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El fin del monopolio humano de la inteligencia

El desarrollo de la IA avanza en forma exponencial, sorprendiendo día a día a sus propios y adquiriendo una autonomía de alcance imprevisible.

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La humanidad siempre convivió con una convicción inquebrantable: toda inteligencia capaz de producir lenguaje complejo, pensamiento abstracto, conocimiento acumulativo y creatividad simbólica era humana. Los animales podían exhibir astucia, memoria o instinto. Las máquinas podían amplificar fuerza física, velocidad o capacidad de cálculo. Pero los descubrimientos científicos, la capacidad de pensamiento abstracto y filosófico, la creatividad simbólica o la deliberación estratégica seguían siendo todas ellas capacidades exclusivas del ser humano.

Convicción que comienza a resquebrajarse. No porque la inteligencia artificial haya alcanzado la conciencia. Tampoco porque posea experiencias subjetivas comparables a las nuestras ni porque haya alcanzado una especie de omnipotencia tecnológica. El desplazamiento es mucho menos espectacular, pero, quizás, más profundo: por primera vez en la historia aparecen sistemas no humanos capaces de participar de manera activa en procesos que hasta hace poco parecían por completo inseparables de la inteligencia humana. Porque la IA comenzó a asumir fragmentos enteros del pensamiento humano.

Y esto altera uno de los supuestos más profundos de nuestra civilización.

La revolución cognitiva

La revolución industrial potenció la fuerza muscular. La revolución informática reorganizó el procesamiento de la información y multiplicó la potencia de cálculo. Pero, incluso en medio de esos cambios, persistía una convicción estable: el ser humano seguía siendo el centro cognitivo del sistema.

La inteligencia artificial, hoy, corre esa frontera. Y el desplazamiento es visible en múltiples dominios. Modelos de inteligencia artificial descubren estructuras de proteínas que resultaron imposibles de alcanzar por décadas para investigadores humanos. Sistemas matemáticos encuentran soluciones novedosas a problemas históricos. Redes neuronales producen imágenes, diseños y textos capaces de competir con producciones humanas. Agentes especializados comienzan a coordinar tareas complejas durante períodos prolongados con supervisión mínima o, incluso, nula. Y lo más desconcertante es que, en muchos casos, estos sistemas alcanzan resultados sorprendentes mediante procesos que no comprendemos. La humanidad comienza a convivir con inteligencias cuya eficacia supera nuestra capacidad sin entender cómo llegaron a esos resultados.

¿Adiós al método científico?

La ciencia creció durante siglos sobre un principio firme: comprender y explicar eran procesos inseparables. Una teoría válida debía ser interpretable, verificable y repetible por cualquier otro ser humano.

La inteligencia artificial introduce otra lógica y nos enfrenta a sistemas capaces de producir resultados correctos, verificables y repetibles sin que exista esa comprensión del proceso interno que los produjo. Por ejemplo, una IA entrenada para resolver problemas matemáticos, elaboró un método para multiplicar matrices desconocido por completo. El método, que funciona correctamente, resulta impenetrable para los matemáticos.

Así, las grandes empresas tecnológicas invierten sumas colosales para construir infraestructuras cognitivas distribuidas capaces de operar como laboratorios autónomos de investigación científica. O para que produzcan código, redacten documentos, analicen mercados, diseñen fármacos o generen estrategias comerciales o bélicas. La inteligencia artificial dejó de ser una herramienta sectorial para pasar a ser una nueva capa cognitiva.

Las grandes compañías tecnológicas ya hablan abiertamente de sistemas capaces no sólo de asistir a investigadores humanos sino de producir hipótesis, optimizar algoritmos y participar del proceso mismo del descubrimiento científico. La IA haciendo ciencia sin participación del ser humano. Algo en verdad disruptivo: la IA deja de ser una mera herramienta de investigación para pasar a ser un actor institucional de la ciencia.

Excepcionalidad cognitiva

El problema es filosófico. Durante siglos, hasta las máquinas más sofisticadas funcionaron como prolongaciones transparentes de la racionalidad humana. Una calculadora no piensa: ejecuta instrucciones explícitas. Un motor no interpreta: transforma energía. Un telescopio sólo amplía el campo de visión. Pero los modelos actuales operan de otra manera. Aprenden, generalizan, detectan patrones invisibles para nosotros, prueban asociaciones y generan soluciones no programadas de manera explícita. Y cuanto más eficaces se vuelven, más difícil resulta seguir pensándolas sólo como herramientas.

La tradición occidental construyó buena parte de su visión del hombre alrededor de nuestro excepcionalismo cognitivo. Desde Aristóteles hasta la Ilustración, pasando por el humanismo renacentista y la revolución científica, siempre persistió la idea de que el lenguaje, la razón abstracta y la creatividad diferenciaban al ser humano del resto de la naturaleza. Que lo elevaban por sobre ella. La inteligencia artificial no destruye esa visión, pero sí la vuelve mucho más incierta.

Porque cada vez que un algoritmo resuelve una tarea considerada exclusivamente humana, el límite vuelve a ser desplazado. Durante décadas se creyó que las máquinas jamás podrían dominar el lenguaje natural con fluidez. Luego se afirmó que nunca comprenderían ironías, metáforas o asociaciones abstractas. Más tarde parecía evidente que creatividad, intuición o producción simbólica permanecerían fuera de su alcance. Luego que no serían capaces del engaño y la mentira. Y la frontera continúa corriéndose.

Un fantasma en la máquina

Quizás el problema no sea que las máquinas se acerquen demasiado a nosotros. Tal vez el problema real sea descubrir cuánto desconocíamos acerca de nuestra propia inteligencia. Y cuánto nos parecemos a lo que estamos creando. Porque la inteligencia artificial no sólo transforma el mundo exterior; también funciona como un espejo epistemológico de la humanidad. Al observar qué pueden hacer sistemas no humanos –creados por nosotros–, quizás entendamos la necesidad de revisar en profundidad incluso aquello que creíamos haber comprendido sobre nosotros mismos.

Quizás gran parte de lo que llamábamos creatividad también implicaba recombinación de patrones. Quizás buena parte de la intuición humana también funcionaba mediante procesos probabilísticos no deterministas opacos incluso a nuestra propia conciencia. Quizás nuestra forma de pensar nunca fue tan transparente ni tan racional como imaginábamos. La inteligencia artificial comienza a erosionar así otra frontera histórica: el matrimonio indisoluble entre racionalidad e inteligencia.

Una inteligencia desconocida

Los sistemas actuales no poseen –hasta donde sabemos– conciencia, emociones o experiencias subjetivas comparables a las nuestras. De hecho, buena parte del debate contemporáneo se vuelve confuso precisamente porque intenta medir inteligencias no humanas usando categorías humanas.

Y allí aparece otra dificultad conceptual profunda. Es que la humanidad está acostumbrada a pensar la inteligencia en términos antropocéntricos. Sin embargo, la naturaleza ofrece múltiples formas de cognición radicalmente distintas. La inteligencia distribuida de un pulpo, la navegación colectiva de insectos sociales o las capacidades estratégicas de ciertos mamíferos ya demostraban que la cognición podía adoptar formas muy alejadas de la experiencia humana. La inteligencia artificial expande todavía más ese territorio.

Y si bien no estamos creando una copia digital del ser humano, queda cada vez más claro que estamos produciendo una clase nueva de inteligencia. Una inteligencia sintética. Una inteligencia no biológica -y desconocida-, capaz de comprender y resolver problemas de cualquier campo, pero que todavía nos resulta tan incomprensible como lo sería una inteligencia alienígena. Quizás aquí resida el verdadero vértigo histórico.

La humanidad no enfrenta necesariamente una sustitución abrupta. Enfrenta algo más complejo: una convivencia progresiva con inteligencias no biológicas –sintéticas- de una relevancia creciente.

La situación recuerda, en cierto sentido, a otras revoluciones científicas que desplazaron al hombre del centro simbólico del universo. Copérnico removió a la Tierra del centro cosmológico. Darwin erosionó la excepcionalidad biológica humana. Freud cuestionó la soberanía plena de la conciencia racional. La inteligencia artificial parece inaugurar otro desplazamiento: el fin del monopolio humano de la inteligencia.

Y acaso lo más inquietante no sea la posibilidad de que las máquinas lleguen a pensar como nosotros. Tal vez lo perturbador sea descubrir que la inteligencia nunca fue un atributo exclusivo del ser humano. O peor aún: descubrir que el pensamiento puede adoptar formas radicalmente distintas de aquellas alrededor sobre las cuales construimos nuestra civilización y nuestro pensamiento acerca de nosotros mismos.

Así, la gran pregunta del siglo XXI deja de ser si las máquinas llegarán a volverse humanas. La verdadera pregunta podría ser otra: qué lugar ocupará el ser humano en una civilización donde ya no será la única inteligencia capaz de producir sentido, conocimiento e interpretación del mundo.

"¡Y Dios es una máquina!", cantaron Fito Páez y Juan Carlos Baglietto en "Un loco en una calesita", anticipándose varias décadas antes a una pregunta que todavía no nos atrevemos a formular.

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