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Mil mujeres no alcanzan..

El modelo minero demostró que puede generar empleo femenino de calidad. ¿Somos capaces de traducirlo en políticas de empleo para el resto de la economía?

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Si se piensa, en los papeles la desigualdad está saldada. La Constitución Nacional y la Ley de Contrato de Trabajo garantizan igual remuneración por igual tarea. Lo respaldan la CEDAW, con jerarquía constitucional; el Convenio 100 de la OIT, que rige desde 1951 y la Ley Micaela a la que Salta adhirió. Aún más, la propia justicia salteña dejó su marca con el fallo Sisnero, que fijó estándares sobre la subrepresentación femenina. Tenemos a mano el andamiaje jurídico para resolver la asimetría laboral de las mujeres.

Cada Día Internacional de la Mujer en la Minería repetimos, con orgullo y razones, el mismo titular: Salta es la provincia con mayor participación femenina en la minería de todo el país. Es un dato de la Secretaría de Minería de la Nación y es un buen indicador. El problema aparece cuando creemos que resume cómo nos va a las mujeres en el mercado de trabajo de la provincia.

Empecemos por reconocer lo que la minería muestra. Según datos de la misma Secretaría de Minería, en febrero de 2026 había 1.027 trabajadoras mineras directas en la provincia. Son el 18,5% del empleo del sector: el porcentaje más alto del país y más de cinco puntos por encima del promedio nacional, que ese mismo mes fue del 13,3%. Detrás de ese liderazgo está, sobre todo, el litio. Los datos del Siacam -Sistema de Información Abierta a la Comunidad sobre la Actividad Minera en Argentina- que publicó El Tribuno mostraban que, hacia octubre de 2024, la mayoría del empleo femenino minero salteño se concentraba en empresas de exploración, financiación y producción de litio: 552 mujeres. Y en ese rubro llegan a cobrar tanto o más que sus pares varones. Hasta donde muestran las estadísticas, es el único distrito minero del país donde eso sucede.

Sin embargo, esa paridad salarial del litio es la excepción. Lo dice con todas las letras un estudio del IELDE (Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico de la UNSa) en el informe "Barreras hacia la autonomía económica de las mujeres en Salta". Su primer número desalienta cualquier optimismo: en el conjunto de la provincia, las mujeres ganan en promedio 25,4% menos que los varones por su trabajo. Y la brecha, en vez de acortarse con los años, se agranda. Entre las más jóvenes, de 16 a 24, es de apenas 2,7%; entre las de 59 a 64, llega al 45,1%. Lo que significa que cuanto más larga es la vida laboral de una mujer en Salta, más lejos termina del sueldo de un varón. El estudio mismo pide cautela con sus cifras ya que trabaja con la Encuesta Permanente de Hogares de 2021, así que no refleja el mercado de 2026.

Lo que sí puede verse con nitidez es el patrón de fondo, la manera en que la desigualdad se va acumulando a lo largo de una vida. Ese patrón deja claro que la igualdad del litio no está ni cerca de lo que pasa con las mujeres en el mercado laboral salteño.

Conviene entonces no perder la escala. Poco más de mil mujeres son las que trabajan en litio. Una cifra que, si bien entusiasma dentro del sector, se vuelve minúscula si se la compara con el total de mujeres que trabajan o buscan trabajo en Salta.

El mismo estudio del IELDE ayuda a entender que la diferencia empieza aún antes del sueldo: en Salta participaba del mercado el 56,2% de las mujeres en edad de trabajar, contra el 77,1% de los varones. Y la distancia se ensancha apenas uno se aleja de la capital. En el interior salteño la brecha de participación escala a 27 puntos; entre las mujeres de 25 a 58 años de esas zonas, la tasa de actividad era del 59,5% frente al 92,3% de los varones. Casi treinta y tres puntos. "La situación de desigualdad de las mujeres se profundiza en el interior de la provincia", resume la economista Carla Arévalo, del IELDE.

El motor de esa brecha es lo que los estudios de genero señalan hace décadas: las tareas de cuidado. Entre las mujeres de 25 a 58 años que vivían con chicos o adultos mayores que necesitaban atención, participaba del mercado el 58,1%; entre las que no tenían a nadie a cargo, el 73,3%. En los varones, tener personas a cargo casi no movía la aguja. "Las mujeres suelen tener entradas y salidas del mercado laboral, y están determinadas por las tareas de cuidado", explica la economista. Es claro que esa intermitencia no es una elección de las mujeres.

Si se mira por edad, esa informalidad es aún mayor. El estudio del IELDE encontró que, entre las asalariadas jóvenes de 16 a 24 años, el 91,2% trabajaba sin aportes jubilatorios; entre las jóvenes de hogares de bajos ingresos, el 97,4%. Vamos de nuevo: casi ninguna joven pobre que trabaja en Salta lo hace en blanco. "La falta de aportes jubilatorios es una de las principales consecuencias", advierte Arévalo, que ya está mirando las jubilaciones que esas mujeres no van a cobrar dentro de cuarenta años.

Nada de esto le quita mérito a la minería. El logro del sector es real, pero es un logro de nicho y ahí está el punto. El mismo estudio del IELDE muestra que, como regla, las salteñas se concentran en los sectores peor pagados - comercio, casas particulares, enseñanza, gastronomía - y escasean en los puestos de conducción, donde la brecha de ingresos trepa al 44,2%. El litio, con sus sueldos parejos, rema contra esa corriente. Pero mil mujeres con empleo formal y buen salario no alcanzan para compensar - ni mucho menos, para retratar - lo que le pasa al resto. Mientras la minería suma trabajadoras a un buen ritmo, la economía provincial en su conjunto sigue empujando a las mujeres hacia la desocupación, la informalidad y la inactividad más que a los varones.

Hay, además, un dato que enfría el entusiasmo desde adentro del propio sector. Durante años el Gobierno provincial presentó a Salta como la que más crecía en empleo minero del país. Esa etapa parece haber quedado atrás: con la caída del precio internacional del litio y el final de la construcción de las plantas, el empleo minero salteño se amesetó y empezó a retroceder -los últimos informes nacionales le miden una contracción cercana al 5,7%-, y el propio número de trabajadoras mineras, lejos de dispararse, bajó de 1.107 en octubre de 2024 a 1.027 en febrero de 2026.

Ahora bien, el modelo minero demostró que puede generar empleo femenino de calidad. ¿Somos capaces de traducirlo en políticas de empleo para el resto de la economía?

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