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El tesoro invisible

Lunes, 03 de agosto de 2026 01:42

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Hay patrimonios que se fotografían y otros que solo pueden vivirse. Los primeros se levantan en piedra, adobe o madera; los segundos habitan en la memoria de un pueblo. Salta posee ambos, pero con frecuencia dedicamos más esfuerzo a preservar una iglesia centenaria o un edificio histórico que a cuidar aquello que verdaderamente les da sentido: las personas, las tradiciones y los saberes que los mantienen vivos.

El patrimonio cultural inmaterial es la identidad compartida. Está presente cuando una coplera improvisa versos en los Valles Calchaquíes, cuando una familia prepara tamales siguiendo una receta heredada de sus abuelos, cuando un artesano wichí transforma el chaguar en una obra de arte o cuando miles de peregrinos caminan hacia la Catedral durante la Fiesta del Milagro. También vive en los relatos de los mayores, en las palabras que sobreviven en las lenguas originarias, en las manos que todavía conocen antiguos oficios y en las músicas que nacieron mucho antes de que existieran los escenarios.

Sin embargo, este patrimonio enfrenta una amenaza silenciosa. No desaparece de un día para otro. Se extingue lentamente cuando deja de transmitirse, cuando los jóvenes ya no encuentran motivos para aprender un oficio tradicional, cuando una lengua deja de hablarse en el hogar o cuando una costumbre es reemplazada por la uniformidad cultural que imponen las pantallas y el consumo global.

La paradoja es evidente. Nunca tuvimos tantas herramientas para registrar nuestra cultura y, al mismo tiempo, nunca fue tan fácil olvidar aquello que nos hace únicos. Grabamos videos, publicamos fotografías y compartimos festividades en las redes sociales, pero muchas veces desconocemos el significado profundo de esas expresiones. Confundimos mostrar con preservar. Y preservar exige mucho más que una publicación: requiere educación, compromiso y políticas públicas sostenidas. Salta posee una riqueza cultural extraordinaria gracias al encuentro de las tradiciones criollas, andinas y de los pueblos originarios. Esa diversidad no debe entenderse como una postal turística, sino como un patrimonio vivo que necesita espacios donde desarrollarse. Las escuelas, los centros culturales, las bibliotecas populares, los museos, las universidades y las propias comunidades tienen un papel fundamental en esa tarea. La transmisión cultural ocurre cuando alguien enseña y otro está dispuesto a aprender.

También es necesario ampliar nuestra mirada sobre quiénes son los portadores del patrimonio. No sólo lo conservan los historiadores o los especialistas. Lo hacen la coplera anónima, el tejedor, el lutier, el cocinero, el guía de montaña, el campesino que conoce el ciclo de las lluvias, el músico popular y la abuela que sigue contando historias alrededor de una mesa familiar. Ellos son verdaderas bibliotecas vivientes.

Preservar el patrimonio cultural inmaterial no significa impedir que cambie. Toda cultura está viva porque evoluciona. Lo importante es que esa transformación no implique el olvido de sus raíces. Una tradición puede adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su esencia. La innovación y la memoria no son enemigas; por el contrario, se fortalecen mutuamente cuando existe respeto por la historia.

Quizás ha llegado el momento de preguntarnos qué Salta queremos dejar a las próximas generaciones. ¿Una provincia donde solo sobrevivan los edificios históricos o una donde también permanezcan las voces, las canciones, los oficios, las creencias y las costumbres que les dieron vida? La respuesta definirá mucho más que una política cultural: definirá nuestra identidad colectiva. Porque el patrimonio cultural inmaterial no puede encerrarse en una vitrina ni protegerse con una cerca. Vivirá únicamente mientras alguien lo recuerde, lo practique y lo comparta. Cada vez que una tradición deja de transmitirse, Salta pierde una parte de sí misma. Pero cada vez que un niño aprende una copla, un joven descubre un oficio ancestral o una familia mantiene viva una costumbre heredada, el patrimonio vuelve a respirar.

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