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En toda relación entre un líder y los liderados, la voluntad puede señalar el rumbo, pero es la emoción la que suele convertirlo en una causa compartida. En política, esa identificación se construye a partir de valores, símbolos, experiencias y vínculos de confianza. Por eso, en una sociedad como la argentina, el voto se explica por las propuestas y su vinculación con emociones como la esperanza, enojo, miedo, orgullo o el rechazo, entre otras.
El Mundial 26 volvió a mostrar un mecanismo central de la Comunicación Política y ver como una acusación externa puede activar con rapidez el sentimiento de pertenencia. Cuando distintas voces presentaron a la Argentina como un país esencialmente racista, la discusión pasó a involucrar la identidad colectiva y apareció el "nosotros". Argentinos enfrentados por la política, la economía y la grieta comenzaron a reaccionar como miembros de una misma comunidad. Las diferencias internas no desaparecieron, pero quedaron momentáneamente subordinadas a una identidad superior: podemos criticarnos entre nosotros, pero rechazamos que otros nos definan desde afuera.
El Mundial mostró que, cuando una comunidad siente cuestionada su identidad, el agravio compartido puede reunir a individuos dispersos alrededor de un mismo "nosotros". Allí, la comunicación social deja de limitarse a explicar y comienza a construir pertenencia. Desde la Consultoría Política, puede plantearse una hipótesis relevante: los argumentos ayudan a defender una posición, pero es la emoción compartida la que puede transformar esa defensa en identidad colectiva.
La secuencia parece seguir un recorrido reconocible: primero, una amenaza simbólica pone en cuestión quiénes somos; luego, la crítica deja de percibirse como dirigida a individuos aislados y alcanza al grupo en su conjunto; finalmente, esa herida compartida puede activar una respuesta de pertenencia y reconstruir el "nosotros". En ese proceso, el adversario externo logra, a veces sin proponérselo, aquello que los dirigentes internos no consiguen durante años: unir a una sociedad fragmentada. Esta herramienta comunicacional es tan potente como peligrosa. Puede utilizarse de manera legítima para reforzar la pertenencia, recuperar la autoestima colectiva y convocar alrededor de valores compartidos. Pero también puede ser manipulada mediante enemigos inventados, amenazas exageradas o nacionalismos destinados a ocultar problemas internos. Por eso la diferencia ética es fundamental: una comunicación responsable despierta una identidad común; una comunicación demagógica necesita fabricar adversarios para conservarla.
La Selección volvió a mostrar que los argentinos todavía poseen símbolos capaces de atravesar la grieta. La camiseta, la bandera y determinados liderazgos deportivos reconstruyen, por un instante, aquello que la política ha debilitado: una emoción colectiva en la que el "yo" vuelve a reconocerse dentro de un "nosotros".
La pregunta es inevitable: ¿por qué la política necesita una agresión externa o una final de un Mundial para conseguir que los argentinos vuelvan a sentirse parte de un mismo proyecto? Allí aparece la verdadera lección de la Comunicación Política: comprender qué activa la emoción colectiva —orgullo, pertenencia, memoria compartida y defensa de lo propio— y cómo puede construir una narración en la que millones sienten que cumplen algún papel. La campaña que logre despertar esas emociones sin recurrir al odio habrá encontrado algo mucho más valioso que un eslogan, habrá recuperado la capacidad de pronunciar, con credibilidad, la palabra "nosotros".
Milei frente al "nosotros" argentino
Para Javier Milei, ese clima representaba una oportunidad, pero también un terreno riesgoso. La Selección poseía una legitimidad social propia y cualquier intento demasiado visible de apropiarse de sus logros podría ser interpretado como oportunismo. Por eso, la conducta presidencial antes, durante y después del Mundial merece observarse como una secuencia comunicacional cuyos efectos podrían acumularse sobre su imagen.
Recordemos que la imagen presidencial se viene apoyando en tres pilares: la expectativa de recuperación económica, la lucha contra "la casta" y la demanda de mayor orden frente a la inseguridad. Sin embargo, el caso $LIBRA, las denuncias contra Adorni y los conflictos con jubilados y universidades comenzaron a instalar sospechas de corrupción e insensibilidad social. A ello se sumó la reivindicación de Margaret Thatcher que hizo Milei mucho antes del Mundial. En ese contexto, distintas mediciones registraban un deterioro de la imagen presidencial.
El Mundial introdujo entonces una oportunidad inesperada: frente a críticas externas contra la Argentina, Milei podía ingresar en el "nosotros" y presentarse como defensor de una identidad compartida.
Comenzado el Mundial, el fútbol funcionó como un paréntesis emocional que desplazó por un momento las preocupaciones cotidianas y devolvió a buena parte de la sociedad una experiencia de alegría compartida. En esa primera etapa, Milei actuó con cautela: acompañó los triunfos, elogió al equipo y evitó apropiarse de la escena, manteniéndose cerca de la emoción colectiva sin intentar ocupar su centro. Ese equilibrio comenzó a quebrarse en la previa de la semifinal contra Inglaterra. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, respaldó la prohibición de ingresar al estadio con banderas o camisetas alusivas a las Islas Malvinas y se refirió a ellas como el "mapita de Malvinas". La expresión generó rechazo porque pareció minimizar, desde el tono, un símbolo profundamente arraigado en la memoria nacional. Además, volvió a poner en primer plano la admiración por Margaret Thatcher que Milei había manifestado antes del Mundial y reactivó una contradicción sensible entre el Gobierno y uno de los componentes más fuertes del "nosotros" argentino.
Desde la comunicación social, las palabras, los gestos y el tono de una figura pública difícilmente sean percibidos como neutros. Revelan, o al menos sugieren, la importancia que esa persona atribuye a un tema. Por eso, aunque la funcionaria pretendiera explicar una restricción reglamentaria, la palabra "mapita" pudo transmitir distancia emocional frente a una causa profundamente arraigada en la identidad argentina.
Tras la semifinal contra Inglaterra, la bandera con la consigna "Las Malvinas son argentinas" reactivó una emoción nacional que trascendió al fútbol. Milei reafirmó el reclamo de soberanía, aunque calificó de "patrioterismo" su utilización política, una postura que podía parecer prudente en términos diplomáticos, pero emocionalmente distante para parte de la sociedad. El episodio dejó además una tensión comunicacional: un liderazgo identificado con "Viva la libertad" aparecía asociado a una restricción sobre la expresión de una causa profundamente sensible para los argentinos. Puede parecer impropio mezclar un acontecimiento deportivo con un reclamo de soberanía, pero no se puede desconocer que así funcionan los seres humanos. La Comunicación Política debe comprender que las emociones colectivas no respetan siempre las fronteras de la lógica institucional. También enseña que, si los actos parecen alejarse de la identidad que un liderazgo proclama, la percepción de incoherencia puede imponerse sobre cualquier explicación posterior.
Después de la final, Milei pareció advertir que tomar distancia de Malvinas y de los símbolos nacionales podía tener un costo político y emocional. La reacción al "mapita", la bandera "Las Malvinas son argentinas" y el clima frente a Inglaterra mostraron la fuerza transversal de ese sentimiento. Desde entonces, el Gobierno reforzó su discurso de soberanía y Milei buscó ubicarse como defensor de la Argentina frente a las críticas externas. Esa secuencia culminó con un decreto que permite impedir el ingreso o expulsar a extranjeros que inciten al odio contra los argentinos o ultrajen símbolos patrios, aunque deja abierto el interrogante sobre dónde termina la crítica y comienza el agravio.
En términos de Comunicación Política, podría interpretarse que Milei intentó transformar la emoción del Mundial en una defensa del "nosotros". El riesgo surgiría si ese "nosotros", originalmente amplio y transversal, comenzara a construirse mediante confrontaciones, exclusiones o la identificación de adversarios externos. La hipótesis es que una emoción colectiva puede ampliar un liderazgo cuando incorpora a otros, pero también puede reducirlo si termina reforzando nuevas fronteras entre quienes están dentro y quienes quedan afuera.
Esa misma sensibilidad parece haber reaparecido después en la discusión sobre el territorio. El proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada buscaba flexibilizar la venta de tierras a extranjeros, pero el rechazo político y social llevó primero a limitar esa apertura y finalmente a retirar ese capítulo. No puede afirmarse que la aparición de la bandera con la consigna "Las Malvinas son argentinas" durante el Mundial haya provocado ese retroceso, aunque sí que ocurrió en un clima donde soberanía, territorio y pertenencia habían recuperado una fuerte intensidad emocional. La lección parece sencilla: si el "nosotros" se activa alrededor de símbolos compartidos, puede ampliar un liderazgo siempre que ofrezca pertenencia; comienza a reducirlo cuando se transforma en una frontera destinada a separar aliados de adversarios.