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Hablemos de infancias, infancias que nacieron en la cultura de la imagen, en un mundo donde hay más pantallas que voces humanas, que miradas.
Pensemos en qué formas usamos para nombrarlas: porque la forma en que nombramos a la niñez no es neutral, refleja la concepción del mundo, los valores y la estructura social de una época determinada. Sabemos que el lenguaje construye realidades, pero pocas veces medimos la magnitud de su impacto cuando el destinatario es un niño.
¿Qué sucede cuando las palabras que utilizamos para nombrar a un niño terminan definiéndolo? Nombrar es una acción política y pedagógica que, muchas veces, otorga o restringe posibilidades.
Vivimos en un mundo donde se ha vuelto demasiado evidente la distancia entre nombrar para reconocer y nombrar para etiquetar. Afirmar "es un niño problemático", "es distraído" o "es demasiado sensible" es atravesarlo con etiquetas y descripciones conductuales que hacen perder su identidad subjetiva. No es lo mismo decir "es tímido", que reconocer que hoy puede estar sintiéndose inseguro; decir que "es problemático" antes que indagar qué está expresando con esa conducta; "es distraído", que revisar qué condiciones necesita para involucrarse.
La etiqueta tiende a cerrar una posibilidad. La pregunta, en cambio, puede abrirla.
La palabra con la que un docente, un directivo o un padre etiqueta a un niño no es inocente, funciona como una lente que organiza la percepción que se tiene sobre ese niño y traza el contorno de lo posible.
El modo en que nombramos construye una mirada, esa mirada fija un conjunto de expectativas, esas expectativas condicionan nuestras intervenciones diarias y, finalmente, esas intervenciones configuran el margen real que ese niño tendrá para explorar quién es.
Porque cuando un adulto dice "es un chico difícil", la expectativa es el conflicto, la intervención es la restricción y el margen del niño para ser diferente se reduce al mínimo. Por el contrario, cuando se cambia la mirada hacia la posibilidad, la intervención habilita la pregunta, el juego y la transformación. Nombrar, en última instancia, es la responsabilidad de sostener la puerta abierta para que cada niño descubra quién quiere ser. Cuando nos corremos del lenguaje predictivo y rotulador, habilitamos la experiencia. Si la palabra pedagógica es abierta, la intervención cotidiana se convierte en una invitación a la exploración y el aula se transforma en un espacio seguro donde ensayar distintas formas de habitar el mundo.
Que las infancias puedan desplegar su singularidad no es un tema de teoría, sino de hechos cotidianos, y solo ocurre cuando hay adultos dispuestos a asumir una responsabilidad compartida, con presencia activa, afectiva y políticamente comprometida.
Crecer no se trata solamente de un proceso biológico: los chicos requieren sostén, presencia física, escucha atenta y una mirada que los valide. Por eso me atrevo a decir que educar con ternura es un acto político en el sentido más profundo: significa sostener con hechos.
Debemos desarmar la ficción de una niñez única e idealizada, reconociendo que no existe una sola manera correcta de crecer o habitar el mundo. Las infancias están atravesadas por ritmos, talentos, singularidades y realidades diversas que conviven diariamente en nuestras aulas y hogares.
Y no podemos hablar de los derechos del niño sin hablar de la desigualdad estructural y de los contextos donde esas infancias intentan desplegarse. Porque cuando los ajustes golpean las políticas públicas, la educación, las prestaciones para discapacidad, las horas de acompañamiento pedagógico o la salud, nos enfrentamos a una pregunta incómoda: ¿qué mensaje damos cuando medimos un derecho en términos de costo? Los derechos no se suspenden a la espera de un mejor momento económico, los derechos se garantizan, porque la infancia no espera ni puede quedar en pausa.
Celebrar a las infancias en su día, y durante todo el año, exige trascender el festejo consumista, exige que familias, docentes, equipos técnicos y autoridades asumamos una responsabilidad compartida. Acompañar la diversidad de las infancias requiere construir una comunidad donde la diferencia jamás sea leída como un problema a resolver o un diagnóstico para rotular, sino como una riqueza a compartir.
Ser sujeto de derechos no es sólo recibir protección adulta: es contar con un espacio seguro donde la propia voz cuente, la autonomía se ensaye y la participación sea una experiencia real cada día.
Nombrar sin encerrar. Mirar sin reducir. Acompañar sin definir. El compromiso con los más chicos trasciende los discursos, es la decisión ética de mirar más allá del síntoma, de dar una bienvenida sin etiquetas y de hacer el mundo habitable para la singularidad de cada niño y de cada niña. Y en esa tarea, no podemos fallarles.