¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

El momento de la verdad

Escuchar esta nota - 00:00

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Se detuvo el raid legislativo que buscaba lograr las "reformas más importantes de la historia de la humanidad"; y se contuvo donde suele acabar la política: en la falta de votos y en la necesidad de negociar antes que de imponer.

Pero, aún con esta pausa, el gobierno logró sancionar la Ley Penal Juvenil que entrará en vigencia en septiembre. Con ella, deberíamos comenzar a experimentar un descenso marcado y sostenido de los delitos y asesinatos en todo el país. Las imágenes dantescas de chicos empuñando armas contra ancianos, mujeres o niños deberían ser cosa del pasado.

Sancionó la Modernización Laboral así que el empleo formal debería subir –lento pero inexorable– desde la profundidad en la que se encontraba como "burbuja de buzo", para no citar la vulgar expresión presidencial.

Se ratificó el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur. Ahora, la exportación de patatas, granos, minerales, limones y carne debería provocar un boom exportador como jamás se vio. Y sigue vigente el llamado 'Acuerdo Milei–Trump', un entendimiento político antes que un tratado entre Estados. Pero, mientras dure Trump, durará también el acuerdo y Argentina podrá exportar más limones, más carne, más granos y muchas, muchas más patatas. En un contexto global de guerra, podemos aspirar a recuperar los niveles de ingreso per cápita con los que siempre nos quieren encandilar.

Podemos también importar ropa a buen precio y, con ese ahorro –como alguna vez explicó con tanta pedagogía el ministro Caputo–, comprar tecnología importada, autos eléctricos y bienes producidos con mano de obra esclava o infantil y subsidios estatales encubiertos. Así que sería bueno que "todos los tarados que hablan de la industria" no molesten más y se reconviertan rápido como para reabsorber los más de 110.000 empleos que se perderán tras los más de 3.000 cierres de empresas que se prevén considerando una capacidad ociosa versus la instalada superior al 40%.

También está vigente el RIGI, un régimen especialmente diseñado para los sectores tradicionales y de gran escala como minería, petróleo, gas, energía e infraestructura. Que el RIGI –y peor, el súper RIGI hoy frenado– estén hechos a la medida de grandes corporaciones dispuestas a expoliarnos sin piedad es un detalle que no nos debería ocupar. Con estas medidas, "al fin podremos salir de Cavernicolandia", como dijo Bertie Benegas Lynch, ese señor que pretende ignorar que atraer capitales no equivale a desarrollo y que un mayor PBI per cápita no garantiza una mejor distribución social.

Reglamentó el Fondo de Asistencia Laboral (FAL) –un régimen obligatorio destinado a financiar indemnizaciones previstas en la Ley de Contrato de Trabajo y otros estatutos especiales–. Si para reactivar el exiguo mercado financiero argentino hay que seguir desfinanciando el sistema previsional, pues que así sea; nada se logra sin daños colaterales. Además, lo explicitó el ministro Lugones: "en PAMI hay abuelos de más de 80 años. Es una carga muy grande".

Así que, si también hay que desfinanciar la educación, la salud y la ciencia, que así sea; nada puede malograr el sacrosanto equilibrio fiscal; menos aun cuando para sostener ese equilibrio fue necesario desplazar pagos hacia delante y haber triplicado la deuda del Estado con empresas y proveedores.

También aún con modificaciones pendientes en el Congreso está vigente la ley de "Inocencia Fiscal" (esa a la cual se acogió el ex jefe de Gabinete y su señora esposa), así que no hay escollo alguno para que los ahorros de ciudadanos argentinos en el exterior vuelvan al país. Cualquier argentino escaldado por siete décadas de desconfianza debería volver a confiar y repatriar su dinero al mercado financiero local. Caputo y Sturzenegger aun no lo hicieron –tienen depósitos importantes declarados en el exterior–, pero imagino que ya lo harán.

A todo esto, la casta habrá desaparecido. Es sabido que la pureza ideológica no es más que una cuestión de oportunidad así que, mientras Cristina Fernández de Kirchner, su hijo Máximo y La Cámpora –junto con el tren fantasma del peronismo– quedan confinados en San José 1111, en algún establecimiento penitenciario o en los meandros de su propia mediocridad; el gobierno podrá terminar de cooptar a toda casta remanente que pueda quedar por ahí.

En resumen y parafraseando a Francis Fukuyama, deberíamos comenzar a vivir nuestro propio "Fin de la Historia". A Argentina –y al sistema anarcocapitalista, faro de la nueva anti-ilustración universal encabezada por Peter Thiel– ya nada le impedirá crecer, expandirse y ser la potencia mundial que siempre se dijo que debíamos ser. Lo dijo Caputo: "Los próximos 18 meses van a ser los mejores que Argentina haya visto en las últimas décadas".

Lo bueno es que, si las reformas eran la condición necesaria y suficiente para convertirnos en una potencia, esta pausa legislativa permitirá algo que el vértigo reformista evitaba: tiempo para comprobar qué producen las reformas ya vigentes. Porque toda teoría económica resulta convincente mientras permanece protegida de la realidad. Es la realidad la que finalmente decide si una teoría describe el mundo... o simplemente una esperanza.

Así, si el crecimiento no llega, si el empleo no despega, si la pobreza no baja –la estructural; no la económica–, si la realidad sigue empecinada en no alinearse con el relato oficial; entonces habrá que considerar otra posibilidad; esa que tan bien describe Walter Neil Bühler: "en definitiva, como ocurre con todas las utopías, el experimento siempre funciona, excepto cuando alguien intenta llevarlo a la práctica". Pausa legislativa o no, ahora llega el momento de la verdad. El tiempo juzgará.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD