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Hay preguntas que incomodan porque no necesitan demasiadas respuestas. ¿Qué sentirían Manuel Belgrano, José de San Martín y Martín Miguel de Güemes si pudieran caminar nuevamente por esta tierra? ¿Qué pensarían al encontrarse con la Argentina de 2026, aquella patria por la que arriesgaron sus vidas y entregaron sus bienes, sus años y hasta su tranquilidad?
Ellos conocieron un colonialismo concreto. Tenía nombres, uniformes, barcos, ejércitos y autoridades que respondían a una corona ubicada a miles de kilómetros. La lucha por la independencia significaba romper con un poder extranjero que decidía sobre nuestros territorios, nuestra economía y nuestro futuro. Hoy el colonialismo es diferente. Ya no necesariamente llega en barcos ni ocupa ciudades. Puede aparecer disfrazado de dependencia económica, tecnológica, financiera o cultural. Puede instalarse silenciosamente cuando una sociedad comienza a aceptar que las decisiones importantes siempre deben tomarse mirando hacia afuera. Y allí aparece una paradoja dolorosa: conseguimos la independencia política, pero todavía discutimos cuánto de nuestra soberanía estamos dispuestos a resignar para sobrevivir.
Belgrano probablemente no comprendería que, dos siglos después, todavía tengamos dificultades para garantizar una educación de calidad para todos. Él entendía que una nación no podía ser verdaderamente libre si sus ciudadanos permanecían en la ignorancia.
San Martín, que cruzó los Andes para liberar pueblos enteros y que comprendía que ninguna independencia podía sostenerse sin organización y fortaleza, quizás observaría con preocupación nuestras permanentes divisiones.
Y Güemes, que defendió desde el norte una frontera fundamental para la supervivencia de la revolución, seguramente miraría con especial atención a nuestra región. ¿Qué pensaría al contemplar un norte argentino inmensamente rico en recursos naturales, pero que todavía enfrenta pobreza, desigualdad, falta de infraestructura y oportunidades que obligan a tantos jóvenes a buscar su futuro lejos de su tierra? Quizás nos preguntaría cómo es posible que Salta todavía no haya logrado transformar plenamente esa riqueza en bienestar para todos.
Nuestros próceres no lucharon simplemente para cambiar una bandera por otra. Lucharon para que pudiéramos decidir nuestro propio destino. La soberanía no consiste solamente en tener un territorio, un himno y una bandera.
Soberanía es poder producir. Es educar. Es investigar. Es desarrollar tecnología. Es cuidar nuestros recursos. Es generar energía. Es tener industrias. Es formar técnicos y científicos. Es construir infraestructura. Es poder comunicarnos y organizarnos frente a una emergencia. Es tener instituciones fuertes. Y, sobre todo, soberanía es no resignarse a pensar que todo lo importante debe venir de afuera.
Quizás allí esté una de las formas más peligrosas del colonialismo moderno: aquella que consigue que los propios habitantes de una nación terminen creyendo que no pueden construir nada por sí mismos. No necesitamos imaginar a San Martín, Belgrano y Güemes condenando cada decisión de nuestra época.
Sería injusto juzgar el presente con las herramientas del pasado. Pero sí podemos imaginar sus preguntas. Belgrano podría preguntarnos qué hicimos con la educación. San Martín, qué hicimos con la unidad. Güemes, qué hicimos con nuestra capacidad de defender aquello que nos pertenece. Y los tres probablemente coincidirían en algo: la libertad no es un monumento. Es una responsabilidad cotidiana.
Se defiende cuando un docente enseña aún en condiciones difíciles. Cuando un trabajador produce. Cuando un técnico crea. Cuando un científico investiga. Cuando un ciudadano cumple la ley. Cuando una comunidad protege sus recursos. Cuando un joven decide estudiar y quedarse para transformar su lugar.
Por eso, más que preguntarnos qué pensarían nuestros próceres al ver la Argentina actual, deberíamos preguntarnos qué respuesta les daríamos. Probablemente no necesitarían discursos. Quizás solamente señalarían esta tierra, mirarían nuestros recursos, nuestras escuelas, nuestros jóvenes, nuestras fábricas, nuestros campos, nuestros científicos y nuestras instituciones.
Y entonces formularían una última pregunta: "Nosotros arriesgamos la vida para que ustedes fueran libres. ¿Qué están haciendo ustedes con esa libertad?". La respuesta no debería buscarse en un libro de historia. Está siendo escrita hoy.