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Durante estos últimos dos meses, intenté ir describiendo –poco a poco– una transformación tecnológica que, probablemente, sea una de las más profundas de toda la historia humana. Con ejemplos concretos vimos cómo la inteligencia artificial comienza a disputar espacios que durante siglos fueron exclusivos del ser humano. Que lo definían. Cómo la IA produce conocimiento, descubre proteínas, escribe códigos, diseña imágenes, participa del proceso científico, reorganiza el trabajo, acelera el aprendizaje, fragmenta la realidad compartida desplazando uno de los últimos monopolios que conservábamos: el de la inteligencia.
Todo eso es cierto. Pero, después de recorrer este camino, aparece una pregunta un tanto más difícil. No qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué significa seguir siendo humano cuando deje de ser verdad que somos los únicos entes capaces de pensar.
Durante demasiado tiempo respondimos esta pregunta por exclusión. Éramos humanos porque las máquinas no razonaban como nosotros. Después porque no jugaban al ajedrez. Más tarde porque no escribían. Luego porque no pintaban, no programaban, no componían música, no descubrían proteínas, no participaban del conocimiento científico. Cada vez que una de esas fronteras era superada, simplemente corríamos a la frontera siguiente. Como si nuestra identidad consistiera en una permanente retirada. La sombra de una derrota intelectual interminable.
Quizás haya llegado el momento de abandonar esa huida hacia adelante. Quizás la humanidad deba dejar de definirse por aquello que las máquinas todavía no hacen para comenzar a preguntarse qué clase de ser quiere seguir siendo.
El proceso de pensar
Imagino que –sobre todo– seguir siendo humano es seguir siendo fiel a la esencia de ese homínido que, de pie, mira la luna y se pregunta por qué no se cae del cielo. Por qué el cielo diurno es azul y el nocturno, negro. Por qué las estaciones; por qué el calor del sol. Por qué el universo. Por qué las estrellas; por qué el Big Bang.
Saber que –al menos hoy por hoy–, sólo la brillantez de una mente humana fue capaz de escribir: "ser o no ser, esa es la cuestión"; condensando en una sola frase de ocho palabras un dilema existencial y la reflexión sobre si es mejor soportar los sufrimientos de la vida o terminar con ella, todo en la voz de un personaje complejo que se debate entre la resignación ante la injusticia y la incertidumbre de la muerte.
Para ello, reivindico la mal conceptualizada "fricción cognitiva". Reivindico el aprender. Su demora; su esfuerzo; el proceso lento; su "ineficiencia" y, sin embargo, la volición y la tolerancia a la frustración. La necesidad de comprender. De saber. No de obtener una respuesta correcta sino el poder explicar por qué una respuesta es tal y no cual. Porque, en realidad, nunca estudiamos sólo para saber. Nunca leímos para coleccionar información. Nunca escribimos para producir texto. Esas actividades siempre hicieron algo mucho más profundo: nos transformaban al hacerlo. «Yo no te hice, dice el Dios de Pico della Mirandola al hombre, ni celestial, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, para que, de ti mismo, como un artesano libre y soberano, te forjes y te esculpas en la forma que hayas elegido». Cada libro leído, cada problema matemático resuelto, cada idioma aprendido, cada instrumento musical dominado, cada argumento revisado, cada error corregido, cada texto escrito, nos modificaron en el proceso. El esfuerzo cognitivo nunca es "sólo" para incorporar conocimientos, sino que, ante todo, es para convertirnos –en el proceso– en otra persona.
Y me parece que aquí aparece una diferencia fundamental que la fascinación tecnológica parece hacernos olvidar: la inteligencia artificial puede entregarnos respuestas. Pero no puede recorrer nuestro camino. Puede resumir un libro en segundos, pero no puede leerlo por nosotros. Puede demostrar un teorema en fracciones de minutos, pero no puede darnos la paciencia intelectual que exige comprenderlo. Ni el placer de aprender a entenderlo. Puede escribir un ensayo casi perfecto. Pero no puede convertirnos en esa persona que llega a escribirlo después de años de lectura, investigaciones, dudas, errores, correcciones y descubrimientos.
El verdadero producto del aprendizaje nunca fue el conocimiento; siempre fue la transformación de quien aprende. Y, creo, esa diferencia cambia por completo la discusión, la desplaza. Porque durante siglos organizamos la educación alrededor de la transmisión de contenidos. Después comenzamos a hablar de competencias, habilidades y pensamiento crítico. Hoy, cuando una inteligencia artificial puede acceder a casi cualquier información disponible y producir respuestas razonables en segundos, la pregunta educativa se vuelve a desplazar.
Ya no sirve preguntarnos qué deben saber las personas. Sino que deberíamos comenzar a preguntarnos qué tipo de seres humanos queremos formar. Qué tipo de ciudadanos. Qué tipo de sociedad queremos lograr. Porque todavía somos el insumo básico de toda sociedad. E imagino que queremos seguir siéndolo.
Porque existe un riesgo silencioso que todavía discutimos poco. La inteligencia artificial no sólo reorganiza el acceso al conocimiento. También reorganiza nuestra relación con el esfuerzo. Y esto no es algo nada trivial.
Durante siglos aprendimos aceptando esa «fricción intelectual». Leer un libro exigía tiempo. Resolver un problema implicaba equivocarse. Comprender una teoría suponía convivir durante semanas con la frustración e incertidumbre. Esa lentitud no era un defecto del aprendizaje. No era una ineficiencia. Es una forma de aprender. A ser pacientes. A ser intelectualmente honestos con nosotros mismos y a esforzarnos más cuando es necesario. Eso es aprender; un camino lento y moroso. Un meandro. Una búsqueda constante. Un camino sin retorno desde la nada hacia la más completa incertidumbre.
Pero, hoy, aparece una tecnología cuya promesa consiste precisamente en eliminar esa fricción. En eliminar la distancia entre la pregunta y la respuesta. Que amenaza con poder eliminar la necesidad de la comprensión. Cada pregunta encuentra una respuesta inmediata. Cada dificultad puede resolverse con apenas un 'prompt' (*). Cada demora comienza a verse como una ineficiencia. Hasta la fricción cognitiva comienza a ser pensada como una fricción a eliminar.
Pero, insisto, conviene detenernos y preguntarnos si toda fricción merece ser eliminada. Yo no lo creo. Porque no nos fortalece el resultado; nos fortalece aquello que debemos atravesar para obtenerlo. La inteligencia artificial no vuelve escasa la inteligencia. Vuelve escasa la voluntad de realizar el esfuerzo cognitivo que permite desarrollarla. Por esto, la verdadera amenaza de la inteligencia artificial no consiste en volver innecesario el pensamiento humano, sino que haga innecesario el deseo de pensar. La voluntad de aprender. La necesidad de comprender.
Así, sospecho que, en un mundo donde cualquier respuesta parece encontrarse a unos pocos ´clics' de distancia, la diferencia entre las personas dejará de depender sólo de cuánto saben o de cuán efectivamente logran dar con una respuesta. Para mí, dependerá de cuánto deseen comprender.
Y comprender significa ser capaz de explicar por qué una respuesta es verdadera y otra no. Por qué un razonamiento es correcto y otro no. Por qué uno tiene una base sólida y otro no. Porque comprender significa construir y sostener una estructura de pensamiento propia. Un criterio propio. Y el criterio no aparece instantáneamente por generación espontánea; el criterio se forma.
Por eso creo que, en la era de la IA, el valor humano se desplazará desde la ejecución hacia el juicio; juicio que se irá transformando en un bien escaso. Pero no solo el criterio será escaso, sino que lo verdaderamente escaso – también – será decidir qué merece ser comprendido.
Reivindicando el valor de pensar
Así, vuelvo sobre ese homínido que, de pie, se hacía preguntas absurdas para cualquier criterio de supervivencia inmediata. ¿Por qué la Luna no cae? ¿Por qué cambian las estaciones? ¿Por qué existe el fuego? ¿Por qué morimos? Ninguna de esas preguntas mejoraba su capacidad para conseguir alimento. Pero todas ellas construyeron la ciencia, la filosofía, el arte y la civilización.
Lo humano nunca fue la inteligencia. Fue la curiosidad. Esa capacidad para demorarse frente a preguntas cuya utilidad nadie podía justificar. Porque hay preguntas cuya importancia no reside en que puedan ser respondidas, sino que reside en que transformarán a quienes decidan convivir con ellas.
Quizás persistir como humanos en la era de la inteligencia artificial consista en proteger ese territorio. El de las preguntas difíciles. El del pensamiento lento. El de la lectura que incomoda. El de la conversación que obliga a revisar convicciones. El de la creación que nace de una experiencia intransferible y no sólo de la respuesta dada por una recombinación probabilística.
La inteligencia artificial seguirá calculando mejor que nosotros. Descubriendo más rápido. Escribiendo mejor. Diseñando más rápido. Nada de eso disminuye nuestra dignidad. Lo que sí la disminuirá es el renunciar al esfuerzo mediante el cual las personas nos convertimos en personas.
Así, me parece que la pregunta decisiva de esta era de la IA es qué clase de seres humanos decidiremos seguir siendo cuando pensar deje de ser una obligación y se convierta, simplemente, en una elección. En una forma de vida.
(*) Un "prompt" es una instrucción, orden o pregunta que se escribe para comunicarse con un sistema de inteligencia artificial y lograr que realice una tarea específica.