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Cuando jugamos el Mundial

¡Vamos, vamos, Argentina…! El sentimiento que despierta la selección nacional y que deberíamos mantener vivo en todos los órdenes de la vida.
Martes, 04 de agosto de 2026 00:44

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La Copa Mundial de Fútbol empezó a disputarse en el año 1930. La sede fue Uruguay, que fue el primer campeón, al vencer a nuestro representativo por 4 goles contra 2. De manera que ese fue nuestro primer vicecampeonato.

Ahí empezó una sequía de títulos, o al menos, de llegar a las instancias decisivas que se mantuvo entre el Mundial del año 1934, que ganó Italia, y el Mundial de 1978, que se jugó en Argentina. En efecto, en 1938 el campeón fue Italia y hubo un largo paréntesis debido a la Segunda Guerra Mundial.

La Copa del Mundo se reanudó en 1950, teniendo a Brasil como sede, que llegó a la final, aunque perdió con Uruguay por 2 goles contra 1. En 1954, la sede fue Suiza y el campeón fue Alemania. En esos dos mundiales la A.F.A. decidió no participar y los motivos fueron y siguen siendo desconocidos hasta hoy. Una lástima: había grandes jugadores por estas tierras y casi todos integraban equipos del torneo local.

La Selección Argentina volvió a competir en el Mundial de Suecia, en el año 1958. Nos fue tan mal, que nos volvimos muy rápido; la prensa deportiva de la época ni los aficionados pudieron digerir que Checoslovaquia nos goleara por 6 goles contra 1. A todo eso lo llamaron "El desastre de Suecia".

Si bien algo se mejoró en el Mundial de Chile, de 1962, el campeón fue Brasil. El Mundial de Inglaterra encontró a un seleccionado bien armado, con buenos jugadores. Lástima que en cuartos nos cruzamos con el equipo local, incluida una extraña expulsión de Rattín, la derrota y la eliminación. Después, los ingleses ganaron la Copa, por primera y última vez.

Al Mundial de México de 1970 directamente no fuimos porque no clasificamos. En nuestro lugar fue Perú, que nos había dejado atrás en un increíble partido en la cancha de Boca. Para ellos jugaba un tal "Cachito" Ramírez. Volvimos en 1974. Lamentablemente, debimos competir con el fútbol moderno de los entonces holandeses, que nos golearon con show incluido frente a un equipo que si bien tenía nombres, carecía de identidad táctica y fracasó otra vez.

Esta breve síntesis nos permite poner las cosas en su lugar. Nos da la base argumental para afirmar que el primer proceso de armar un equipo que juegue bien al fútbol en todo el rectángulo empezó después de ese nuevo fracaso; que se acertó con el nombramiento de un nuevo entrenador, César Luis Menotti, que había expuesto su manera de concebir el juego dirigiendo a Huracán, campeón local de 1973; con él se logró iniciar un largo camino a partir de convocar a los mejores de cada puesto; que si bien había titulares y suplentes, contaba con buen recambio; que por primera vez compitió a modo de ensayo con equipos europeos, casi siempre en la cancha de Boca, etc. Ese proceso terminó con la obtención de la primera Copa del Mundo, la de 1978, en el Mundial que se organizó en nuestro país.

En ese tiempo tan oscuro de nuestra historia, que nos dejó graves heridas que siguen sin cerrar, los aficionados argentinos, tan amantes del fútbol, pudieron salir a festejar en las calles por primera vez. Podía decirse, con justicia, que éramos los mejores, que le habíamos ganado una final a un rival de gran jerarquía, la Holanda de entonces, que nos dio una ventaja que aprovechamos. Su jugador más talentoso, Johan Cruyff, desistió de integrar ese equipo.

El modelo de Menotti terminó con el fracaso de España 1982. Ahí el seleccionado quedó a cargo de Carlos Bilardo, que tenía otra forma de entender el fútbol. Todos sabemos que le fue muy bien y que ganó la Copa en México 1986, de la mano de Diego Maradona y un gran equipo que lo aprovechó al máximo. Volvieron los festejos y la alegría a las calles de nuestro país.

En 1990, aún con Bilardo como entrenador, aunque se perdiera la final con los alemanes por un gol de penal, cada uno de los triunfos al límite que logró el equipo para superar cada fase eliminatoria, incluso con el local, Italia, provocó grandes movilizaciones de festejo, de lágrimas y emociones en todo el país.

Desde entonces volvimos al llano. En el Mundial de Estados Unidos de 1994, cuando Maradona salió de la cancha acompañado por una enfermera para el control de sustancias prohibidas, empezó para el Seleccionado otra etapa de sequía. Estuvimos lejos en Francia en el 98; en Corea y Japón, del 2002; en Alemania de 2006; y en Sudáfrica de 2010, aunque Maradona fuera el entrenador.

Hubo un breve renacer en el Mundial de Brasil porque el equipo, a cargo de Alejandro Sabella y con Lionel Messi como figura destacada, llegó a una final con Alemania que se perdió por detalles casi en la última jugada. Obviamente, volvieron los festejos, con cada avance hacia la final.

El fracaso de Rusia todavía no fue lo suficientemente estudiado. Algo se quebró entre el entrenador, Jorge Sampaoli, y los referentes del plantel. Se terminó de romper en ese partido contra Francia, que se pierde por goleada, con Armani en el arco. Después vino lo más dulce, que fue el Mundial de Qatar. Un entrenador de la nueva generación, Lionel Scaloni, se hizo cargo de un grupo que tenía hambre de gloria. Este entrenador pasó en limpio sus ideas y después, supo elegir a quienes él creía que serían los mejores ejecutores en el campo de juego. El equipo, que ganó la final por un penal, merecía algo más. Si bien el otro finalista, que fue Francia, era un gran equipo, el de Scaloni había ido creciendo cada juego anterior y lo siguió haciendo en gran parte de la final.

Lo que sigue es historia viva. Esa multitud irrepetible que recibió a los jugadores campeones del mundo, que venía de todos lados a estar cerca de la caravana, fue emocionante e inolvidable.

Esto que pasó ahora, después de perder una nueva final, esta vez con España, y obtener el vicecampeonato, no debiera entristecernos. Es probable que todas las energías físicas y mentales del plantel y las del propio entrenador se hubieran agotado en ese partido con los ingleses, porque era un clásico y porque, además, hay poderosas razones de sentimiento dentro del país del que provienen los futbolistas, en contra de un claro y prolongado despojo -1833- que, de alguna manera, estuvo incorpóreo en el campo de juego.

Para bien y para mal. Mucho más que un trapo blanco con una consigna, que recién apareció cuando el partido ya había terminado.

Las comparaciones entre Qatar y el Mundial de Estados Unidos son odiosas. La única forma de saber si se podría igualar o superar la multitud reunida después de obtener la Copa en Qatar es contrafáctica, porque esta última final se perdió. Lo que valió igual fue la onda de mucha gente que se agolpaba como pudo en lo que fue el breve recorrido de la mayor parte del plantel y del cuerpo técnico, entre el Aeropuerto y el predio que la AFA tiene en Ezeiza.

La breve reseña de las performances del equipo nacional en los mundiales sirve para decir que el ganarlos no fue la regla. Si bien no participó en todos, por distintos motivos, ganó tres veces la Copa. En cuatro oportunidades, se obtuvieron subcampeonatos. Se jugaron siete finales y se ganaron tres. Estamos apenas a dos de los brasileños, que la ganaron cinco veces.

Cada vez que la Selección juega la Copa del Mundo, despierta no sólo dentro, sino también afuera del país, un profundo sentimiento de identidad con los colores del equipo, con los jugadores; y a la vez, de pertenencia a este lugar alejado del mundo, un lugar común a todos, que es la patria; es cuando se agotan las camisetas, originales o en copias; cuando nos sentimos un poco más cerca que todo el resto del tiempo; cuando nos olvidamos de las diferencias - a veces muy grandes - que nos separan; son días de vino y rosas; todo parece estar bien; hacemos reuniones para ver los partidos; salimos en alegres caravanas; tocamos bocina; saltamos y gritamos abrazados.

Después, es cierto, todo se acaba, todo se termina. Tal como escribió un joven Serrat, el sol nos dice que llegó el final y que por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Pero nada borra esos días de unidad para festejar, aunque duren muy poco; hay que saber perder y hacer que el duelo por la derrota pase pronto; que se defina lo antes posible con quién contaremos para conducir el equipo y con qué jugadores. A favor, tenemos cuatro años para prepararnos para que la magia se haga otra vez; quién le dice, puede suceder que un equipo renovado venga acompañado de otra épica, distinta a las anteriores, con otros rituales y otras cábalas. Siempre juntos.

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