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"Desde que era un niño, siempre quise ser un gangster" (As far back as I can remember, I always wanted to be a gangster), dice el protagonista de la película Buenos muchachos. Podría haber agregado: "pero como en Argentina no tenemos una mafia bien organizada, me sumé al equipo de campaña de Javier Milei".

Scorsese lo filmó como una fantasía que se pudre por dentro; treinta años después, en Argentina, esa fantasía se convirtió en el "mejor gobierno de la historia".

Ya en 2019, en un reportaje de la televisión chilena, Milei había mandado una especie de invitación urbi et orbi: "Entre la mafia y el Estado prefiero a la mafia. La mafia tiene códigos, la mafia cumple." No hacía falta leer entre líneas: lo decía en serio.

No se le puede echar toda la culpa al Javo. Fue todo tan repentino, tan improvisado, que a medida que crecía en las encuestas se le fueron pegando, como moscas al dulce, sujetos de toda laya. No todos eran corruptos, pero en medio del desorden de los inexpertos se abrieron de par en par las tapas de los tesoros más diversos. No es fácil resistir tanta tentación.

El poder embriaga, sobre todo a quien nunca aprendió a beberlo de a poco. Sentirse eterno e impune tira abajo cualquier inhibición moral, más todavía cuando desde arriba te repiten que estás en el mejor gobierno de la historia y te reciben con un "Hola a todos, yo soy el rey, el león".

De lo que - hasta ahora - salió a la luz se pueden contar cinco buenos muchachos y una buena muchacha. Está José Luis Espert, el economista que cobraba consultorías de un narco y las llamó "changas"; Manuel Adorni, el vocero de la austeridad que se olvidó de declarar medio millón de dólares; Mauricio Novelli, el trader de la fe que le vendió una criptomoneda a medio mundo; Diego Spagnuolo, el funcionario cuya voz aparece en un audio repartiendo coimas y que ahora dice que fue la inteligencia artificial; y Fernando Cerimedo, el consultor de trolls que terminó preso en Bolivia por algo bastante más real que una fake news. Todos, en su momento, fueron parte del círculo íntimo con acceso directo a la Casa Rosada. Y todos, sin excepción, tuvieron una conexión especial con la buena muchacha. Aparece mencionada en el celular de Novelli, recibiendo su parte; aparece en los audios de Spagnuolo, esperando "el 3". Pero nunca aparece indagada, nunca declara, nunca da entrevistas. Mientras los muchachos se turnan en Comodoro Py explicando errores involuntarios y voces manipuladas, ella permanece como la verdadera protagonista ausente de la película.

Porque conviene decirlo con números: esto no fueron cinco corruptos sueltos. El fiscal que investiga la causa de discapacidad pidió quince indagatorias y calificó a todo el entramado como una única "organización delictiva", con sobreprecios que rondan los seis mil millones de pesos. Y a la cabeza de esa organización, según la causa, estaría a quien Milei llama, sin ninguna ironía involuntaria, "el Jefe". No hace falta forzar la comparación con la mafia: el propio poder se la sirve en bandeja.

Cuando el escándalo estalló, no faltó quien saliera a poner las manos en el fuego. "Pongo las manos en el fuego por Lule y por Karina", juró un presidente de la Cámara de Diputados, en el mejor estilo omertÓ: la lealtad pública como blindaje, mientras la causa avanza puertas adentro. Es el mismo código que citaba Milei en 2019, cuando prefería la mafia al Estado porque, según él, "la mafia cumple". Tenía razón en una cosa: acá nadie habla.

Estos personajes que estuvieron en la cresta de la ola esperan, probablemente, varios años de cárcel. Pero ya están sufriendo una condena mayor: la irrelevancia y la mediocridad, después de haber probado el poder. Mientras tanto, la buena muchacha sigue exactamente donde siempre estuvo: fuera de cuadro, pero nunca fuera de escena.

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