases de datos repletas de información sobre el otro, espaldas económicas para aguantar cualquier cosa y un poder de fuego regulatorio equivalente al de un país mediano; y que el otro tiene hambre, un sueldo que no le alcanza y una ignorancia casi total de los recovecos financieros que el primero diseñó a su medida. Pero llamarlos a ambos "privados" tiene la ventaja retórica de emparejarlos, al menos en el papel, que es el único lugar donde alguna vez estuvieron parejos.

No debería sorprendernos, en realidad. Si, como sostienen los devotos del anarcocapitalismo, el Estado es una "mafia legalizada", un aparato de saqueo institucionalizado que se presenta hipócritamente como protector, entonces no hay razón para que intervenga cuando la sociedad enfrenta una crisis. Desde esa perspectiva, todos los problemas de la gente son, por definición, "asuntos entre privados": la deuda, la enfermedad, el desempleo, la vivienda, la educación y hasta la supervivencia misma.

No pasará mucho tiempo hasta que los genios libertarios descubran la ductilidad de la fórmula y la apliquen con el mismo entusiasmo a todo lo demás. Para ahorrarles la tarea de pensar -mejor que no lo hagan- les dejamos el catálogo completo:

1.- Tengo COVID y no consigo cama. Asunto entre privados. Reclámele al murciélago, o a los chinos de Wuhan que se comieron los pangolines; el Estado no es garante de fauna silvestre.

2.- Hace cinco días que no tengo luz ni agua. Asunto entre privados. Negocie con la empresa privatizada de igual a igual: usted tiene una factura vencida y una vela, ellos tienen un teléfono de reclamos que no atiende y un equipo de 1542 abogados. Empate técnico.

3.- Me desvalijaron la casa. Asunto entre privados. Arregle directamente con el delincuente, que probablemente esté atravesando necesidades insatisfechas superiores a las suyas.

4.- Soy jubilado y tengo que elegir entre comer y comprar los remedios. Asunto privadísimo. Negocie con su propio cuerpo hasta encontrar un equilibrio razonable entre la insulina y el arroz.

5.- El colegio de mi hijo no tiene calefaccion y va a clases convertido en astronauta. Asunto entre privados. El Estado ya hizo su parte: puso las paredes y el techo. El frío corre por cuenta suya.

6.- Un camión sin control me chocó porque la ruta no tenía banquina. Asunto entre privados, entre usted y la física. Newton no es funcionario público.

7.- Cerró la fábrica del pueblo, la mató la importación. Asunto entre privados, entre la empresa nacional y el mercado global, ese árbitro imparcial que siempre falla para el mismo lado.

8.- No tengo con quién dejar a mi hijo para ir a trabajar porque cerró el jardín municipal. Asunto entre privados, entre usted y su planificación familiar. La próxima vez, calcule mejor antes de tener hambre de futuro y consulte si produce desequilibrio fiscal.

La lista, como se ve, es infinita, porque la fórmula no describe una excepción: describe una filosofía completa de gobierno, aplicable a cualquier situación en la que el Estado prefiera no aparecer. Un Estado que decidió no estar, salvo para cobrar impuestos, reprimir protestas, ponerles tope a los salarios y explicarle a los damnificados, con total tranquilidad, que la culpa es de ellos por haber nacido del lado equivocado del contrato.

Al final, el "principio de revelación" cumplió su función mejor de lo que Milei planeó, solo que en sentido inverso. No reveló a la casta escondida entre los diputados: lo reveló a él. Un hombre que ya había admitido, con la mano en el pecho y el micrófono en alto, ser cruel; que solo le faltaba explicar con qué excusa. "Asunto entre privados" es esa excusa: la crueldad convertida en protocolo, el desprecio traducido a lenguaje de manual de economía para que suene a principio y no a lo que es.

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