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Reflexiones básicas sobre la cuestión de los terremotos

La mitología y las conjeturas apocalípticas acompañan desde el principio de la humanidad la fuerza de la tierra. Pero los sismos, forman parte de la dinámica del planeta. Se sabe dónde son posibles, pero no cuándo se producirán los eventos catastróficos.
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El mundo se encuentra convulsionado por los recientes terremotos de Venezuela, Colombia y Perú. Pero olvida la larga historia sísmica no sólo en América del Sur, duramente golpeada a lo largo de la costa pacífica, sino en otros puntos del globo que en los siglos pasados han sido catastróficas con cientos de miles de muertos.

Los terremotos han llamado la atención de los seres humanos desde la más remota antigüedad. La humanidad ha convivido con los terremotos desde siempre. Antes de que el hombre existiera, la Tierra se convulsionaba exactamente igual a como lo hace ahora y como lo seguirá haciendo por cientos de millones de años más en el futuro.

Los grandes sistemas montañosos se han formado en las últimas decenas de millones de años. Los montes Himalaya nacieron de la colisión continental de la India contra Asia. Y esa colisión continúa aún hoy arrugando la corteza, acumulando tensiones y liberando energía que causan grandes terremotos en una franja que va desde China hasta Turquía. El sudeste asiático es otra zona de alta liberación de energía sísmica especialmente en Japón donde surgió la palabra Tsunami. Toda la cuenca del océano Pacífico es una zona de intensa actividad volcánica y sísmica conocida como el "Cinturón de Fuego".

El oeste de Estados Unidos se está desgarrando y finalmente California quedará a la deriva cuando se separe del continente. La falla de San Andrés y los terremotos en San Francisco y Los Ángeles hablan a las claras de esta fenomenología. Hollywood se encargó de magnificar el tema en decenas de películas.

Un planeta que cruje

En América del Sur se libera la mayor cantidad de energía sísmica planetaria. El terremoto de 1960 en Valdivia (Chile) con 9.4 de intensidad fue el evento más grande desde que hay historial de registros instrumentales.

Téngase presente que estamos hablando de una escala logarítmica en donde cada punto significa decenas, centenas o miles de bombas nucleares de diferencia estallando juntas. La central atómica de Fukushima estaba calculada para resistir un terremoto de 9 grados y uno de 9.1 la tiró abajo.

El asteroide que impactó en Yucatán liberó una energía monumental de 12, disparó terremotos en todo el planeta y generó un mega-tsunami que barrió las costas de los océanos globales. Allí sí hubo causalidad, pero se trató de un evento cósmico. Ni todo el arsenal atómico de las superpotencias estallando juntos podría compararse.

Decíamos que las montañas del mundo se fueron formando lentamente y por millones de años gracias al arrugamiento tectónico producto de la liberación de energía en las fallas geológicas. Las rocas deformadas y falladas registran y representan terremotos fósiles conservados en brechas, espejos y planos de fracturas.

Se calcula que se disparan alrededor de un millón de sismos por año. La mayoría resultan imperceptibles por su baja intensidad, por su profundidad o por ocurrir en regiones remotas o en fondos oceánicos donde no causan daños. Y aquí corresponde una salvedad terminológica. Todos los movimientos de la corteza terrestre son terremotos como indica su etimología. Sin importar la intensidad. La palabra sismo es un sinónimo y no depende de cuan fuerte o leve sea el movimiento.

Esteco y el mito

Otra palabra de uso común es temblor y muy usada en el norte argentino. Está la leyenda de los pecadores que se burlaban del santo que llegó a la vieja ciudad salteña de Esteco y compraban "cintas color temblor". Hasta que sobrevino el espantoso terremoto del martes 13 de septiembre de 1692 que destruyó la ciudad. Justo ese mismo año otro terremoto y tsunami destruían la ciudad de Port Royal en Jamaica. Y en ambos casos se atribuyó a "Actos de Dios" para corregir a los pecadores de ambas ciudades. De vuelta, el evento fue casualidad y no causalidad. Más allá de lo anecdótico, lo cierto es que Esteco fue la primera ciudad argentina en ser destruida por un terremoto. Y de allí nació más tarde el culto del Señor y la Virgen del Milagro.

El viajero inglés Edmund Temple pasó por Salta en 1826 justo el año en que ocurrió un tremendo terremoto que destruyó la ciudad de Trancas y afectó a todo el norte argentino destruyendo a la Villa del Rosario, como se llamaba entonces a Rosario de la Frontera. Comenta que los viejos salteños que estaban en misa en la vieja iglesia matriz que había sido de los jesuitas y que se encontraba en la esquina de las actuales calles Mitre y Caseros salieron despavoridos.

Señala Temple en sus memorias: "Los que asistían a la primera misa, quedaron sorprendidos al ver los candelabros e imágenes caer de improviso del altar y pensando que venía el diablo toda la congregación huyó en tropel de sus devociones".

Ya los antiguos buscaban una explicación a los terremotos. Y todavía se buscan. Cada tanto se escuchan nuevas teorías. Ya no son la lucha mitológica de titanes en las profundidades, o los elefantes o tortugas que sostenían el planeta, pero sí se vuelve sobre fenómenos magnéticos, alineación de los planetas, el sol, la luna, las mareas, ensayos ocultos de armas no convencionales, entre muchas otras.

El movimiento perpetuo

Charles Darwin, que era geólogo, estudió las elevaciones en la costa de Chile y se dio cuenta de la tremenda paleosismicidad que ello representaba. El jesuita Miguel del Barco hizo observaciones parecidas medio siglo antes en las costas de California. Valga señalar que a lo largo de la costa pacífica americana se han encontrado evidencias de paleo-tsunamis que empalidecen los registros históricos.

En la evolución cortical los océanos se abren, sus fondos pesados se hunden por debajo de los continentes livianos y a la vez estos chocan entre sí. En esa dinámica planetaria que involucra a la corteza, la astenósfera y el manto, las losas oceánicas y continentales se rompen y liberan grandes cantidades de energía. Continentes enteros se rompen y se vuelven a unir en ciclos que abarcan más de 200 millones de años.

La memoria viva sólo registra algunos hechos puntuales pero la perspectiva de la historia muestra un calendario de eventos cósmicos, geológicos y climáticos que nos recuerdan el perpetuo movilismo planetario y sus consecuencias. El relieve es un fluido y, aunque no lo veamos, las montañas se están elevando aún en nuestras vidas.

El lomo orogénico andino, producto de la subducción de la placa de Nazca por debajo de la placa continental sudamericana, es un edificio joven y en formación. En la época de los dinosaurios, 66 millones de años atrás, no existía. Hoy contiene en su interior los volcanes más altos del mundo que se elevaron casi 7 km desde entonces. Y todo ello representa liberación de energía, en algunos casos descomunal como la que dio origen a las formidables calderas volcánicas de la Puna, entre ellas la de Galán, que cubrieron de lavas y cenizas cientos de kilómetros a su alrededor. O la enorme energía generada en la construcción del relieve tectónico que levantó montañas a más de 5 km de altura.

¿Dónde? ¿Cuándo?

Los Andes Centrales, donde se ubica el norte argentino, es un extraordinario edificio tectono-volcánico que registra una gran variedad de eventos de liberación de energía. Entre ellos las avalanchas de roca que movieron millones a miles de millones de toneladas de rocas disparadas por fuertes sismos prehistóricos. Y que en muchos casos cerraron las grandes quebradas generando lagos temporarios.

La dinámica de la corteza es permanente porque así funciona el motor planetario. Y ello lleva a dos cuestiones relacionadas. La energía se acumula y en algún momento se libera. Sabemos algo del "dónde", pero no sabemos nada del "cuándo".

El dónde son las fallas sismogénicas o generadoras de sismos que han sido reconocidas. El cuándo es cualquiera de los 365 días del año y de las 24 horas del día. No hay meses predestinados ni por los calores del verano ni por meses especiales. A pesar de todos los esfuerzos los sismos siguen siendo impredecibles. Son fenómenos azarosos, estocásticos y contingentes. El geólogo Augusto Bravard, contratado por Urquiza, viajó en 1861 a Mendoza interesado en una actividad sísmica persistente. El sismo ocurrió el miércoles de ceniza y a él lo encontraron muerto entre los escombros del hotel donde se alojaba. Paradójicamente un terremoto nunca mató a nadie, sí lo hacen las estructuras que colapsan sobre las personas.

No existe lo antisísmico, existen las estructuras sismo-resistentes. Los incas lo tenían claro y construyeron sus fortalezas con ángulos y encastres que soportaban los fuertes temblores andinos. Y no se trata solo de las estructuras sismo-resistentes sino del análisis del subsuelo. No es lo mismo la roca firme que un relleno fluvial con capas de arcillas que pueden tener comportamientos tixotrópicos, esto es licuarse al paso de las ondas sísmicas.

Es lo que ocurrió en el pueblo de La Poma en el Valle Calchaquí la nochebuena de 1930. El pueblo asentado sobre las arcillas de un viejo lago quedó destruido y hubo que mudarlo de lugar. Hoy quedan allí solo ruinas del pueblo original. Mendoza (1861) y San Juan (1944) en Cuyo, así como Esteco (1692) y La Poma (1930) en Salta nos recuerdan una historia sísmica donde ante la imposibilidad de predecir se impone la necesidad de prevenir con educación y políticas públicas.

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