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Cuando la evolución deja de ser natural

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Durante miles de millones de años la evolución avanzó lenta, sin propósito y sin dirección consciente. Mutaciones aleatorias, selección natural y adaptación ambiental moldearon toda forma de vida conocida. La naturaleza mutaba, el entorno seleccionaba. Así aparecieron alas, pulmones, ojos, sistemas nerviosos complejos y cerebros. Toda la historia biológica del planeta fue escrita mediante ese mecanismo impersonal, ciego y lento. Ahora, por primera vez en la historia de la Tierra, aparece una especie capaz de intervenir sobre el proceso. Y eso lo cambia todo.

La técnica CRISPR permitió convertir al ADN en algo parecido a un texto; a un código de programación. Si el ADN es un alfabeto químico compuesto por cuatro letras –A, T, C y G–, CRISPR funciona como una herramienta capaz de localizar secuencias específicas y reemplazarlas por otras. Un cortar y pegar biológico. Las primeras versiones de la técnica actuaban como tijeras moleculares. Luego aparecieron sistemas capaces de corregir bases específicas sin necesidad de cortar el ADN y, hoy, ya existen técnicas que permiten insertar genes completos dentro del genoma. Todo en menos de una década. Y la velocidad importa. Porque no estamos frente a una mejora incremental de la medicina como podría ser la historia de la lucha contra el cáncer; sino frente a una modificación radical de la relación de la humanidad con su evolución biológica.

Durante toda la historia humana, la evolución fue algo que sucedía. Ahora comienza a convertirse en algo que puede ser dirigido; modificado; diseñado. El cambio suena todavía lejano porque la tecnología sigue siendo rudimentaria y los resultados inciertos. Pero el principio ya fue quebrado: la idea de que la evolución humana reside sólo en manos de la selección natural dejó de ser cierta.

Bebés de diseño

Hace algunos años, el científico chino HÞ JiÓnkuí anunció el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente. El experimento fue condenado, HÞ fue preso y la comunidad científica entera lo caricaturizó como mezcla de irresponsable y de megalómano con delirios prometeicos. Pero lo importante del episodio no fue su imprudencia sino haber demostrado que la barrera técnica podía ser superada. Ya no se trataba de especulación científica ni de ciencia ficción; la manipulación heredable del genoma humano era técnicamente posible. Y la pregunta dejó de ser sobre si la manipulación genética era factible para pasar a ser cuándo, cómo y en qué condiciones se hace necesaria.

Y aquí aparece uno de los rasgos más inquietantes de esta revolución tecnológica: su lógica de inevitabilidad. Cada avance genera una justificación moral para poder seguir progresando. Si una técnica puede evitar enfermedades devastadoras, ¿cómo no utilizarla? Si una modificación genética evita el sufrimiento, ¿no es inmoral no hacerla? De hecho, los bio-liberales invierten el problema ético. No preguntan si debemos intervenir sobre la biología humana; preguntan si tenemos el derecho de no hacerlo. Y el desplazamiento conceptual que produce esta inversión es inmenso.

Además, la historia de la tecnología muestra este patrón: todo aquello que resulta impensable, cuestionable o que genera rechazo al principio se termina volviendo aceptable, deseable más tarde y, al final, inevitable y casi obligatorio.

Pero la evolución no es una escalera hacia la perfección. Darwin jamás sostuvo eso. La evolución sólo describe la manera en que los organismos logran adaptarse de la mejor manera a un entorno específico. No existe un modelo biológico ideal. Sólo una adaptación contingente. Sin embargo, la ingeniería genética comienza a introducir una idea distinta: la posibilidad de una evolución dirigida. No una adaptación ciega sino un diseño. No destino sino ingeniería. Recientemente, investigadores crearon ratones a partir del material genético de dos padres machos mediante complejas modificaciones genéticas. Y los límites se siguen corriendo.

La importancia filosófica de estos corrimientos es difícil de exagerar. Porque la reproducción, la herencia genética y la evolución dejan de ser procesos naturales que debemos aceptar y a los cuales debemos someternos para pasar a ser espacios administrables. Espacios computacionales.

En paralelo, la inteligencia artificial comienza a acelerar estos procesos exponencialmente. Durante décadas el gran desafío de la genética fue leer el genoma humano. Ahora el reto es comprender qué significan esos miles de millones de combinaciones, cómo interactúan entre sí y qué efecto produce cada cambio. Y allí aparece AlphaGenome, un modelo de IA de Google DeepMind, capaz de predecir la función de secuencias de ADN de hasta un millón de pares de bases. Así, la genética comienza a ser pensada bajo categorías propias del softwaretransformando su horizonte de posibilidades.

Porque una vez que el ADN comienza a ser concebido como código, es casi inevitable que aparezca la idea de optimizarlo, depurarlo, reescribirlo y, eventualmente, de recodificarlo. La vida comienza a ser imaginada como una plataforma de diseño reprogramable. Así, la pregunta no será más sólo cómo curar enfermedades, sino que cambiará a qué capacidades potenciar; qué rasgos conservar y cuáles desechar; qué partes rediseñar y qué características discontinuar; qué cuerpos producir. La frontera entre medicina y eugenesia se difumina y podría volverse muy borrosa.

"El destructor de mundos"

Pero, podemos ir más allá. La dimensión más problemática de todo esto quizás no resida en la modificación del ser humano actual sino también en la posibilidad de crear nuevas formas de vida.

La naturaleza sólo necesitó cuatro bases químicas para desarrollar toda la vida conocida –A, T, C y G–. Ahora algunos investigadores intentan expandir ese lenguaje biológico y han añadido cuatro nuevas bases artificiales: S, B, P y Z.

Otros genetistas investigan lo que llaman 'mirror life': organismos biológicos construidos utilizando moléculas invertidas a las utilizadas en la naturaleza. Proteínas, lípidos y componentes celulares reflejados como imágenes en un espejo. Hasta que, lo que parecía un proyecto fascinante de biología sintética (¡en el cual no trabajaba ningún infectólogo ni inmunólogo!), produjo alarma entre los propios investigadores cuando advirtieron que organismos de ese tipo podrían ser inmunes tanto a sus depredadores naturales como a los sistemas inmunológicos conocidos; abriendo la posibilidad a riesgos biológicos imposibles de controlar.

La situación es profundamente contemporánea: científicos descubriendo – en este caso, por suerte a tiempo – los riesgos existenciales de las tecnologías que ellos mismos desarrollaron o ayudaron a desarrollar. El episodio recuerda a Oppenheimer y su famosa frase: "Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos". La fascinación intelectual por lo técnicamente posible avanza más rápido que la reflexión técnica o ética sobre sus consecuencias.

Por suerte cada vez hay más científicos que comienzan a cuestionar el porqué de algunos avances y de determinados experimentos que se están llevando a cabo, justamente porque comprenden que esos desarrollos abren la puerta a escenarios que antes parecían extraídos de la ciencia ficción más radical. Pero lo inquietante es que, allí donde algunos se detienen horrorizados, otros aceleran.

Una humanidad desatada

Toda civilización se organiza alrededor de sus límites. Durante siglos la reproducción, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte fueron nuestro límite. La tecnología morigeraba o cambiaba algunos de sus aspectos, pero ninguno alteraba radicalmente la arquitectura biológica subyacente.

Hoy comienza a imaginarse algo distinto. No porque los límites hayan desaparecido o porque sepamos cómo eludirlos del todo, todavía. La complejidad biológica, los riesgos implícitos y las restricciones regulatorias continúan siendo importantes. Pero la posibilidad de intervenir deliberadamente sobre todos ellos comienza a transformar la imaginación tecnológica. Y cierta parte de la comunidad científica y tecnológica parece cada vez menos dispuesta a aceptar la existencia de límites biológicos no negociables.

Así, la pregunta no es sólo científica: es filosófica, es política y es civilizatoria. Porque si la evolución deja de ser un proceso natural y comienza a convertirse en objeto de un diseño tecnológico, el problema dejará de ser sólo qué será posible hacer sino quién decidirá cómo y hacia dónde habrá de evolucionar la especie.

Quizás falten décadas para dimensionar el alcance de esta transformación; o quizás el proceso avance mucho más rápido de lo que imaginamos. Si sirve de advertencia, la trilogía MaddAdam de Margaret Atwood, imagina un mundo postapocalíptico poblado de seres creados a partir de diseños genéticos y de híbridos quiméricos transgénicos manufacturados por el hombre. Quizás la distopía de Atwood no sea algo tan descabellado cuando se mira la velocidad de evolución de la tecnología y la vocación prometeica de algunas personas.

Este es el verdadero vórtice de esta revolución. Durante miles de millones de años ninguna especie tuvo la capacidad de intervenir sobre su evolución. Ahora aparece una especie con la vocación y con los medios para hacerlo; aunque sea incapaz de comprender o de dimensionar las consecuencias de lo que vaya a hacer.

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