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Tapices donde asoman secretos ancestrales

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Hoy recordamos a Carlos Luis "Pajita" García Bes, nacido en Salta en 1914, fundador y primer director de la escuela Tomás Cabrera y dueño de una inspiración brillante para recuperar el espíritu de las culturas ancestrales de Salta.

García Bes estudió dibujo y pintura en escuelas de bellas artes de Buenos Aires, egresando en 1938 como profesor nacional de dibujo y en 1942 como profesor superior de pintura. Integrado nuevamente en Salta desplegó una intensa actividad, revalorizando los secretos de las culturas primitivas de América.

Se formó con el maestro Emilio Centurión y tiempo después con Lino E. Spilimbergo, en la Universidad de Tucumán.

Se asumió como "tapicista" al descubrir la trama textil utilizada por las comunidades americanas en Cafayate. Fundó y dirigió la Escuela Provincial de Bellas Artes Tomás Cabrera en 1950, donde ejercía la docencia; además fue director de cultura y delegado del Fondo Nacional de las Artes. Realizó muestras de sus trabajos en Salta, Jujuy, Tucumán, Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires, Mar del Plata y en Francia. Realizó giras de investigación por Bolivia, Paraguay, Perú.

Gran conocedor de las culturas chané y chiriguana, de sus costumbres, ritos y ceremonias; en sus tapices aparecen la flora, la fauna, las leyendas y ese mágico mundo ancestral que lo lleva a su arte.

Su producción de tapices fue elevada, calculan unos 400, que se vendieron con marcado éxito en Uruguay, Bélgica, Francia, Suecia, Holanda, España, Estados Unidos, Japón.

Tuvo el reconocimiento de sus colegas y amigos como Esdras Luis Gianella, Jorge Hugo Román, Luis Preti, Raúl Brié, Carybé, Elsa Salfity, del estudioso Raúl Augusto Cortázar, de Alberto Rex González y del poeta Manuel J. Castilla, entre otros.

Su mágico taller El Caburé, sigue funcionando gracias al entusiasmo de su hijo, mi amigo, Rodrigo García Bes, que le sigue poniendo arte a esa historia milenaria de América. En los tapices de "Pajita" García Bes, está el paisaje que se desarrolla en los ríos Bermejo y Pilcomayo, donde está viva la memoria de los pueblos originarios; surgen los movimientos del "pin pin", los sabores del algarrobo, los secretos del yuchán, el diálogo de la lechuza con la luna y el tigre que acapara los territorios del sol.

Evocar a este artista plural que puso en sus manos el diamante de su arte, para perpetuar un tiempo maduro de historias. Salta recibió su formidable legado que cruzó por varias generaciones encontrando la adultez del ayer con códigos, respeto, identidad, que se constituyen en verdaderas lecciones para seguir avanzando por el camino de la creación. Sirvió como embajador de nuestra cultura, la prédica de su obra, que caminó distancias y pueblos.

Es menester tomar como ejemplo su historia personal, con profundo respeto por el origen, por ese mundo habitado por siglos por los primigenios habitantes de esta tierra nueva, pero no del todo, porque aparecen señales que asombran por todo lo aportado.

Recordarlo es un modo de cuidar la soberanía y la identidad, porque su arte muestra la patria de todos los tiempos, con sus paisajes, sus pájaros, sus sabrosas comidas hermanadas con el choclo y la melodía azul de su música, su danza y sus cantos. Gracias por la herencia, porque sigue motivando la argentinidad, en tiempos en que la memoria se pone frágil y se llena de olvidos. Volver a mirar tu arte es como, pintar nuevamente con los colores originales el paisaje de la patria. Que orgullo para Salta que sostiene con tu nombre y el de muchos artistas, el rico patrimonio del pueblo, tan lleno de duendes y de grillos, que surcan los cielos del ayer con impecable vuelo.

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