PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

La Justicia en la cueva del Cíclope

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

En uno de los episodios más inquietantes de La Odisea, Odiseo y sus hombres ingresan en una cueva buscando alimento y hospitalidad. El lugar parece inicialmente un refugio, pero pronto se convierte en una prisión. Allí habita Polifemo, un gigante de fuerza descomunal que cierra la entrada con una piedra imposible de mover y dispone, sin límites, sobre la vida de quienes han quedado atrapados.

La escena admite una lectura contemporánea. La cueva puede representar al sistema judicial; el Cíclope, a una Justicia que ha perdido amplitud en su mirada; y los hombres encerrados, a los justiciables que acuden buscando protección y terminan sometidos a tiempos, reglas y decisiones que no controlan. No se trata de afirmar que toda la Justicia sea Polifemo. Sería una generalización injusta. Se trata de advertir que puede volverse ciclópea cuando observa la realidad desde un único ojo: el del expediente.

El Cíclope tiene fuerza, pero carece de profundidad visual. Ve las formas, aunque no alcanza a comprender plenamente sus dimensiones. De igual modo, una Justicia puede conocer actuaciones, plazos y normas, pero no percibir las vidas que existen detrás de ellos: el miedo de una víctima, la angustia de una familia, la dependencia económica de una persona vulnerable o la incertidumbre de un niño.

Un expediente nunca es solamente un expediente. Es la representación necesariamente incompleta de un conflicto humano. Cuando el sistema confunde sus páginas con toda la realidad, puede administrar correctamente el trámite y, al mismo tiempo, fracasar en la protección del derecho.

Esto adquiere especial relevancia en el fuero de familia, donde no se discuten únicamente categorías jurídicas. Allí se decide sobre alimentos, cuidados, vínculos, adopción, violencia y condiciones concretas de desarrollo de niños, niñas y adolescentes.

En esos procesos, el tiempo tiene un valor diferente. Un año puede ser apenas una etapa dentro de un expediente, pero constituye una porción decisiva en la vida de un niño. La infancia no espera los tiempos de la burocracia. Los hijos crecen, las necesidades se acumulan y los vínculos se deterioran mientras las respuestas permanecen pendientes.

Por eso, el interés superior del niño no puede limitarse a una fórmula repetida en las resoluciones. Debe expresarse en una escucha auténtica, en decisiones oportunas y en la evaluación concreta de las consecuencias que cada medida producirá. El niño no puede convertirse en el personaje invisible de un proceso protagonizado exclusivamente por adultos.

Dentro de la cueva, Polifemo establece las reglas y controla la única salida. Algo semejante experimentan muchos justiciables. Ingresan al sistema porque necesitan una respuesta institucional, pero luego descubren que no pueden abandonar fácilmente el conflicto. Quedan sujetos a un lenguaje que no comprenden, a procedimientos complejos y a una temporalidad ajena.

Una Justicia tardía no es solamente una Justicia demorada. Es una Justicia que mantiene la piedra sobre la entrada mientras quienes permanecen dentro consumen sus recursos, sus energías y su confianza institucional.

La alegoría ofrece todavía una dimensión más perturbadora: Polifemo no se limita a encerrar a los hombres, sino que los devora. También ciertos procesos pueden consumir lentamente a quienes participan en ellos. Consumen tiempo, patrimonio, relaciones personales y estabilidad emocional. A veces, cuando finalmente llega la resolución, una parte sustancial de aquello que debía protegerse ya se ha perdido.

El procedimiento incluso puede convertirse en una herramienta de desgaste, presión u hostigamiento. Cuando eso sucede, la Justicia no debe examinar cada actuación como un episodio aislado. Necesita una mirada integral, capaz de reconocer reiteraciones, desigualdades y relaciones de poder. El Cíclope observa fragmentos; el juez debe comprender el conjunto.

Hay otro momento decisivo en el relato. Cuando Polifemo pregunta a Odiseo cómo se llama, este responde: "Nadie". La palabra forma parte de su estrategia para escapar, pero posee también un significado institucional.

"Nadie" es el nombre simbólico del justiciable cuando el sistema deja de reconocerlo como persona y lo convierte en un número, en "la actora", "el demandado", "la denunciante" o "el menor". Su historia queda reducida a categorías procesales y su voz, a aquello que otros incorporan formalmente en su nombre. Un niño, sin embargo, no es un elemento secundario del conflicto familiar ni un simple objeto de protección. Es un sujeto pleno de derechos. Nombrarlo, escucharlo y reconocer su individualidad constituye el primer paso para respetar su dignidad.

La independencia judicial es una garantía esencial de la República. Sin ella no existe verdadera Justicia. Pero independencia no significa aislamiento, ni puede confundirse con ausencia de evaluación y responsabilidad. Una Justicia encerrada sobre sí misma corre el riesgo de convertir la cueva en un espacio que ya no protege la función judicial, sino sus errores. Precisamente porque el poder de juzgar puede transformar la libertad, el patrimonio y la vida familiar de las personas, debe estar acompañado por idoneidad permanente, capacitación, prudencia, sensibilidad y controles institucionales efectivos.

En los procesos de familia, esa idoneidad exige algo más que conocimiento jurídico. Requiere comprender dinámicas familiares complejas, detectar asimetrías, reconocer distintas manifestaciones de violencia y valorar el impacto que una decisión tendrá sobre las personas más vulnerables. Pero, en todos los fueros, la idoneidad judicial también se manifiesta en el trato digno dispensado a los justiciables. La autoridad no se debilita por escuchar con respeto, expresarse con prudencia y reconocer la dimensión humana del conflicto; por el contrario, se legitima en la manera en que ejerce su poder frente a quienes acuden al sistema en busca de protección. La Justicia necesita más de un ojo. Necesita el de la ley y el de la realidad; el del procedimiento y el de sus consecuencias; el de la independencia y el de la responsabilidad. Mirar con perspectiva no significa abandonar la imparcialidad. Significa comprender que aplicar mecánicamente la misma regla sobre situaciones profundamente desiguales puede consolidar la desigualdad.

Odiseo y sus hombres logran escapar mediante la inteligencia, la cooperación y el coraje. También la transformación judicial requiere revisar prácticas, escuchar a los justiciables, medir resultados y construir una cultura institucional capaz de reconocer sus deficiencias.

La salida de la cueva no consiste en debilitar a la Justicia, sino en fortalecerla. El desafío es correr la piedra sin destruir el refugio; preservar su independencia sin permitir que se convierta en aislamiento. La Justicia debe ser el lugar al que las personas ingresan para recuperar sus derechos, no aquel del que intentan escapar después de haber perdido la esperanza.

Porque cuando el sistema sólo ve expedientes, los justiciables terminan llamándose "Nadie". Y cuando mira con un solo ojo, la Justicia corre el riesgo de convertirse en el Cíclope. La Justicia no debe ser el Cíclope. Debe ser la salida de la cueva.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD